Thursday, July 26, 2012

Sobre la soledad


La soledad hoy, primero que nada, es un lujo. Así como cada vez es más difícil escuchar el sonido del silencio, la gente cada vez tiene menos tiempo para estar sola. Si a eso le aunamos el hecho de que la soledad es clasificada como negativa bajo los extraños estándares de nuestra actualidad, no es sorpresivo encontrarnos que la gente no sabe ni quiere estar por si misma.

Aquí hay dos cuestiones interesantes. Primero, la gente normalmente negará su soledad, tanto a ellos mismos como a quienes les rodean. Inventarán excusas y falsos acontecimientos para mostrar que nunca se encuentran solos; que la gente desea su presencia y ellos se mueven en sociedad. Eso hace difícil el determinar si la soledad hoy en día es realmente un hecho poco común o simplemente es una percepción fruto de una cortina de engaños y mentiras.

Ese problema proviene directamente de que la soledad es mal vista. Y aunque el aislamiento no es en sí positivo, su estatus actual es tal que la gente no solo lo ve como algo perjudicial sino que han llegado a temerle. Y esa es la segunda gran cuestión: el miedo a la soledad.

Para los pequeños es perfectamente normal temerle a la oscuridad. La negrura de la noche muchas veces esconde la realidad de forma tan efectiva que nuestra imaginación es lo único que tenemos para complementarla. De niño, la máquina de nuestra mente aún es joven y sin experiencia; ignora entonces el funcionar de las cosas y llena lo desconocido con exageraciones, ilusiones e incoherencias. De ahí esa irracionalidad llamada miedo. Lo desconocido es aterrador, incluso para el adulto, y así como el chicuelo no sabe que hay debajo de las sombras, así la mayoría de la gente desconoce lo que se oculta en lo más profundo de su ser.

La gente le teme a la soledad porque se temen a ellos mismos. Vamos por esta vida de forma tan rápida y frenética que no nos damos cuenta de quiénes somos ni hacia dónde nos dirigimos. Nos levantamos y cuando terminamos de realizar de manera casi automática nuestros preparativos matutinos ya nos encontramos rodeados de gente. El trabajo es colaborativo, la comida en compañía y la diversión siempre en grupo. Cansados nos recostamos y antes de darnos cuenta de que estamos solos cerramos los ojos para olvidar.
No sabemos enfrentar la soledad. No estamos acostumbrados y por ello es algo que nos aterra, que despreciamos. No entendemos la gente que pasa horas en sus hogares tan solo en compañía de su propio ser. Nos sorprende que alguien se niegue a salir con nosotros por pasar un tiempo a solas. Juzgamos a aquel hombre que se encuentra solo en el bar o aquella mujer que prefiere sentarse a comer lejos de la demás gente.

Pero el estar solo y en silencio no tiene por qué ser una experiencia desagradable. Si se practica y se comprende puede llegar a ser una actividad no solo enriquecedora, sino altamente recompensable.  El estar solo implica varios factores de igual relevancia. Es una relación con nosotros, con el tiempo, con la realidad y con el silencio. Es un momento para abrirse ante las ideas, las revelaciones y la existencia en sí. Un momento para pensar o a veces tan solo para sentir. Para llorar si fuera necesario o tan solo para sonreír y estar. Estar sin más.

La soledad no puede ser vista tan solo como una actividad. Es muchas veces esa falta de actividad lo que la caracteriza. Su naturaleza comparte elementos con el tedio, con el ocio y con la contemplación. Es una manifestación en contra del mundo y a favor de nosotros mismos. Es como ordenarle al riachuelo que se detenga y observe hacia dónde va. La soledad es introspección, es diálogo personal. Es dejar de buscar la utilidad en el ser y simplemente disfrutar del solo hecho de estar ahí, tranquilo y en silencio.

La soledad también es dinamismo. Puede ser energía, explosión y un manifiesto de verdadera expresión. La soledad es hacer lo que se quiera hacer; pero solo. Es ponerse de acuerdo con uno mismo para disfrutar o sufrir sin ayuda de nadie. Es conectarse o tan solo desaparecer. La soledad es dormir despierto, es correr estando quieto, es soñar sin tener un sueño. Es vivir sin olvidar como hacerlo, es respirar y sentir el aire, parpadear y mirar la oscuridad, escuchar el silencio.

