Monday, September 23, 2013

Naranjas y otros tonos

Cuando era chico me gustaba, de repente, encender un par de cerillos para obsérvalos quemarse. Aunque lo anterior tiene indicios de algún tipo de desequilibrio relacionado con la piromanía, la realidad de las cosas es que era un pasatiempo bastante inocente. Hoy en día aún disfruto levemente de ese breve momento en el que un cerillo enciende y todo lo que viene después.

Aunque para la mayoría podría no representar nada en absoluto, el mirar cuidadosamente la combustión de un frágil pedazo de madera es algo más poético de lo que pudiera aparentar. Dónde lo poético me sigue siendo un tanto ridículo y, a veces, detestable.

No es lo mismo, bajo ninguna circunstancia, el simplemente crear una flama directo de un encendedor. En primera, el suave aroma de la madera en llamas es un gusto por si solo; pero incluso antes de ese fugaz placer, el tan solo deslizar el cerillo sobre la áspera superficie que le encenderá en llamas son uno o dos segundos de una expectativa extrañamente excitante. El sonido que produce no es menos bello. Tratar de describirlo solo pondría en evidencia mi limitada habilidad para expresar en palabras las notas que, sin ningún orden particular, genera la vida con su infinidad de instrumentos.

Después del sonido y el aroma aún viene lo más emocionante. Generalmente es con la mano derecha que sostengo el cerillo en proceso de combustión mientras que con la izquierda cubro de forma dinámica su cabeza de cualquier corriente de aire que pudiera poner en riesgo la vida de la pequeña e inquieta flama que, como un camaleón neurótico, comienza a cambiar de naranja a azul, de azul a rojo y de rojo a morado en un dinamismo que requiere de más de un par de cerillos para comprender.

Es aquí cuando cada cerillo muestra esa aleatoriedad inherentemente arraigada en la naturaleza del todo. Algunos queman por escasos segundos, consumiendo si acaso la cabeza del cerillo y dejando detrás una figura cubierta de un negro tenue y percudido. Poco calor queda incluso en esos cadáveres, en esos fuegos lentos y mediocres.

En otras ocasiones la flama, tras encender en una sonora explosión y reducirse un poco sobre la misma estela de humo que produjo, quema incesantemente en un fascinante e hipnótico baile. En ese periodo de frenética temporalidad es posible ver destellos naranjas de un brillo noble y destructivo. Un fuego que se vuelve interno y comienza a darle un carácter casi martirizante a la esencia inerte del fosforo. Al mismo tiempo, el cuello de madera comienza a ensombrecerse y debilitarse, jorobando su verticalidad orgullosa. Justo debajo de la zona afectada por el calor a veces es posible observar gotas de la humedad que escapa del cerillo, cómo esas lágrimas que se derraman demasiado tarde tras un error irremediable.

Al consumirse, queda otro aroma áspero, pero sutil. La porosidad de la cabeza del fosforo dan la impresión de un alma perdida, un objeto derrotado, un símbolo de algo que murió por dentro y que por fuera exhaló todo aquello que contribuyo a destruirlo. Pero el cerillo no está acabado aún. Su toque sigue siendo destructivo, capaz de encender otros fuegos y perforar algunos materiales. El dejarlo caer sobre el suelo pareciera la única muestra de piedad que podemos darle a ese objeto; y aun así, al precipitarse con su peso mínimo y su cuerpo consumido, este choca y esparce pequeñas chispas, como un último aliento, un último reclamo arrogante que enfatiza su voluntad invisible de morir en un majestuoso y glorioso fuego, consumido de sí, para sí y por sí mismo.

1 comments:

Haydee C said...

Recuerdo que un día regresamos mis papás y yo a la casa y había una manchita de chamusque en el techo de la cocina. Muy concentrada pero en un lugar inexplicable. Luego me dijiste que te habías parado sobre la barra de la cocina y habías encendido un cerillo allá arriba, extendiendo tu mano para tocar el techo.... si eso no es piromanía, no sé lo que sea :p