Sunday, January 29, 2012

Rasgando los bordes del cielo


No es un escape; es más bien un ejercicio de la imaginación….

La música habla su propio lenguaje, uno que va más allá de la formulaica sintaxis de nuestras estructuras mentales. Las notas se ordenan de manera natural y orgánica en un flujo similar al de la realidad. Los ritmos son patrones que dibujan orden y erráticos colores a la vez. El componer una pieza musical es como re-descubrir un fragmento ya existente del vasto universo. El arreglar, jugar y contemplar ese fragmento es, entonces, hablar con esa colectividad del todo. Es abrirse al sentir de la objetividad de los hechos con el poder de la subjetividad de nuestras propias interpretaciones.

Así como no se puede hablar de diálogos sin palabras no se puede hablar de música sin imágenes. Los altos y bajos cambian las tonalidades de sus claves y al conjuntarse y construirse en melodías estallan con figuras de un dinamismo explosivo y una cadencia envidiable. Sin importar los golpes por minuto o las octavas que separan los sonidos, la velocidad con la que se mide el impacto de una pieza sigue siendo en pensamientos por segundo.

Desde la silueta de un relieve opaco hasta una llamarada esférica en rojos y naranjas; al escuchar las capas de una composición la harmonía y melodía que penetran por los oídos se proyectan como explosiones de colores sobre las tuberías de la imaginación.

Podrá parecer ridículo el exaltar la ancestral belleza de la música cuando se ha hecho tantas veces ya; especialmente cuando la exhalación de cualquier prosa sigue pareciendo una torpe banalidad en comparación con el poder expresivo de los sonidos y la ensalada de frecuencias que los producen. La lírica del ritmo pareciera torpe y exagerada  al enfrentarse con lo poético de la contemplación musical. Sin embargo es porque la música se rehúsa a ser descrita más que por ella misma que los esfuerzos de condensar su belleza tienen que continuar.

Los versos intentan asemejársele con sus métricas rítmicas y controladas construcciones; sin embargo es solo mediante la exageración de la experiencia que intentan proyectar un sentido que, de existir, se niega a mostrarse por medio del lenguaje. Y aunque la música sigue reglas, las suyas son tan naturales como aquellas que explican el comportamiento de éste mundo.

Es como si la música, inmanente al universo,  fuera el último puente que nos queda con este. Es la única vía en la que podemos recordar que cuando la nada dejo serlo para convertirse en el infinito todo; nosotros estábamos ahí. El escucharla es recordar que estamos hechos del mismo material inerte del que surgieron las galaxias, sus estrellas y sus ritmos.

Sunday, January 22, 2012

Sobre el esfuerzo regiomontano en la emergencia de la Sierra Tarahumara

La experiencia observada en torno a la situación en la Sierra Tarahumara es un acontecimiento que debe dejarnos muchos puntos a reflexionar. El resultado de la movilización concretó 57 toneladas de alimentos y su transporte. Esto, por sí solo, es digno de mencionar.

Sin embargo, más allá del resultado final de dicho esfuerzo, el momentum que lo produjo y las circunstancias que permitieron la coordinación, operación y agrupación de todos estos esfuerzos es algo que tiene que ser observado con detenimiento para tratar de responder al porqué la red de activismo local no parece terminar de organizarse, conjuntarse y obtener éxitos como éste en otros rubros y causas.

La problemática de hambrunas en la Sierra tarahumara no es algo reciente. Las raíces de esta situación son profundas y atienden múltiples dimensiones dentro de los espectros sociales, políticos, geográficos, económicos y culturales. La hambruna de este año, por su situación particular, se volvió “viral” a lo largo y ancho de las redes sociales. A diferencia de otras causas en la red civil de la entidad, la crisis en la sierra de Chihuahua tuvo una difusión rápida y masiva por la misma precariedad que pretendía evidenciar. De una u otra manera se contrapuso lo “urgente” a lo “importante”, un fenómeno muy presente en el activismo local. Así, con ese sentido de aceleración y presión de correr contra el tiempo, la difusión y movilización tomó prioridad ante las actividades tradicionales o rutinarias de la sociedad civil involucrada.

Aún así, el sentido de urgencia por sí solo nunca ha sido suficiente para conjuntar esfuerzos de manera eficiente y efectiva en el ámbito activista regiomontano. La variedad de causas y consignas es tal que a veces por un extraño temor a ser mal interpretados por asociación muchos colectivos prefieren atender solamente sus luchas.