La soledad es, ante todo, un encuentro cara a cara con lo que somos. Una mirada interior a todo lo que nos representa. Es ver el espejo, destruirlo y tomar el fragmento que nos corresponde a nosotros y nada más. Ver lo que somos desde nuestro punto de vista, evaluar la fracción que representamos. La parte de nuestro ser que nos corresponde.
Esto muchas veces es difícil. Para algunos es como conocer por primera vez a un sujeto con el que estarán forzados a convivir el resto de su vida. Para otros es como tratar de explicar el resultado de una ecuación refiriéndose a ella misma. Para todos será encarar de frente todo aquello que detestamos y amamos de nosotros mismos.

La soledad es un viaje el cual puede ser recorrido lenta o rápidamente, dentro de nuestra habitación o en las bulliciosas calles de una ciudad desconocida. La soledad es nostalgia, alegría, introspección, melancolía, narcisismo, amor, desesperación, sentimientos e ideas.  Al final, la soledad puede llegar a ser un hermoso placer; sin olvidar que la compañía es una cruel necesidad.

Sunday, July 22, 2012

Sobre la angustia

La angustia es de las cosas más maravillosas que hay. Es una mirada sincera a todo lo que conlleva existir. Curiosamente y a pesar de sus contrariedades, la angustia es una de los pocos sentimientos de nuestra época que pueden re-afirmar la existencia de nuestra supuesta humanidad.

Vivimos en tiempos de posibilidades e inmensa potencialidad; sin embargo también son épocas de espejismos y falsas realizaciones. Las opciones parecieran ser infinitas, pero al verlas de cerca no es complicado darse cuenta que la mayoría son barcos de humo en un océano de caminos que todo mundo ha recorrido ya.

Son paralizantes por su misma multiplicidad superficial y en su devenir de irrelevancia nos vacían. Nos vacían de tiempo, sentido y sensibilidad. Vivimos como viven los espejos, reflejamos luces tenues distorsionando esbozos de realidad.

Sin embargo la angustia aún existe y en sus diferentes facetas nos despierta de la plasticidad que hoy llamamos existir. El tiempo, en su naturaleza confusa e ilusoria, es la representación cósmica de la tragedia. Su rapidez es devastadora; su falta, aterrorizarte; sus consecuencias, irreversibles; su memoria, imborrable; su huella, la muerte. En esa construcción del marco temporal es dónde la semilla de la angustia florece y es, junto con la significación de lo fugaz, el único agradecimiento que le debo al tiempo.

La angustia ensombrece nuestros paisajes pero embellece nuestra alma. Cuando es aceptada y razonada, es reflexión del existir. Cuando es repentina e inesperada, es experiencia estética; fulgor de vida. La angustia se nos muestra como nostalgia, ansiedad, melancolía, temor, expectativa, tristeza y desesperación. Es nuestro manifiesto de potencialidad ante el Universo, nuestra involuntaria aceptación de los límites del ser. Es auto realización de lo incompleto y el vacío que nos deja esa momentánea salida de la eternidad a la que llamamos vivir.

Buscar la tranquilidad pacificadora, la paz adormecedora o la estabilidad anestésica es contradictorio por irreal. Más, es posible el razonar la angustia como se hace con la locura de este supuesto relato de posmodernidad. Dónde la razón no es para buscar un fútil significado de nuestra auto-conciencia; sino para arrancarle pinceladas de sentido a la monotonía de lo insignificante. Es ahí donde radica la supuesta genialidad de los artistas o el irreflexivo y poderoso arrastre emocional de la música y las auto referencias existenciales.

La angustia es un aparato de autodestrucción así como un munición para el frágil cañón de la creatividad. Es tan peligrosa como la soledad auto infligida, la indiferencia crónica o la creación de ilusiones alimentadas en la idealización de lo desconocido. Los sentimientos que producen son explosivos e inestables en su naturaleza; pero superan, niegan y evitan nuestra enferma glotonería emocional. Nos produce un apetito de expresión y no un hambre devoradora de imágenes, símbolos y momentos que representan esa misma comercialización de lo que generaciones enteras entienden falsamente como existir.

Los resultados de una pronunciada angustia pueden ser inmediatos -en una desesperación extrema- o progresivamente apremiantes cuando se da el tiempo para digerir la belleza de su revelación. El cuidado debe ser extremo; pues en su volatilidad y fuerza pueden ocasionar voluntades torcidas y nublar su afirmación de verdadera humanidad. De no tomarse con precaución, pueden destruir no solo a su autor; sino a quiénes se vean arrastrados en el vórtice de su mal interpretación emocional. 

