Tuesday, October 30, 2012

15


No debería ser tan difícil escribir. Mucho menos cuando realmente se quiere hacerlo. Pero este maldito dolor de cabeza perfora todas mis palabras, todas mis memorias. ¿Será acaso un reflejo de la pesadumbre de mi alma? Cada momento, cada instante que pasa me siento más inmerso en un existir del cual no solo carezco de control; sino que también detesto. 

Odio al tiempo, lo aborrezco. Nos fragmenta, nos separa, nos angustia de la forma más estúpida y mientras se burla de la desgracia de la vida, nos consume. Su soberbia no conoce rival; pues al ser la referencia absoluta del infinito cree también ser autoridad, ley y métrico. Se nos juzga por su cuenta, asociándonos con falsas ideas de madurez, progreso y avance en un juego absurdo de caminos trazados y ríos secos. 

Siempre esta presente, con la ironía terrible de que el eterno instante del todo es la verdad que se oculta en el espejismo del operar de los relojes. Como ese místico demonio que nos persigue cuando apagamos la luz del pasillo, así, esa presencia maligna se apodera de nuestras mentes en un mundo dónde ese eterno hoy es un hervidero de esperanzas vacías prefabricadas en nuestros mismos medios de producción.

Hemos olvidado cómo existir pues la existencia misma nos ha cerrado sus puertas. Acabamos con dioses de antaño, con misticismos y supersticiones para volvernos esclavos de nuestra propia idealización. Pensábamos que recorríamos un camino de liberación, de emancipación total de la violenta e irracional naturaleza; pero en nuestra misma fe ciega en la modernidad nos volvimos fanáticos de religiones aún más peligrosas que aquellas que profesan de una vida más allá de la muerte.

Las ciencias naturales consumieron las ciencias del espíritu y nuestra enajenación de la supuesta “razón” de las cosas nos transformó en cómplices de una falsa racionalidad. Cambiamos la estética por anestesia y jugamos a ser tan espontáneos y utilitarios como el Universo.  Pero el diseño agota y el someter reclama también que encadenemos parte de nosotros. La gestión del grandioso esquema se convirtió en el abrumador espíritu de nuestros tiempos.

La logística de la vida es todo lo queda, la inconsciente mecanización de todo atiende a lo mucho que nos hemos separado del mundo natural. Las cosas cumplen ahora siempre y sin excepción un ¿por qué?, cuando el volver al ¿qué? casi ontológico es ahora un pecado de pretensión. Nos topamos con el problema de nuestra misma conciencia y al no poder resolverla en siglos de pensamiento y abstracciones decidimos renunciar a ella; decidimos reclamar la libertad de la ignorancia eterna; del sentir de roca; del vacío perpetuo.

Seguimos precisamente el camino contrario a la inmersión total de aquel malentendido nirvana budista. El sentir la totalidad del divino universo mediante la renuncia, momentánea, a la individualidad del alma es tabú por incomprensible; sin embargo, el ahogarnos en el mar del “yo” mediante la negación de la colectividad del todo es lo que ahora se simboliza como libertad. Ambas esbozan su fuerza en el no-existir. La primera en esa esperanza de arañar el cielo aquel que antecedía al todo; en sentir fugazmente el equilibrio de la nada en un absoluto. La segunda, en dejar de existir mediante la negación de la existencia misma; en el volvernos objetos inertes de un cosmos que renunciamos a controlar, explicar y sentir.

Cada mañana me estremezco al ver la hermosura de las montañas y saber que no puedo (o quiero) disfrutar de ellas. Tal vez por esa razón me he enamorado de la Luna, pues es solo cuando su rostro se asoma es que me encuentro en esa banal y temporal libertad de decidir mis acciones. Tal vez por ello la noche alberga tantos ángeles y demonios; pues es solo bajo su manto que recordamos nuestra humanidad… al menos aquella que solo nos atrevemos a expresar en la oscuridad o en los libros.

No me queda duda que la angustia de nuestro fracaso moderno se siente a través de una o dos generaciones enteras, pues aunque lo expresen diferente se lee y respira en todo el vivir actual. Me preocupa; sin embargo, que no se hable de ello, que cuando se toca el tema se hace de la misma forma auto-referente a todo el cancerígeno crecimiento de una teoría anacrónica y brutalmente elemental.

Me pesa recalcar lo que a mi parecer es obvio; sin embargo los pocos que aún conservan un poco de cordura van por ahí alucinando auto-descubrimientos elementales a personajes de siglos atrás. ¿Por qué era tan claro entonces? ¿Por qué lo hacemos ver tan complicado ahora? Es simple y llanamente el crecimiento exponencial de una potencialidad perdida. Perdida en la historia de nuestros supuestos progresos. Hemos manchado la única naturaleza del hombre; la de la temporalidad razonada.