Cuando hablamos de esto en términos de manifestaciones o movilizaciones cargadas de discursos políticos e ideológicos; es difícil el motivar un apoyo masivo a pesar del sentido de urgencia, real o percibido, de dichas agendas. El comprometerse con un activismo más “provocador” o con metas de nivel estructural se reflexiona con más detenimiento y precaución que el solo acto de “ayudar”: palabra que funge como otro ingrediente clave para que se diera el éxito de esta movilización.

“Ayudar” contiene un fuerte contenido moral en la mayoría de las comunidades actuales. Esa pesada carga hace que en momentos sea difícil evaluar o aislar el concepto en sí; complicado su interpretación en situaciones concretas. De esta manera, cuando se presenta una crisis como la observada, el sentido de urgencia que produce y lo opaco de nuestro lenguaje cotidiano proyectan la idea de que “ayudar” es algo intrínsecamente bueno y; dentro de un espectro político, totalmente neutral.

Sin ánimos de debatir si este es el caso, es evidente que esa conceptualización virtuosa de la ayuda provocó que el debate teórico, los argumentos en contra y las críticas en todos los niveles fueran sobrepasadas por un esfuerzo principalmente “operacional”. Las actividades planteadas fueron tan concretas y visibles que la coordinación de recursos y voluntarios presentaba únicamente retos a nivel de procedimiento y no demandaban la definición organizacional que tantos colectivos temen, desconocen o prefieren ignorar. Si a esto aunamos la falta de necesidad de actividades de seguimiento, compromisos a largo plazo o tareas futuras; es entonces más sencillo ver porque situaciones como estas logran movilizar de manera más contundente a la sociedad civil.

En conclusión, si la ecuación presenta una difusión masiva de una situación percibida como urgente en un esquema de acción concreto, visible y socialmente aceptado como positivo; es posible poder replicar este tipo de éxitos. Lamentablemente la problemáticas que experimentamos a nivel local y nacional presentan características muy diferentes, de forma que la estrategia para llevar a cabo sus soluciones tendrá que atender a condiciones menos fortuitas y a esfuerzos que, por su nivel de compromiso, nos hemos visto incapaces de concretar.

Monday, January 9, 2012

Democracia sin demócratas


Representative institutions are of little value, and may be a mere instrument of tyranny or intrigue, when the generality of electors are not sufficiently interested in their own government to give their vote, or, if they vote at all, do not bestow their suffrages on public grounds, but sell them for money, or vote at the beck of someone who has control over them, or whom for private reasons they desire to propitiate. Popular election thus practiced, instead of a security against misgovernment, is but an additional wheel in its machinery
John Stuart Mill

Este año la televisión, los periódicos y todo el universo de medios 2.0 centrarán su atención en la carrera presidencial que nos brindará un nuevo dirigente de la nación. Es uno de esos años en dónde nuestros políticos simulan interés por la ciudadanía para ganar la simpatía y preferencia de los votantes. Es, como cada sexenio, cuando se lleva a cabo un ejercicio casi mecánico de  supuesta validación democrática.

En un mar de propuestas sin fondo, promesas vacías y spots televisivos que asemejan la trillada ficción de nuestras telenovelas; el excluyente aparato político mexicano se vuelve ante la población para buscar una aprobación protocolaria que le permita seguir operando para él y por él mismo.

Nuestras endebles instituciones tratarán de ratificar el valor de nuestra “participación” y la importancia de nuestro voto en el futuro de México al tiempo que olvidan como durante años han ignorado la verdadera activación ciudadana, la rendición de cuentas y el verdadero pulso del país.

Lamentablemente este ejercicio es tan banal e inconsecuente como la misma definición de la palabra democracia en México. Puede sonar triste, pero la ejecución o anulación del voto en la siguiente contienda presidencial no cambiará el rumbo del país de forma apreciable. La cúpula partidista continuará presentándose como un laberinto burocrático en dónde la lealtad a un partido seguirá siendo en teoría y práctica una cuestión de fanatismos, recompensas e intereses personales alimentados por el desinterés social.