Pero si la angustia llega a conjugarse con la subjetividad de un lente enfocado y la humildad evidente de nuestra fragilidad cognitiva, emocional y física; entonces su función de pivote emocional es combustible para la inspiración como parte de ese hermoso proceso de expresión interpretativa; creadora de motores de arte, vehículos de sueños y guías multiplicadoras de construcción de historias, discursos y verdades.

Monday, July 16, 2012

VII: Comiendo con desconocidos


Era hora de cenar. Los horarios me ponen un poco nervioso. Bueno, tal vez las situaciones poco familiares son las que tienen ese efecto. Aunque pensándolo bien, es un nerviosismo emocionante y hasta cierto punto deseable. Imagino es parte de esa dualidad que tienen todas las cosas, o puede ser que la dualidad se encuentra únicamente en mí. 

Después de familiarizarme un poco con mi habitación y la idea de estar a miles de kilómetros de cualquier lugar remotamente conocido, bajé al comedor para disfrutar de lo que probablemente sería una genérica cena en un incómodo ambiente poco familiar.

Recuerdo que al utilizar el elevador me topé con una linda chica quien cortésmente me saludó. Respondí con un gesto igual de preciso y proseguimos nuestro descenso a la planta baja sin ningún otro contra tiempo. Es emocionante el conocer gente en ambientes tan diferentes; sin embargo también es algo complicado. Claro que se tiene la facilidad de poder abrir con las clásicas preguntas referentes al lugar de origen, la disciplina profesional y otras generalidades con las que se tiende a clasificarnos. Sería impensable comenzar con preguntas sobre anhelos, sueños, miedos y frustraciones. Es más sencillo, para el que pregunta y para el que responde, atenerse a las guías de conducta ya pre-establecidas. 

El intentar adivinar personalidades y perfiles psicológicos mediante fragmentos de información trivial es un juego divertido y arriesgado. Es el deporte de los prejuicios. Definitivamente hay patrones; pero no deja de sentirse uno culpable cuando de entrada menosprecias a alguien por sus gustos literarios –o su falta absoluta de ellos- entre otras irrelevancias.

A ese tipo de cosas me gusta dedicarme cuando me encuentro sentado en una mesa comunal con gente desconocida a mi lado. Trato de ubicarme en un lugar con una vista libre de ciertos puntos estratégicos, como la entrada o la mesa de los complementos. Me gusta ver a gente desconocida caminar, servirse mermelada, tomar un plato y recoger su charola. Creo, nuevamente sin ningún tipo de sustento metodológico, que puedes descubrir más de una persona por sus gestos que por sus palabras. Al menos en ese punto en el todavía son desconocidos.

Todo esto y más pensaban mientras comía un platillo que por su mediocre sabor no recuerdo ya. Pensaba también en que la mayoría de estas personas no dejarían de ser desconocidos jamás. De las treinta o cuarenta personas que están aquí habría escasas posibilidades de recordar a más de cinco; y aún menos probable sería conocer bien a alguno de ellos. 

Ese día no hablé con nadie. En el curso de un par de semanas eso sería diferente. Recuerdo a una joven de ascendencia hindú que estudiaba biología. Recuerdo a una chica realizando una especialización en matemáticas. Recuerdo a un chico mexicano que buscaba becas para continuar sus estudios de posgrado en Bilbao. Recuerdo también a un joven colombiano rubio muy divertido que me encontraría meses después en las calles del Casco Viejo. También recuerdo a la chica que me regaló un celular.  Es triste que solo la recuerde por ese sincero gesto de generosidad. Recuerdo cuando lo mencionó. Recuerdo su cuarto en el tercer piso. Recuerdo su rostro. Recuerdo la caja en la que me lo entregó. Recuerdo que no la volví a ver después.

Recuerdo que vimos una película inglesa doblada al castellano. Recuerdo que era sobre las peripecias de un funeral. Recuerdo que era domingo y me sentía un poco melancólico. Recuerdo que momentos antes de ver esa película estaba sentado en el lobby del edificio. Recuerdo que a veces iba ahí o al área de los ordenadores para observar a la gente. Recuerdo que leía El Hobbit de Tolkien. Recuerdo que a veces dejaba de leer para escuchar las conversaciones a mi lado. Recuerdo cuando hablaban euskera y quedaba fascinado ante su fluidez y complejidad. Recuerdo que imaginaba entonces lo que platicaban. Recuerdo que todos me parecían muy jóvenes. Recuerdo que muchos me veían a mí como el joven. 