Odio aceptar que los poetas muchas veces tienen razón. Solía detestar sus pretensiones de ritmo y la ambigüedad absurda de sus imágenes; pero me he dado cuenta que lo que me molestaba era más bien la exageración falsa de aquellos que no merecen ostentar el bohemio título de tal oficio. Lo humano de un momento se lee en la sinceridad de una descripción, por más mundana que esta sea. Lo poético es lo real y cuando lo real es perceptible más allá de esos barcos de humo metafóricos, entonces su labor es loable. 

Me da risa mi propio descaro. El juzgar a los que abusan de un recurso que frecuentemente utilizo ya. Mi respeto hacia la música me prohíbe el intentar siquiera coordinar un tempo que transforme estos pesimistas textos en verso. Creo aún que lo más cercano a la comprensión del Universo viene de la infinidad del espectro musical; de ese torrente fantasmagórico inmanente al todo, descubierto (jamás creado) por los músicos.

De lo que hablo es de la estética de lo perdido. La reflexión crítica podrá ser una incómoda tarea; pero cuando das cuenta que ni siquiera las imágenes representan ya nada; entonces la tristeza se convierte en esa decepción ante el fracaso cultura de toda una generación. El vacío es tan profundo que no me queda más que buscar la reivindicación de los poetas. Tal vez sea ya demasiado tarde… tal vez ya no nos quede nada más que las letras que jamás se leerán.

Sunday, October 21, 2012

Una imagen de “paz”


Cuando escribo no lo hago para nadie más que para mí. Es el refugio más cómodo de todas mis preocupaciones. Es un compromiso egoísta y emancipador, un ejercicio potencializado por la angustia, la inconformidad, los espejismos y la esperanza de reflexiones perdidas.

Todos los días cierro los ojos. Algunas veces por la sola mecánica de dormir, otras por la añoranza de un sueño. Hay día enteros que parpadeo sin pensar y habrá otros en los que conscientemente decida abstraerme de todo lo que me rodea para emprender un viaje interno a través de paisajes musicales y luminosidades teóricas.

El día de hoy alguien me pidió que lo hiciera para imaginar y visualizar mi definición de paz. Cuando cierro los ojos no me gusta pensar en conceptos, ni en relaciones… mucho menos en realidades. Me gusta suspenderme en el vacío estético del todo. Encontrarme con el sentir absoluto del Universo y su misterioso funcionamiento caótico y desordenado. Cuando cierro los ojos pierdo el control; y lo hago de forma voluntaria.

Así, el espejo de mi mente toma fragmentos, creando un hermoso y confuso conglomerado de sueños, visiones, espejismos, memorias, emociones y añoranzas. Tomando todo lo que afuera existe, dentro se moldean visiones de sinceridad abrumadora.

Paz… no me gusta ese concepto. No creo en el. No por lo que representa, sino por todo lo que pretende representar. Es confuso, es ambiguo, es general y pretende una universalidad soberbia y casi prepotente. Pero a pesar de ello salí a su encuentro en ese corto y etéreo viaje.

Esto fue lo que encontré:

Un vasto y enorme desierto púrpura. Cubierto de tierra estéril y opaca, con un viento cortante pero liberador. El horizonte, con tonos morados, era una alegoría al infinito. Un cielo limpio, claro y melancólico. Hacia un lado, un mar de tierra sin fin; hacia el otro, un cráter verde, frondoso y vibrante. En el centro, un par de torres demacradas, infestadas por el viento desolador. Colores vivos, claros y desgastados. Ruinas en todo el sentido; pero con un aura cálida; como un refugio ante el desolador infinito. Ese aislamiento total, ese refrescante vacío… eso era la paz. Como aquella libertad absoluta del no-existir; así la pérdida de toda referencia significaba la tranquilidad final. Las torres; sin embargo, daban un alivio. Un puente, un escondite, una construcción, un templo contra la infinidad; contra la abrumadora abundancia de la nada. Un ancla con nuestra realidad, esa que siente su fragmentación; pero no la entiende. Así sentí yo la “paz”…

Wednesday, October 3, 2012

Sobre la muerte de desconocidos


La muerte es natural. Que alguien muera antes de tiempo es un más de las irrelevantes contrariedades de la vida. No me pone triste la muerte, mucho menos la de un desconocido. 

Soy sincero ante la indiferencia que me produce la muerte de alguien lejano a mi realidad. Más aún cuando yo sería indiferente ante mi propio fin. Sería hipócrita decir que el deceso de algún personaje con quién jamás he convivido me produce algún sentimiento. La empatía no fluye en una sola dirección.

Las situaciones que causan la muerte son tema a parte. Ahí podemos hablar de cosas que, con mucho mayor justificante, producen algún sentir específico. Se puede hablar de injusticias, de mala suerte, de tragedia e incluso de comedia. Pero ahí no quiero entrar.