Sin embargo nada de lo anterior debería parecernos sorpresivo o inesperado. Es comprensible que lo ignoremos o simplemente no le demos su debida importancia; pero es muy claro que una democracia sana no puede surgir en un panorama en dónde su simulación es mejor recompensada que su ejecución. Es, por así decirlo, imposible tener una democracia en un país sin demócratas.

Es posible, si, que la maquinaría política se haya vuelto tan grande y pesada que sea casi imposible actuar fuera de sus rígidos designios. Es fácil entonces el renunciar a cualquier posibilidad de cambio y dejar que, como nuestras vidas, el futuro del país sea determinado en principal medida por la inercia de nuestra inactividad y las decisiones de aquellos que blanden la espada del poder.

Es también posible declarar que ya es demasiado tarde para que la población despierte del profundo letargo inducido en las últimas décadas para “rescatar” el rumbo del país en cuestión de meses. El negar lo anterior parecería en su caso una esperanza infantil e ingenua surgida de esas mismas máximas pre-fabricadas de idealismo y superación que nos enseñan que el éxito recae en sentirnos exitosos.

Pero la intención no es despertar falsas esperanzas o revivir otras igual de irrelevantes. El primer paso es aceptar, simple y llanamente, que la democracia nacional sigue siendo un mito. Es alzar la voz cuando alguien asegure que la “alternancia” partidista es sinónimo de una república saludable. Es desafiar a todo aquel que crea que la respuesta política se encuentra en los partidos. Es hacer todo esto no para vaciar aun más la canasta de la esperanza; sino para comenzar a llenarla con un realismo aterrizado; uno que produzca acciones reales y no meros simbolismos de ridículo heroísmo, martirio o añoranza.

La democracia no puede existir sin ciudadanos demócratas. ¿Qué se necesita para que estos aparezcan? Una educación que de momento ninguna de nuestras escuelas parece ser capaz de proporcionar. Aquella  cuya impartición no sea una regurgitación de datos; sino una verdadera transmisión de la habilidad para discernir a partir de esa información. Porque solo mediante la cultivación de una empatía basada en el conocimiento y una conciencia crítica basada en el sano escepticismo es posible que podamos reflejar nuestra voluntad individual en acciones y, a su vez, interpretar la voluntad de quiénes nos rodean y comprender que ambas, en colectividad, deben formar el objetivo de nuestra sociedad.

Esto es un proceso lento que debe ser asumido con responsabilidad a nivel individual y para quiénes nos rodean. Un proceso que en paralelo debe buscar acciones para poder generarse y replicarse no solo en nuestros círculos sociales; sino a nivel institucional. Un proceso que tenga claro que mientras no se permeen estos objetivos en el sistema educativo seguiremos luchando contracorriente en este mismo y desolador panorama.

Monday, December 26, 2011

Pequeños apuntes sobre libertad


Cuando se habla de conceptos también hay grados de “popularidad”. Existen títulos, frases, versos y palabras que levantan mucha más curiosidad, interés o polémica que otros. La “libertad” no es precisamente poco discutida; sin embargo en la lista de grandes ideales parece que únicamente se le ondea con cierta superficialidad.

Se está tan acostumbrado a escuchar su “definición” que la aparente simpleza del concepto le ayuda a ganar en automático su estatus de virtud. En mi caso debo decir que la libertad es un ideal deseable y probablemente no encuentre en mi telaraña de mapas mentales algo más valioso a nivel personal que el ser libre. Sin embargo, ¿A qué refiere esta libertad de la que tan seguido se habla? Todo mundo parece quererla y quiénes tienen el micrófono no dudan ni un segundo en ofrecerla, prometerla y asegurarla.

Los gobiernos de puño de hierro aún existen y a pesar de que hoy más que nunca se nos bombardea con imágenes de luchas, protestas y dictadores muertos; las conceptualizaciones de libertad parecen ser tan variables, vacías y torcidas como muchas de las manifestaciones que la reclaman a gritos.

La batalla retórica de los sistemas económicos enfoca siempre sus ataques en que tanta libertad da o quita el enemigo. Los partidarios del capitalismo puro la reflejan en el abstracto ente de los mercados desregulados. Los socialistas unifican sus voluntades en un espejismo de libertad colectiva. Los anarquistas interpretan la libertad individual de tantas maneras que sería desgastante describirlas aquí. Al final, todos dicen estar a favor de la libertad; y por supuesto, dispuestos a luchar por ella.