Todo esto lo recuerdo, aunque muy vagamente. Al final todos ellos no dejaron de ser desconocidos. Sus nombres ahora son fantasmas que vagan en lugares inaccesibles de mi memoria. Sus voces se encuentran perdidas en la profundidad de la cotidianeidad no razonada. Sus miradas: inexistentes. Sus rostros son como una pintura perdida en un museo que nadie visita ya. Todo su ser es como ese primer plato de comida en el comedor de los dormitorios: intrascendente.

Wednesday, July 4, 2012

Lastimosa izquierda mexicana…


Es realmente sorprendente el desenlace de la contienda electoral presidencial. “Ridículo” es la única palabra que se me ocurre para describir lo acontecido en estos días. Y lo que me impacta no es en absoluto el triunfo del PRI, la gran derrota del PAN o la necedad del PRD; pues todo eso era demasiado predecible si observamos el devenir de las campañas con un poco de objetividad. Lo que me parece verdaderamente impresionante y ridículo son todos aquellos sorprendidos por los resultados.

Ahora que la derrota de AMLO parece inminente de acuerdo al PREP, sus numerosos seguidores han decidido apoyarlo en lo que probablemente sea el último de sus desfiguros en la vida política de nuestro país. Retomando la retórica del fraude, cantado desde antes de comenzar los comicios del 1º de Julio, los devotos de López Obrador inundan las redes sociales con una carencia argumentativa maquillada de espíritu de lucha. “Fanáticos” es la única palabra con la que puedo definirlos, pues el defender a AMLO como estandarte de democracia y lucha social es tan superficial e irracional como creer en el nuevo PRI de Enrique Peña Nieto.

No perderé mucho tiempo en definir el perfil de Andrés Manuel pues muchos otros lo han hecho ya; y aunque al inicio de su campaña decidí tener fe en su supuesto cambio de actitud y premisas conciliadoras, su falta de vocación democrática me son más evidentes ahora que al comienzo del 2012.

Personalmente me había resignado a olvidar su berrinche electoral de hace un sexenio; pues aunque nunca se conjuntaron pruebas contundentes de fraude, lo cerrado de la contienda daba lugar a las demandas del PRD. Por ello, ignorando la incongruencia y populismo de la mayoría de sus propuestas decidí apoyarlo con mi sufragio en esperanza de que pudiera derrotar a quién todavía considero la mayor amenaza del país: El PRI.

A pesar de ello, en estas últimas semanas fui nuevamente recordando los arranques de irracionalidad, el narcisismo latente, la necedad, cerrazón y total falta de auto-crítica del candidato de “izquierda” y sus militantes. Y lo escribo entre comillas porque las fachadas ideológicas de los partidos siguen siendo un disfraz para ocultar la vacuidad propositiva de cada uno de ellos.

Sus seguidores culpan enérgicamente al PAN por no apoyarlos con esa aberración democrática llamada “voto útil” mientras que desacreditan los 18 millones de votos que recibió el PRI. Es gracioso, en una manera trágica y lúgubre, que realmente culpen a los panistas que en todo su derecho democrático decidieron no votar por AMLO considerando lo polarizante que él y el PRD han sido a lo largo de décadas. Es aún más trágico el hecho de que fue el mismo PRD el que bloqueo la reforma política que contemplaba la segunda vuelta que le daría sin duda el triunfo a López Obrador.

Pero lo que sigue sorprendiendo es como todos estos autodenominados izquierdistas se niegan a ver el lastre que AMLO ha sido para su partido y para este cause ideológico en México. La misma terquedad y necesidad de poder del “Peje” fueron lo que evitaron que tuviéramos a Ebrard como el candidato de las izquierdas e incluso una posible alianza con el PAN, asegurando la captación de todos los conservadores que le negaron, con su debida razón, el voto a la supuesta radicalidad de AMLO.

El no aceptar la derrota ante 3.5 millones de votos en contra es una estrategia a la cuál le sigo buscando sentido. Pues a pesar de todas las irregularidades, las cuales no niego estén presentes, el comprobar un fraude de esa magnitud (en caso de haberse dado) es una labor prácticamente imposible. Es evidente que el PRI movilizó toda la maquinaría que tienen ya tan depurada para asegurar esta elección. La presencia de coacción, acarreos, compra de votos y manipulación mediática es evidente e innegable. Sin embargo todo eso que compone el supuesto “fraude” son acontecimientos que se han ido suscitando durante meses de campaña e incluso antes de que ésta comenzara. ¿Porqué entonces esperar hasta resultar perdedor para levantar la voz de manera enérgica como hasta ahora?