Lo verdaderamente ridículo es que estos hechos produzcan placer en alguien. No lo comprendo. Tal vez sea que la gente solo simula ese supuesto gusto por la muerte de algún “enemigo” desconocido. Lo cuál es más patético aún.

Es triste que ya no sepamos reconocer nuestros propios sentimientos. Ni si quiera los más simples.

Sunday, September 30, 2012

Nacer y morir


No hay razón para temer a la muerte después de haber nacido. Si nuestra conciencia recordara ese estado previo al existir individual, recordaría entonces el insoportable temor al nacer. 

Nacer es fragmentarnos del todo, es olvidar que pertenecemos al Universo. Es comenzar el doloroso proceso de auto-realización desde cero. Es iniciar una momentánea salida de la eternidad. Es algo verdaderamente aterrador.

Esa angustia; sin embargo, es deliciosa, motivante y valiosa. Lo es cuando se le descubre y se le comprende. ¿Quién no ha experimentado ese aterrador escalofrío de la desesperación? Ese instante dónde te encuentras totalmente consiente de la realidad que te rodea y al encontrarse fuera de nuestro control y desviada del sendero de la ética del todo, una angustia existencial y trascendental se apodera de ti. Esa realización es de lo que esta hecho el verdadero existir. 

Ahora imaginemos el crudo y vivo terror de ese escalofrío potencializado en la expulsión del absoluto de las conciencias. Ese es el verdadero miedo, el miedo a nacer.

Bajo esa luz, la muerte es un proceso de alivio. Un rencuentro con la intangible y abstracta naturaleza del alma. El alma que no se explica ni en materia, ni en espiritualidad, ni en dualidad. Un alma que se explica en abstracción racional, no de una naturaleza inexistente del hombre, sino en la potencialidad absoluta de la historia del todo; ese todo banalmente denominado como Universo. Que importante es entonces la muerte en el proceso evolutivo de esa alma. Esa que nos pertenece a todos. 

Si razonamos la muerte a partir del intelecto formalista, rígido e incompleto; es entendible que la comprendamos como algo insoportablemente aterrador. Y en esa realización se captura la ironía latente del estado actual de las cosas. Hemos racionalizado la existencia de forma tan burda y particularizada que nuestras revelaciones han provocado los mismos sentimientos irracionales y contradictorios que alimentan el miedo a vivir y a morir.

Hemos alejado el pensamiento de la universalidad, del colectivo, de la conciencia del mundo. Hemos olvidado la poderosa totalidad de la que todos compartimos un fragmento. Individualizamos las conciencia al tiempo que masificamos los pensamientos. Dominamos la receta de la alineación. Socavamos la potencialidad con aislamiento emocional e intelectual mientras mal direccionamos la unión confundiéndola con conglomeración y estandarización de conductas, valores y pensamientos.

Hemos reducido la existencia a la mecanización del actuar humano. Sometimos a la naturaleza sometiendo nuestra misma humanidad. Ahora somos esclavos de la gestión de nuestra racionalidad vacía. Hemos olvidado que somos todo, que tu eres yo y que somos uno solo; más no uno mismo. Es por ello que tememos a la muerte y olvidamos la angustia del nacer.

Lamentablemente es difícil escapar. Se castiga a quién lo intenta. Las masas se escandalizan cuando el estado de las cosas se cuestiona; cuando su visión de la vida se derrumba, cuando ven en alguien la potencialidad que poseemos todos, realizada. Ese temor colectivo ha creado mecanismos para reforzar y prevenir que se quebranten nuestras falsas y anacrónicas nociones de seguridad. Por un error del pensamiento hemos aprendido a temerle a la libertad. A esa libertad entendida y reflexionada como la comprensión profunda de nuestro existir particular en el esquema del todo. No a la versión miope y limitada que se nos da bajo conceptos “liberales” vacíos ya de toda relevancia. Es precisamente esa premisa “libertaria” que se reduce al superficial e ilusorio acto de elegir dentro de un esquema limitante y limitado la que nos ata permanentemente a la mecanización y reducción de la vida.

No se tiene ya la sensibilidad ante la delicada angustia que conlleva el existir consiente. Esa sensibilidad que se siente y se expresa más allá de todo lenguaje. Esa actitud de la que es verdaderamente posible el enamorarse, en el amor entendido como racionalización del vivir colectivo, de la búsqueda de fragmentos, del placer de sentir y sufrir. Ese amor que se nutre de la libertad descrita anteriormente. Porque no podemos confundir la angustia y desesperación del despertar estético hacia la vida con el detestable motor de nuestra misma esclavitud: el miedo.