Pero el concepto de libertad no es un ideal vago, lejano ni infinitamente virtuoso. Ha sido bandera tanto de movimientos de justicia como de opresión. Hoy en día su carga histórica es tan pesada que se prefiere solo observarla sentado y desde un lugar lo suficientemente distante para que a nadie se le ocurra ponernos a cargarla.

La libertad es un concepto simple; pero no superficial. Su interpretación es variada y su mal interpretación peligrosa. Plagada de hipérboles estúpidas, deformaciones deshonestas y ridículas ilusiones; se destruye con acciones desencadenadas de esas mismas palabras que pretenden defenderla.

La libertad es uno de los conceptos más estrechamente ligados al ideal de felicidad. Y esto no viene de aquella simplona interpretación en dónde se es libre al hacer cual estupidez nos venga en gana siempre y cuando no se pierda “consideración” a los demás. Aunque seguir ese gastado concepto definitivamente nos pondría un paso adelante; sin embargo la libertad es mucho más que el grado de permisividad de nuestros actos a la sociedad.

Ese “ser libre” que te permite darle significado a la vida diaria o, en su defecto entender su falta de este, es la exploración del concepto que prefiero buscar. El hecho de que no podamos volar cuál pájaro no significa que somos menos libres, simplemente es una limitante intrínseca de nuestra naturaleza que pudiera causar cierta frustración. El hecho de no poder expresar esa frustración por una coerción externa es definitivamente un atentado a nuestra libertad; pero uno obvio y tangible que se muestra claramente en la acción de un agente externo. Esto no lo hace más digerible ni menos problemático; pero el mecanismo en juego es fácilmente asimilable. Cuando la incapacidad de expresar esa frustración va más allá del acto directo es cuando las cosas se tornan un poco más complicadas. ¿A quién podemos culpar de una inconsciente necesidad interna de mantener esa frustración en secreto? ¿Qué mecanismos explican el conformismo casi militante de nuestra sociedad?

Para responder a esas preguntas es entonces necesario considerar la libertad como una virtud integradora, no solo a un nivel instrumental; sino a un nivel psicológico y de desarrollo cognitivo. El ser libre entonces va más allá del “hacer” y se convierte también en el “sentir”. El concepto se vuelve algo más que un apartado legislativo o social y se transforma en una cualidad de desarrollo interno. En un requisito para la educación y formación humana. Estas estructuras serán entonces las que aseguren el dinamismo de una sociedad que no deja de cuestionarse a sí misma y, por ende, de evolucionar ante una realidad que, a diferencia de la actual, no sea accidental.

Sin embargo los mecanismos que gobiernan nuestra vida actualmente refuerzan la idea de que ya somos libres por el solo hecho de constituir la mítica idea de un país “democrático”. Y nuevamente abuso de las comillas para mostrar mi menosprecio por el concepto de democracia que hoy por hoy se antoja vacío y falso; tanto en México como en gran parte de la civilización occidental.

Entonces, al estar tan acostumbrados a la idea de ya ser libres por el simple hecho de poder escoger entre cientos de marcas de productos de consumo (que al final se rastrean a tan solo unas pocas decenas de mega-corporaciones) es fácil el olvidar no solo la importancia del concepto de libertad, sino su significado. Y cuando el preso se cree libre entonces menguan sus deseos de escapar; pues esto implica un peligroso esfuerzo cuya recompensa ni siquiera puede ser visualizada bajo el gris esquema de su celda.

Como la mayoría de estos problemas, su solución no es fácil ni mucho menos inmediata. Para poder comenzar a resolver estas contrariedades no pierdo la esperanza en poder hacerlo a través de la educación. Esto nuevamente suena terriblemente general y propio de la demagogia nacional; sin embargo, desde las bases de teóricos como Tagore y Pestalozzi; hasta las propuestas más concretas grandes pedagogos como Dewey y Froebel; ya muchos han estructurado bases teóricas y prácticas para intentar crear un sistema educativo integral, en dónde el concepto de libertad sea tan solo otro más de los ideales que se entiendan mediante el modelo Socrático y no a través de un bombardeo y atiborramiento de conceptos que refuerzan estática pasividad.