Si AMLO estaba tan seguro del fraude ¿porqué acepto participar en una contienda tan inequitativa? ¿No le hubiera sido más válida su lucha al hacer este reclamo su labor de campaña? ¿Por qué entonces, en un acto de congruencia, no se negó por lo menos a firmar el famoso pacto de civilidad con el resto de los candidatos?

Para ver un cambio de ganador en la contienda electoral, estimando los porcentajes de beneficio por compra de votos que propone Alianza Cívica (71% para EPN, 20% para JVM y 9% para AMLO) y considerando la distribución equitativa de esos votos entre los tres partidos; tendríamos que hablar de que se compraron más del 10% de los votos del país, esto es alrededor de 5 millones de sufragios.

Es verdad que si los resultados se probaran válidos más del 60% de la población no quisiera a Peña Nieto en los Pinos, pero consideremos también que en ese caso serían aún más los que preferirían ver a AMLO lejos de la presidencia. ¿Cómo entonces estos autodenominados demócratas se niegan a respetar el derecho de millones de ciudadanos a votar en contra del PRD? ¿Por qué les es tan difícil entender las razones que otros puedan tener por votar por un candidato indefendible en la misma manera que ellos lo hacen?

¿Qué hay de la decisión del campesino que objetivamente prefiere mil pesos a la efímera esperanza de que cualquier demagogo mejore su precaria situación? ¿O se esa madre humilde que prefiere llamar a Estado Unidos con una tarjeta telefónica gratis que esperar otros 12 años de gestión de fracasos políticos? ¿Tampoco vamos a respetar la decisión de aquel que conscientemente prefiere regalar algunas de sus libertades para vivir en la tranquilidad de un país en “paz” con el narco? ¿O qué decir de aquel votante que por su situación económica y de entorno realmente cree en el nuevo PRI?

Independientemente de la moralidad bajo la que se evalúen esas decisiones, en una democracia también votan ellos y su voto, por más irracional que sea, cuenta igual. Sin embargo AMLO, quién en teoría entiende al pueblo, parece negarse a concebir que alguien no quiera votar por él.

AMLO y sus seguidores parecen tampoco respetar a los miles de ciudadanos que voluntariamente hicieron posible las elecciones: Los funcionarios de casilla, consejeros y observadores que se capacitaron durante meses para montar casillas, contar votos, llenar actas, regular comicios y detectar irregularidades. Así, sin más, se les toma como cómplices de un fraude aún sin comprobar, cuando una mínima fracción de los que lo gritan a los cuatro vientos estuvo si quiera cerca de ofrecerse a apoyar instrumentalmente la elección.

AMLO no se cansa de desacreditar las instituciones y sin embargo vive y opera dentro de ellas. Yo no defiendo al IFE ni a otras cúpulas institucionales; sin embargo hay que ser congruentes. AMLO debe decidir si opera en ellas y para ellas o si están tan podridas que tiene que hacer su "lucha social" fuera de éstas. Pero nuevamente el candidato PRDista maneja el discurso institucional a su antojo, vociferando contra los mismos organismos que dice respetar y bajo los que tendría que apegarse normativamente. Ahí tenemos al EZLN que no encontró espacio en el restrictivo aparato político y, justificadamente o no, decidió llevar su lucha fuera del esquema constitucional; siendo coherente al menos en sus ideales y premisas.

Si algo positivo salió de todo esto es que por fin la gente se dará cuenta que la democracia en México, y muchos otros países, es una ilusión, un mito, un espejismo. La democracia en un ámbito partidista no existe. Sus representantes solo nos requieren cada seis años para validar su acumulación de poder. Nadie allá arriba nos representa, ni lo hará en el esquema actual. México no saldrá adelante hasta que acabemos con los partidos políticos y las instituciones que trabajan para ellos y por ellos.

¿Qué hacer? Seguir levantando la voz. Hasta que la ciudadanía no ejerza un poder político capaz de rivalizar con el de los partidos nada cambiará. El fraude no son las irregularidades de la contienda electoral, el fraude es el mismo sistema político.