El traicionero e ilusorio flujo del tiempo permanece neutral ante esta dialéctica universal. Cada instante se sublima y trasciende en su reflexión. Reflexión que requiere tiempo, inspiración y realización de su propia importancia. Requiere que se camine despierto, que se sueñe al dormir y que quiera uno levantarse caminando. Pero el tiempo no alcanza ya. Luchamos contra él para sobrevivir sin darnos cuenta que al sacrificarlo estamos sacrificando la misma vida que pretendemos salvar.

Quisiera vivir para fotografía cada momento en mi mente, para llevar la insignificancia y sus nimiedades a la trascendencia que se han ganado con su solo existir. Quisiera vivir para sublimar el todo, para intentar comprenderlo, capturarlo, expresarlo y descansar en él y en la infinidad del lenguaje que lo representa. Sin embargo estamos condenados a ver y oír todo esto sin observarlo ni escucharlo.

Esta esclavitud relativa que vivimos ahonda el vacío natural de nuestro ser, trastornando la delicada y sensible angustia del existir en un miedo a la vida, a la libertad, al amor y a la muerte. Ese vacío, al ensancharse y profundizarse, nos demanda el ser llenado con sinsentidos que alivien ese irracional temor de desperdicio y soledad. Pero al intentarlo llenar solo alimentamos más su misma vacuidad; pues no solo nublamos nuestros sentidos al hacerlo; sino también nuestra mente y nuestra alma.

Hemos intentado llenarlo con alcohol, con comida, con falsas pretensiones, con fanatismos, con esperanzas vacías, con luces, con humo, con danza, con auto-destrucción, con maquillaje, con superficialidad, con religión, con compañía, con ilusiones, con trabajo, con lucha, con clasificaciones, con caricias, con ruido, con sexo, con imágenes, con droga, con “arte”, con metas inalcanzables, con discursos, con silencio, con anestesia.

Esa absurda reducción del ser es la que termina por fulminar no solo nuestra existencia; sino la colectividad de nuestras sociedades. Esa es la verdadera ignorancia, la que nos ha destruido y nos ha hecho fracasar. La ignorancia voluntaria ante la existencia.

¿Qué hay de malo entonces en morir? ¿No es entonces evidente que nacer es una mayor desgracia?

Que fácil es darse cuenta de todo lo que está mal en este mundo. Es tan sencillo que muchos se han dado cuenta ya de todo esto. Otros incluso lo habían visto venir desde hace décadas, desde la perspectiva de otros siglos. Y aun así, vale la pena repetirlo una y otra vez hasta que todos y cada uno de los fragmentos de este mundo den cuenta de estas evidentes revelaciones. 

El tratar de salvar al mundo conlleva en sí un dejo inherente de arrogancia, egoísmo y soberbia. Por otro lado, la humildad del alma recae en la fe de que el mundo debe y puede salvarse así mismo.

Monday, September 24, 2012

"Nada Sucede"


Voy caminando en las amplias y antiguas calles de Morelia. Hay mucha gente. En sábado siempre hay mucha gente en todos lados. Paso por puestos de tortas, de ropa, de electrodomésticos. En la acera de enfrente bancos y más bancos. Todos con letras doradas, porque ese es el estándar en el centro histórico de esta ciudad. 

Camino sin fijarme mucho en los que me rodean. Escucho, pero por instinto. Oigo más bien. Entonces oigo voces alegres que gritan a lo lejos. Volteo a mi derecha y por una angosta calle perpendicular a Madero veo tres jóvenes en bicicleta. Dos hombres, una mujer. Traen pocas prendas. No puedo evitar notar el bromoso pecho de esa muchacha. Cruzo la calle y espero a verlos pasar. “¡Más bicis, menos ropa!” gritan mientras toman la vía hacia el oriente. Sonrío. Me recuerdan a una joven que apenas hace unas semanas conocí. No por la poca ropa o por sus pechos; sino por las bicis.

Sigo caminando, como distraído, como en una misión. Quiero llegar al acueducto y nada más; llegando ya me preocupare de que ver o que sentir. Entonces llego a “Las Tarascas”, símbolo de Morelia y la cultura purépecha. Recuerdo a mi madre. Tomo fotos para recordar, para tratar de no olvidar estos insignificantes momentos. Me siento tonto cuando lo hago. Me siento común.

Es un poco frustrante esto de las fotos. Por un lado, son solo retratos vacíos. No indican nada. Ayudan a recordar el cuadro, pero no el momento. Si el instante es realmente significativo, la foto lo desvirtuara pues todo lo que ese momento provoque desbordará de la foto y será difícil de emular incluso en los rincones de la memoria y la imaginación. Por otro lado, si el momento es soso, común e insignificante -como es este caso en particular- la foto engañará a nuestra memoria en algunos años cuando tratemos de recordar por qué decidimos capturar ese fugaz evento. Si algo aprendería es que son aquellos instantes que no puedes fotografiar los que realmente valen la pena.