Thursday, December 15, 2011

Falsas esperanzas


Y todas las noches me sigo preguntando… ¿Por qué siempre escribir en estas condiciones? ¿Por qué esperar a no tener nada que decir para intentar plasmarlo todo en ambigüedades?

Las imágenes que retumban desplegando color en mi mente no son más que tenues y opacos cuadros reflejados en palabrería vacía en mis textos. El sentimiento de veloz movilidad se transforma en una estática deprimente. Las tonalidades cambiantes y danzantes se vuelven pinceladas de tonos primarios. La música que acompaña los torbellinos de viento y cristal no son más que aburridas brisas de banal fonética.

Pero algo de aquella intensidad emulada en mis sueños queda en el corazón de estos textos vacíos e intrascendentes. Una leve chispa permanece vibrando en el núcleo de esta conglomeración de vacíos. Una idea clara, concisa y presente es la que da forma a estas decenas de palabras sin aparente significación.

Es terriblemente simple, como el estado general de la humanidad. No somos cajas negras. El sentir y actuar propio es tan evidente y predecible como la caída libre de una roca. Pero nos enamoramos de la ilusión de complejidad. Confundimos la volatilidad de nuestro sentir con la supuesta impermeabilidad de su interpretación. Y así, al actuar de forma irracional y estúpida nos consolamos en la fragilidad de la voluntad humana y la falsa dificultad de esa actividad tan ramplona que llamamos “vivir”.

¿Cómo entonces pretendemos cambiar el mundo si voluntariamente negamos nuestra propia comprensión? ¿Qué podemos esperar de la vida si cuando se nos muestra clara y brillante la ignoramos? ¿Cómo definimos conceptos si nos rehusamos a entender los sentimientos que los producen?

No hay duda de que todo está mal. Ahora bien, tampoco debería haber duda del porqué. Todo esto se confunde con romanticismo, con ideales imposibles, con sueños, cuentos y hadas. Con ángeles y demonios. Con negros y blancos. Con historia, con memoria, con ilusiones y esperanzas. Pero esto no es más que simple y llana realidad. Proverbios de existencia, aforismos de permanencia… circuitos de tiempo.


Lo que pasa es que hemos olvidado lo que es vivir despiertos. La anestesia de la modernidad nos tiene hundidos en un estupor profundo y siniestro. Estamos tan adormecidos que la realidad, la humanidad y nuestros mismos sentimientos nos parecen exagerados, fantásticos, irreales e infantiles. Y así, preferimos hablar de “nada” y dejar pasar el tiempo para justificar nuestra miseria existencial.

Tuesday, December 6, 2011

De ideas y sentimientos


Más seguido de lo que me gustaría admitir comienzo a escribir sin realmente saber qué quiero expresar. La constante sería, en todo caso, esa despreocupación sobre una idea específica. Irónicamente (si ese es el adjetivo correcto) siempre termino hablando de los mismos temas, o más bien; de las mismas imágenes. Porque aunque uno puede escribir millones de hermosos párrafos sobre los colores de la luna, es pretencioso el argüir que dichas palabras corresponden a algo más profundo que un puntual y fugaz sentimiento.

Una idea requiere un esfuerzo mayor. En primera es necesario saber de lo que se quiere hablar y; por supuesto, tampoco está demás conocer un poco del tema. Así mismo la construcción del texto requiere una estructura un poco más rígida, en la que es más difícil ocultar banalidades, estupideces u obviedades con brillantes y distractores trazos lingüísticos.

Cuando simplemente se habla de imágenes y los sentimientos que las producen, el reto principal es sublimar la cotidianidad de la vida diaria en una opaca pero tenue niebla de fantasía. Quien lee tu ventana de realidad debe pensar que ese maravilloso y trepidante paisaje de emociones es algo inalcanzable en su mundana existencia. Claro que hay que tener cuidado, pues si no se le deja un pequeño espacio dónde reflejar sus sentimientos y vivencias, el paisaje seguirá siendo hermoso; pero extraño, insólito y distante. Y que terriblemente aburrido es lo distante.

El construir ideas o simplemente describir emociones son dos maneras de escribir distintas que se pueden llegar a complementar si se utilizan ambos estilos con la moderación adecuada. La verdad de todo esto es que aunque requieren diferentes enfoques y niveles de compromiso; ninguna es más que la otra. Son, como tantas cosas, simplemente diferentes.