Lo primero que tenemos que hacer es dejar de lado espejismos ideológicos y fanatismos dogmáticos. AMLO y el PRD no son mucho mejores que el PRI o el PAN. Nos manipulan pero hacia el otro lado. Polarizantes son todos los partidos. Ahora nos tienen divididos en tres, fraccionados y atacándonos por defender lo indefendible.

Gritamos democracia cuando somos los primeros en presentar actitudes anti-demócratas. Paranoicos, conspiracioncitas, sesgados, parciales, individualistas... estamos cayendo en su juego cuando los que deberían estar cambiando su estrategia son ellos.

Si realmente quieren hacer algo por México, hay que comenzar por darle lugar a la objetividad y la evaluación crítica e histórica de nuestro entorno. Hay que prepararnos para cambiar al sistema desde la ciudadanía y no esperar algún milagro electoral u otro caudillo populista. El país solo puede cambiar de abajo para arriba. Estamos despertando, pero si en los círculos dónde se supone el diálogo es abierto y razonado seguimos creyendo en los fantasmas democráticos que nos ofrecen los partidos, nos tomará muchos años más cambiar el porvenir de México.

Monday, July 2, 2012

México aún tiene esperanza


Las tendencias indican que ganará el PRI, un partido que ha institucionalizado la corrupción. Un partido que, no me queda duda, intentará afianzarse en el poder a costa del porvenir de nuestro país y todos sus habitantes, como lo hizo durante las siete décadas que gobernó impunemente nuestro territorio.

La democracia en México es una ilusión contradictoria. No porque no exista como tal; sino porque los mecanismos que la aseguran son endebles y cuestionables. Porque aún sin un “fraude” material o explícito, el voto aún se compra con migajas, mentiras y mediante la gestión del fracaso político y la precariedad que este mismo ha provocado. Porque incluso en los sectores educados y progresistas de la población seguimos creyendo en caudillos populistas, feminismos vacuos y espejismos progresistas. Porque las militancias políticas se justifican en fanatismos similares a los deportivos. Porque todavía confundimos luchas, ideologías y seguimos sin entender conceptos como libertad, igualdad y justicia.  

Sin embargo México aún tiene esperanza. Hemos ido despertando desde hace ya muchos años y hoy, más que en cualquier otro período histórico, estamos en una posición ideal para fortalecernos como una fuerza política ciudadana. Como una oposición crítica, cívica y plural en contra de la demagogia, el engaño, la rigidez ideológica y la represión de nuestras libertades. 

La revolución avanza a otros ritmos y se maneja con otros tiempos. No es necesario aún el sobresalto belicoso o la lucha visceral con consignas anacrónicas. La revolución consiste en comprender, primero, el estado histórico que estamos viviendo. En despegarnos de las prisiones conceptuales y lecturas erróneas de nuestro confuso y globalizado entorno. La lucha que sigue se compone de muchas vertientes y causas diversas e incluso contradictorias. Los reclamos no tienen por qué ser de izquierda o derecha pues estoy convencido que, cómo Ortega y Gasset declaraba hace casi cien años, ambas son una forma de hemiplejía moral. El entender es transformar; y es la transformación de nuestra forma de hacer política como vamos a recuperar la representación que nuestras colosales y torpes instituciones nos deben.

Los estudiantes ya se están movilizando, y aunque su fuerza en esta etapa radica más en un inherente sentido de rebeldía antes que una visión estratégica de posibles soluciones; su reclamo es válido y real. Su movimiento es instintivo, orgánico y esperanzador. Es ingenuo tal vez, pero no por ello menos importante. El reto no es solo su permanencia en la agenda política de la nación, sino el ser la base unificadora que creará en los siguientes años una plataforma verdaderamente democrática para exigir, cuestionar, presionar y retar las murallas políticas del cáncer partidista que aquejan a nuestro país.

Los jóvenes que hoy marchan en las calles serán los profesionistas que en los siguientes años administrarán al país. Su movimiento tendrá que incluir entonces a todos los sectores y edades de la población para que con el paso de los años no olvidemos las consignas actuales; sino que construyamos a partir de ellas una concentración de poder ciudadano capaz de retar a cualquiera de los tres poderes de la unión. Entonces, si la democracia nacional sigue siendo un espejismo, estaremos en una posición en la que podamos decidir, del pueblo y para el pueblo, si las medidas a tomar tendrán que ser más radicales.