Ya estaba ahí; y observando la antigua construcción del ese símbolo local sabía que hoy, a esta hora, esto era justo lo que tenía que estar haciendo. Proseguí unas cuantas cuadras más para llegar a la esquina de ese parque trapezoidal que llaman “Bosque Cuauhtémoc”. Antes se llamaba algo de “San Pedro” o no sé qué. Imagino quisieron darle un toque más mexicano y menos español en algún brote leve de orgullo nacional.

El clima era maravilloso, y más cuando se está rodeado de árboles. En mí Monterrey no queda más que derretirse en estas fechas; pero aquí, tras la amigable lluvia del día anterior, el viento corría libre y fresco. No sabía que horas eran ya y no me interesaba saber. Así, con el sonido de las hojas jugueteando con las ráfagas de aire, a mi izquierda escuchaba gritos muy parecidos al de aquel trío de ciclistas de hace unos momentos. De inmediato me asomé hacia la vía que corría norte al acueducto para ver a unas decenas de metros un colectivo enorme de ciclistas en paños menores. 

No podía saber mucho de su causa, menos cuando jamás había aprendido a andar en bicicleta. Pero eso de la abstracción es particularmente útil en momentos como este. Mientras pensaba esto, observé a ambos lados de la calle para cruzar rápidamente y colocarme bajo uno de los arcos de cantera. Ahí, con cámara en mano, comencé a observarlos. Gritaban consignas concretas y mayormente inofensivas. Pedían ciclo vías y con razón. Era normal para mi escuchar ese reclamo en mi ciudad, pues Monterrey es un lugar hostil al peatón y al ciclista –cómo no serlo si es incluso hostil al conductor-. Aun así no imaginaba que lo mismo sucedía en la Morelia de mi madre.

Eran cientos de jóvenes y no tan jóvenes. Gritando, divirtiéndose, haciendo algo de su sábado. Me emocionaba verlos así, aunque no tanto como me ha emocionado el clamor de otras “marchas”. Quería tomar una fotografía, pero me daba pena. Me daba pena no conocerlos, me daba pena no conocer su movimiento. Me daba pena objetivizar su reclamo, me daba pena hacerlo irrelevante. Más de lo que ya era.

Es un poco extraño el contenerse de maneras tan arbitrarias. Dentro de mí, por cuestiones tal vez estúpidas e inexplicables, sabía que quería tomar una fotografía. Una foto que probablemente solo vería un par de veces antes de olvidarla por completo en algún rincón de mi computadora. Sin embargo, el no haberla tomado me producía un vacío molesto y difícil de ignorar. Un vacío que duraría solo algunos minutos; pero que en su pequeñez alimentaría mi cerebro de cuestionamientos aderezados de arrepentimientos leves sin ninguna explicación o sentido.

Pensaba todo esto mientras comenzaba a caminar por los caminos del bosque, escuchando la tierra crujir ante mi paso. El sonido de una sierra interrumpió entonces mi intrascendente reflexión. Cortaban algunos árboles. Árboles muy grandes. No me interesa.

Continúo caminando y a lo lejos veo un delgado pilar. Sobre él, una estatua del emperador Cuauhtémoc con un brazo en el aire. La figura es color negro por si se preguntaban. Sé que le tomaré una foto; pero realmente no quiero hacerlo. Si lo hago, lo hago y ya. Una foto más. Pero si no, me quedaré con ese pequeñísimo pero real vacío existencial de aquel que no tomo una foto sin significado. La de los ciclistas creo que sí tenía algo más de significado.

Sigo mi leve paso y me encuentro con algunos juegos mecánicos, puestos de globos, botana, algunos globos y un patinadero. No hay mucha gente; pero lo hay. Tengo ganas de ir al baño. Quiero hacerlo antes de dar la vuelta al muse Alfredo Zalce. Sé que por aquí encontraré sanitarios. Mientras los busco recuerdo. Recuerdo que hace añales yo venía aquí a patinar, con mi tía, con mi abuelo, con mi madre, con mis primos. Me encantaba patinar. Me encanta ir rápido. El dinamismo, el viento. Amo el viento en mi rostro. Encuentro el baño. Todo listo ahora para ir al museo. Retorno por un camino diferente. Veo un par de ciclistas por aquí por allá. No tomé la foto. En fin. Al menos lo recuerdo.

Me gustan los museos de arte moderno. Los de historia natural o historia del arte son respiros de humanidad muy lejana. Son explicaciones, descripciones y no sentimientos. Estas obras están aquí no porque haya hecho historia, sino porque tienen deseo de hacerlo. 