Ahora, sin temor a perder la poca objetividad que me he permitido, es posible considerar una más deshonesta que la otra. O al menos considerar que la labor poética de plasmar estados de ánimo indescriptibles en el limitado esquema del lenguaje da más facilidad para exagerar irrelevancias.

Esto no significa ni pretende dar a entender que las “ideas” por sí solas tengan algún estado inherente de importancia superior a la tan elusiva tarea de asimilar sentimientos. Mucho menos el pensar que la comprensión de emociones propias es algo más “simple”. Una línea argumentativa en esta dirección carecería de sentido al ver como la gran mayoría de nuestros contemporáneos creen entender conceptos prostituidos como “amor”, “libertad”, “justicia” y “tolerancia” con definiciones incompletas, sosas y virtualmente vacías; sin embargo no son capaces de conjuntar una oración decente al intentar definir sus sentires más familiares. El alma del poeta mediocre es en parte causal de esta confusión.

Con la correcta iluminación, un lodoso charco puede reflejar el cielo de forma incluso más clara que el mismo mar. Y si se busca solamente un vistazo rápido a las nubes; puede que ambos cumplan con creces su tarea. Sin embargo muchos prefieren sumergirse en ese cristalino espejo de agua; y terrible es su sorpresa cuando del primero salen sucios y cegados por la mugre; mientras que en el mar pueden profundizar hasta que la luz no pueda penetrar sus cristalinas aguas.

Escribir cosas hermosas es diferente a expresar cosas hermosas. La diferencia es aún más notoria cuando la estética es definida por la autenticidad. Lo hermoso no son los campos de flores multicolores, ni el árbol solitario en la colina. Lo hermoso tampoco es el espejo con marco de plata, o el remolino que burbujea con violencia. La verdadera belleza no se encuentra en traslúcido reflejo de una esmeralda o en la maniaca sonrisa de la luna. La verdad es dónde radica lo realmente bello.

Cuando la palabrería se transforman en imágenes y estas a su vez delinean verdadera y tangible humanidad; es entonces cuando la prosa (o el exagerado verso) se vuelven realmente poesía y belleza. Pero esa misma incapacidad de entendernos a nosotros mismo nos hace presa fácil del párrafo abrillantado con maquillaje y alumbrado con baratos reflectores.

Todo esto, solo para decir que esa obtusa visión es más fácil de abusar cuando se hablar de sentir y no de pensar. Ahora bien, lo anterior puede quedar en la inocente y casi lúdica consecuencia de encaramelar estupideces, engañar soñadores y cautivar “almas libres”. Sin embargo, aunque un poco más laborioso, la misma cruel actividad del embuste puede ser utilizada en el campo de las ideas. Y es ahí donde el peligro radica.

La ilusión es un engaño voluntario que, aunque tóxico en altas cantidades, es deliciosamente embriagante con moderación. Sin embargo cuando se cae presa de una ideología torcida, hay pocas cosas de nuestro ser que quedan a salvo. Es por ello que hablar de ideas exige responsabilidad más allá del supuesto sentido común. Pero dejar esto a las buenas voluntades es tan ingenuo como pensar que el mundo es plano.

Profundizar en esta cuestión, siento yo, es algo que está por demás en este texto. De hacerlo me vería tentado (y eventualmente abrumado) a utilizar los miles de ejemplos del abuso del discurso que plagan nuestro país. Pero ya en otra ocasión hablaré de nuestra arcaica maquinaría política.

Wednesday, November 30, 2011

Recordando colores


Al principio no puedo decir que los veo; pero definitivamente los siento. Y eso sucede muy rápido en algunos casos, como si la vida misma quisiera darles importancia a esas miradas desconocidas. A muchas de ellas las conozco bien, a otras simplemente me hubiera gustado hacerlo. Al final, los colores que se desprenden de sus imágenes tienen todos un toque profundamente melancólico; pero de nuevo, muchas veces esto es obra de esa confusión tan deliciosa entre la memoria y los sueños.

Empezaré por ella cuyo color siempre me pareció el amarillo. Un tono suave y tímido cuando se pierde en la luz; pero alegre y contrastante en ciertos puntos de la noche. Tal vez por ello no la note al principio; pues al final la conocí en un día soleado y ruidoso. De regreso aquella tarde, cuando el cielo comenzó a nublarse y la lluvia se dejó caer, fue entonces que su voz me resulto importante.

Pasaron pocos días, la vi pocas veces; pero su color amarillo se volvió cálido, aunque tenue. El solo timbre de su voz y ese delicado acento eran suficientes para entenderla. Aunque es presuntuoso decir que así fue. Ella; sin embargo, parecía comprenderme a la perfección. Esas últimas palabras que me dijo fueren preocupantemente atinadas.

Sigamos pues con lo que el flujo de la memoria dicta. Ella se encuentra presente porque desde hace mucho tiempo se volvió cercana. Su color es más como el negro: inmutable y difícil de ignorar por su misma profundidad. A veces es pesado y, debo admitirlo, aburrido. Creo que prefiero los colores vivos. En su caso no ha sido un problema, pues hemos preferido contrastar que combinar, y tal vez por eso nos llevamos bien.

Ella es un suave tono púrpura que conozco muy poco, casi nada. El morado me encanta y me gustaría decir lo mismo de ella, pero no es así. Si se diese la oportunidad podría suceder; pero normalmente ese tipo de cosas no se presentan con la magia que se esperaría. Es un tono inteligente y fácil de combinar, cambiante y lleno de sorpresas. Lo veo de lejos porque lejos está, aunque ella no pierde oportunidad para dibujarse de forma sutil y constante. Es un tono triste y reconfortante al mismo tiempo, como esa canción que a ambos nos gusta.

Hablando de colores lejanos, como olvidar ese brillante y vivo blanco tan exótico como familiar, tan alegre como serio, tan claro como misterioso. Así tal cual es ella. Se lleva bien en todas partes y a todas horas, pero su combinación tan perfecta también era distante. Se podía ver a través de ella solo para encontrar otra vez esa blancura impecable. Libre, eufórica, reservada y madura. Al final su tono es sinónimo de paz.

Uno de mis colores favoritos siempre fue el gris; ese gris que ella representa en toda su belleza. Como el color, se sabe linda más no se considera hermosa. Este tono me es tan familiar como ella. Lamentablemente siempre requiere de algún otro tinte para resaltar. Es un color que lleva otros tiempos y otros ritmos. La conozco desde años, pero es como si solo hubiéramos convivido un par de días. En la lentitud de su pintura se disfrutan mucho los pequeños trazos; pero cuando volvemos al tiempo de nuestra realidad su hermosura se decolora en mi incapacidad para cambiar el tempo.

El café es una tonalidad fuerte, pesada y seria. Y en su caso esa rigidez provoca una inercia que al entrar en movimiento la lleva muy lejos, pero al desacelerar la hace caer con una tremenda fuerza.  Me gusta y nunca sabré porque. Su simplicidad y terrenal alegría me contagian, pero como el suelo mismo en el que piso, su tonalidad es superficial, predecible y demasiado estable para mí.

Ella es sin duda el rojo. Ese rojo que solo hace sentido en los labios de una mujer, ese rojo que contagia con un racional pero explosivo ardor. El rojo muchas veces termina por quemarme; pero detrás de esa corona de fuego parece haber alguien muy parecido a mí. Ella brilla con idealismo, energía y una verdadera alma de poeta. Al menos eso es lo que creo.

Otro tono interesante es el azul claro de esta elusiva dama. Ella no es más que una estela en la mirada de esas que vagan como fantasmas tras un severo cambio de luz. Hay días que parpadeo y su chispa se confunde con verdes, morados y anaranjados. Si dejo los ojos cerrados todos los colores desaparecen y esa tonalidad tranquila e inteligente permanece. El problema es que al abrir los ojos doy cuenta que esa mirada es tan engañosa como el mar y tan lejana como el cielo.

El verde en su presencia era palpable. Un color que debo admitir me quitó el sueño durante un tiempo. Graciosa e inadecuada, tal vez incluso más que yo. Tímida pero libre en su rareza. Tonta y feliz; triste y delicada. No supe cómo interpretar lo vivo de su esencia, lo esperanzador de su originalidad, lo tranquilizante de su individualidad. Hoy me parece distante; pero desde entonces lo era ya.

Anaranjado es tal vez el último que vale la pena mencionar. Exótico y llamativo; pero cansado si se le ve con regularidad. Es un tono divertido, pero insustancial. Ella era brillante y carismática en su estar; pero incluso si ignoramos las problemáticas circunstanciales de nuestro coincidir; lo único que me dejó fue su calidez inicial y esa frialdad surgida de la opacidad de su color.