Entro. Dejo mis cosas y firmo el registro. El primer piso no tiene nada para mí. Subo las escaleras que crujen. Arriba dos hombres platican al pie de una ventana abierta. No poco mucha atención pero por la fluidez y ánimo imagino como si fueran grandes artistas discutiendo su gran talento plástico y sensibilidad. Imagino que hablan de cosas así, aunque ese no es el caso. Pero igual no entiendo bien de lo que hablan, así como no entiendo bien sobre el arte. Sobre este arte. 

Envidio la sensibilidad del artista, del pintor y del fotógrafo. Pero detesto la superficialidad de aquel que dice “entender” el arte. El arte se siente y se expresa. No se entiende más que como tu entiendes estas palabras. Las entiendes porque te son familiares, te muestran un lenguaje de símbolos que no te son del todo extraños. Pero no lo entiendes. No puedes entenderlo –y hay veces que yo tampoco-. 

Me parece estúpido el tratar de “entender” a los artistas por sus obras. A los artistas, si se les quisiera entender, se les trata, se les habla, se les saluda, se les pregunta, se les quiere y se les ama. Lástima que ya casi todos están muertos. Me parece también un poco tonto el tratar de entender la obra misma. ¿Por qué mejor no sentir la obra? Lo sensato es entendernos a través de ella. La verdadera estética.

Cristóbal Tavera es su nombre. Interesante trabajo. “Sueños”, “Fortuna”, “Fui tuya, ya no”. Que brillante esa última. Será por su simpleza. Pero hubo una que me dejó perplejo. La vi, la vi y no me cansé de verla. ¡Una foto! Claro que sí. Me da pena igual… no sé por qué. Pero no importante porque esa obra vale la pena. Quito el flash y tomo, no una, pero varias fotos. No hay nadie que me vea. Escucho a los dos hombres platicar, escucho el crujir de las escaleras. “Nada sucede”.

Guardo la cámara y entonces veo a dos señoras con dos niñas recorrer el piso sin mucha prisa pero sin ponerle mucha atención tampoco. Me voltean a ver con una extrañeza leve. Ven las obras. ¿Qué verán en ellas? Los cuadros son los mismos que yo veo, pero esos ocho ojos de seguro ven cosas que yo jamás veré, cosas que jamás he visto.

Me siento cómodo. Volveré. Bajo por la escalera que cruje, me acerco al libro de visitas y solo puedo pensar en ese bonito cuadro:

16/06/2012
"Nada sucede" y así es. Dentro de la tranquilidad de las paredes de esta casa son las obras las que observan dentro de nosotros y de nuestras almas. El tiempo aquí no existe y pareciera que afuera tampoco. El instante es tan relativo y; sin embargo lo único verdaderamente absoluto. Un momento dentro de todos los momentos.

Sunday, September 23, 2012

Sobre la lucha estudiantil


De: Ciencia y Tecnología como "ideología” de Jürgen Habermas

IX

Una nueva zona de conflictos, en lugar del virtualizado antagonismo de clases y prescindiendo de los conflictos que las disparidades provocan en los márgenes del sistema, sólo puede surgir allí donde la sociedad del capitalismo tardío tiene que inmunizarse por medio de la despolitización de la masa de la población contra la puesta en cuestión de la ideología tecnocrática de fondo: precisamente en el sistema de la opinión pública administrada por los medios de comunicación de masas. Pues sólo ahí puede quedar afianzado el encubrimiento que el sistema exige de la diferencia entre el progreso de los subsistemas de acción racional con respecto a fines y las mutaciones emancipatorias en el marco institucional —entre cuestiones prácticas y cuestiones técnicas—. Las definiciones permitidas públicamente se refieren a qué es lo que queremos para vivir, pero no a cómo querríamos vivir si en relación con los potenciales disponibles averiguáramos cómo podríamos vivir.

Resulta muy difícil pronosticar quién podría avivar esas zonas de conflicto. Ni el viejo antagonismo de clases ni el subprivilegio de nuevo cuño contienen potenciales de protesta que por su propio origen tiendan a la repolitización de esta opinión pública disecada. El único potencial de protesta que a través de intereses reconocibles se dirige a las nuevas zonas de conflicto surge principalmente entre determinados grupos de estudiantes. Voy a referirme a tres tipos de constataciones:

1. El grupo de protesta que constituyen los estudiantes es un grupo privilegiado. No representa ningún interés que surja de forma inmediata de su posición social y que pudiera ser satisfecho de modo conforme con el sistema con un aumento de compensaciones sociales. Las primeras investigaciones americanas[22] sobre los activistas estudiantiles confirman que no se recluían en las capas del estudiantado en ascenso social, sino en capas del estudiantado que gozan de una posición favorable en lo que se refiere a status y que provienen de estratos sociales económicamente favorecidos. 

2. Las ofertas de legitimación que hace el sistema de dominio no parecen resultarles convincentes a estos grupos por razones plausibles. El programa sustitutorio con que el Estado social reemplaza a las ideologías burguesas tras el desmoronamiento de estás comporta una orientación hacia el status y el rendimiento. Pues bien, según las mencionadas investigaciones, los activistas estudiantiles parecen menos privatisticamente orientados hacia la carrera profesional y a la creación de una familia que el resto de los estudiantes. 

Sus rendimientos académicos están por lo general por encima de la media y su proveniencia familiar no fomenta un horizonte de expectativas que estuviera determinado por la anticipación de las coacciones previsibles del mercado de trabajo. Los activistas estudiantiles, que con frecuencia provienen de las especialidades de ciencias sociales, las de historia y filología, resultan más bien inmunes frente a la conciencia tecnocrática, ya que las experiencias primarias hechas en su propio terreno de trabajo universitario no concuerdan con los supuestos fundamentales de la tecnocracia.

3. En un grupo así constituido el conflicto no puede versar sobre la proporción de disciplina y cargas que se le exigen, sino solamente sobre el tipo de renuncias que se le imponen. Por lo que los estudiantes luchan no es por una mayor participación en las compensaciones sociales del tipo disponible, como son los ingresos y el tiempo libre. Su protesta se dirige más bien contra la categoría misma de «compensación». Los pocos datos de que disponemos abonan la sospecha de que la protesta de estos jóvenes provenientes de familias burguesas no concuerda ya con el modelo del conflicto de autoridad. 

Los estudiantes activos tienen más bien padres que comparten sus actitudes críticas; con relativa frecuencia han crecido en un ambiente de más comprensión psicológica y de unos principios educativos más liberales que los grupos de control no activos[23]. Su socialización parece haberse llevado a cabo en subculturas exentas de premuras económicas inmediatas, en las que las tradiciones de la moral burguesa y de sus derivaciones pequeño burguesas han perdido su función, de tal forma que el «training» para la sintonización con las orientaciones valorativas de la acción racional con respecto a fines, no incluye ya la fetichización de este tipo de acción. Estas técnicas de educación pueden posibilitar experiencias y favorecer orientaciones que chocan frontalmente con la conservación de una forma de vida propia de una economía de la pobreza. Sobre esta base puede cristalizar una incomprensión y rechazo de principio de la reproducción absurda de virtudes y sacrificios que se han hecho ya superfluos; un no entender por qué la vida del individuo, pese al alto grado de desarrollo tecnológico, sigue estando determinada por el dictado del trabajo profesional, por la ética de la competitividad en el rendimiento, por la presión de la concurrencia de status, por los valores de la cosificación posesiva, y por los sucedáneos de satisfacción ofertados, ni por qué han de mantenerse la lucha institucionalizada por la existencia, la disciplina del trabajo alienado y la eliminación de la sensibilidad y de la satisfacción estéticas.

Para esta sensibilidad tiene que resultar insoportable la eliminación de las cuestiones prácticas del espacio público despolitizado. Pero de todo ello sólo puede resultar una fuerza política si esa sensibilización afecta a algún problema sistémico insoluble. Y a mi entender en el futuro puede plantearse un tal problema. Efectivamente, la proporción de riqueza social que crea un capitalismo industrialmente desarrollado y las condiciones tanto técnicas como organizativas bajo las que se produce esta riqueza, hacen cada vez más difícil vincular la atribución de status, aunque sólo sea de forma subjetivamente convincente, al mecanismo de la evaluación del rendimiento individual[24]. Por eso, la protesta de los estudiantes podría acabar destruyendo a la larga esta ideología del rendimiento que empieza a resquebrajarse, y, con ello, derrumbando el fundamento legitimatorio del capitalismo tardío, que ya es frágil, pero que está protegido por la despolitización.

1968

[22] S. M. Lipset, P. G. Altbach, «Student Politics and Higher Education in the USA», en S. M. Lipset (eds.) Student Politics, New York. 1967; R. Flacks, «The Liberated Generation. An Exploration of the Roots of the Student Protest», en Journ. Soc. Issues. julio, 1967; J. Keniston, «The Sources of Student Dissent», ibid.

[23] Cfr. Flacks: «Activists are more radical than their parents; but activist’s parents are decidedly more liberal than others of their status.» «Activistn is related to a complex of values, not ostensible political, shared by both the students and their parents»; «Activists’s parents are more “permissive” than parents of non–activists.»

[24] Cfr. R. L. Heilbronner, The Limits of American Capitalism. New York. 1966.

Friday, August 10, 2012

Democracia y superficialidad


A más de un mes de las elecciones presidenciales todo parece indicar que México ha vuelto a la normalidad. A una normalidad entendida cómo un conformismo, voluntario o involuntario, del estado de las cosas. Una normalidad reflejada en una negación profunda y reiterada a reflexionar, plantear y descubrir los verdaderos problemas y soluciones del país.