Una paleta de emociones se refleja en las tonalidades de sus personalidades; pero siempre me es sencillo detectar un solo color distintivo que llena mi memoria y se refleja en mis sueños. Al final las combinaciones son infinitas y su movimiento es música. Tal vez el problema, si es que hubiera alguno, es que no puedo ver mi color; sino tan solo sentir su textura.

Wednesday, November 16, 2011

#Unhate


Nuevamente me fue muy difícil no comentar ante el revuelo del “Día internacional de la tolerancia” y, por supuesto, sobre la polémica campaña de United Colors of Benetton. Lo primero que llama mi atención es, con escasa sorpresa, lo fácil que olvidamos el significado de los conceptos. Estamos tan acostumbrados a utilizar la palabra “tolerancia” como sinónimo de todo lo que está bien con el mundo que a la mínima distracción comenzamos a mezclar cuestiones como amor, unión y paz en su concreta definición.

La tolerancia no es sinónimo de ninguna de estas palabras. Es si acaso un pariente olvidado del respeto y un ingrediente más o menos esencial de la forzada convivencia. De igual manera la “virtud” que conlleva el tolerar es altamente cuestionable; pues como la mayoría de las premisas éticas el llevarla a un absoluto siempre resulta peligroso.

Tolerar no es amar, no es querer, no es dialogar; muchas veces ni siquiera es respetar. Tolerar es conciliar una diferencia de actitud, de ideología, de visión, de hábitos o de vida. Tolerar es aceptar o incluso, ignorar.

La exaltación casi divina que recibe este verbo en los círculos más progresivos es casi dogmática y su utilización genera tanta euforia que muchas veces nubla la dualidad y peligrosidad de su utilización. Se exige tolerancia en un sentido a la vez que se ataca vorazmente los demás puntos de vista. Se transgrede en el nombre del respeto mutuo al mismo tiempo que éste se pierde. Se ofende para demandar aceptación y, por qué no, conversión.

Los adictos a la tolerancia se pierden en un juego de ridiculez e irrealidad dónde la fusión de todos los puntos de vista se ve como la solución a los problemas del mundo. Dónde la paz mundial es un tan clara como el aceptar todo de todos. Dónde la pasión del defender una ideología se diluye en la tibieza tan característica de nuestros tiempos de sobre-comunicación.

Los tolerantes no quieren dialogar. Se rehúsan a defender su postura con argumentos; pues su relativismo debe ser aceptado como bueno por sí mismo. Los adictos a la tolerancia se niegan a ver la rigidez de su supuesta apertura; disfrazando su indecisión, mediocridad y falta de definición.

Hay cosas que simplemente no son tolerables; ni siquiera admisibles en una sociedad. El decidir cuáles de ellas son es labor personal e individual; sin embargo hay muchos que prefieren ahorrarse el trabajo y exigir tolerancia absoluta al tiempo que se limita la libertad del otro.

La campaña de Benetton es un claro ejemplo de la terrible mal interpretación del concepto. Es creativa, provocadora y, claro, controversial; sin embargo poco tiene que ver con ese “oh divino” valor de tolerar las diferencias entre nuestros compañeros humanos.

Era obvio que la Iglesia, en su papel de ente conservador, rígido y predecible; levantaría la mano. Es obvio también que Benetton así lo quería. Así como los ejecutivos de Benetton sabían que ofender al Vaticano les aseguraría publicidad gratis a nivel mundial, así también sabían que dicha ofensa les ganaría instantáneamente el apoyo de millones de personas que no dejan de ver a la religión como el mal de todas las cosas en este mundo (cuando ahora nuestro verdadero Dios es el consumo; pero de eso muchos prefieren no darse cuenta).

Así, elogiando la osadía de otra enorme corporación, se nos apaga rápidamente el radar que avisa que Benetton no pretende cambiar el trágico destino de nuestra post-moderna sociedad pregonando amor, aceptación y conciliación; sino que simplemente le pareció buena idea ondear la transgiversada bandera de la tolerancia para vender unos cuantos pantalones más.

Pero en fin, al menos el día de hoy toleremos otra marca de ropa manufacturada por niños en países en desarrollo.