Las mega-marchas y repetitivos gritos contra la “imposición” son reclamos vacíos y superficiales que, lejos de ayudar al verdadero despertar de México, lo desorientan y confunden en una maraña de absurdos e insignificancias. Todo esto mientras políticos y empresarios siguen explotando los mecanismos de un arreglo económico y social que no solo promueve la injusticia; sino que poco a poco va reduciendo a la nada lo poco que nos queda de humanidad.

El discurso “indignado” se ha tornado monótono y mayormente inofensivo; tanto como los mismo oficialismos de nuestros medios y entidades institucionales. Lo único que aún mantiene viva la esperanza es la injustificada presunción de la calidad moral de estos “revolucionarios”. Y es injustificada principalmente porque lo único que los salva de una crítica más feroz y destructiva es el supuesto de su involuntaria ignorancia ante las ironías de sus propios reclamos.

En primera tenemos todas esas frases y palabras que mediante un uso recurrente se han convertido en el mantra de sus movilizaciones. “Imposición”, “fraude”, “defensa de la democracia” y otras tantas más que, cómo cualquier cosa, al repetirse cientos y miles de veces sin pensar pierden todo significado.

Sin tener una base real en términos cuantitativos, argumentativos o materiales, se da por un hecho que en el evento hipotético de que Peña Nieto no hubiera tenido un desbalanceado apoyo mediático y/o no hubiera movilizado la compra masiva de votos –que en términos estrictos, el dar una despensa o una tarjeta de Soriana no asegura que el votante haya apoyado al PRI- el resultado hubiera sido distinto.

Lo cual es un poco aventurado tomando en cuenta la amplia diferencia entre EPN y su más cercano rival, López Obrador. También lo es si consideramos que el apoyo mediático recibido por el PRI durante el 2012 fue mayormente irrelevante pues la preferencia por el candidato PRIista era mayor antes de comenzar la campaña electoral.

Entonces, argumentaran algunos, el problema fueron las crasas irregularidades en le proceso electoral. Sin embargo, fuera los testimonios presentados en un panfleto apropiadamente llamado “Fraude 2012”, no hay una evidencia clara de juego sucio en términos logísticos y operacionales el 1º de Julio. A eso le aunamos que dicha premisa no solo desacredita al IFE, sino a miles de ciudadanos voluntarios que como consejeros u observadores se capacitaron durante meses para llevar las elecciones dentro del ambiente requerido de legalidad. Pero al parecer eso es irrelevante cuando se grita “fraude” muy fuerte.

Los “defensores de la democracia” clamaban fraude desde que se anunciaron los resultados pre-eliminares. ¿Cómo podían ya declarar ganador a EPN si apenas se había contado un porcentaje menor de votos? Me imagino que de la misma manera en la que se argumentaba que la elección era un fraude antes de que esta terminara.

El defender la democracia es una contradicción en sí; pues en la definición más básica del concepto, esta es algo que nunca ha existido en nuestro país. La representatividad que podríamos tener de parte de nuestros servidores públicos esta ahogada por la pesadez de una burocracia estática y la influencia de intereses que mediante el apalancamiento económico pueden ser priorizados arriba de cualquier reclamo social.

Las diferencias ideológicas de nuestros partidos son espejismos retóricos diseñados para darle un toque de validez al simulacro electoral. Para confundirnos y hacernos pensar que nuestra elección será relevante y demócrata en el cacicazgo político y empresarial en el que vivimos. ¿Cómo entonces argumentar que se defiende algo que nunca existió? Y peor aún, que se defiende mediante un apoyo casi dogmático a un candidato del mismo sistema partidista que nos tiene hundidos en este desierto ideológico y moral.

¿Y qué se pretende realmente con la invalidación de las elecciones? ¿Repetirlas, acaso, para generar otra hemorragia fiscal de corrupción, mercadotecnia política y absurdo reduccionismo de las problemáticas nacionales? ¿O la única esperanza es la imposición, ahora sí, del candidato de nuestra supuesta izquierda?

Como todo en México, estos incoherentes reclamos van acompañados de culpables y figuras fácilmente identificables como villanos, opresores y tiranos. Visualizaciones infantiles que nos permiten descargar nuestra justificada ira sin tener que pensar demasiado. Esta vez fue turno de Soriana y Televisa, que si acaso son meros actores instrumentales fruto de problemáticas más profundas.

De lo que no se habla es de la reforma política, de candidaturas ciudadanas, de cambios fuertes al sistema educativo, de la reforma penal que sigue avanzando a paso lento, de la burocracia institucional, del arcaico sistema de justicia punitivo, de una condición deprimente y peligrosa del sistema penitenciario, de las burbujas económicas, de los insostenibles subsidios, del enclenque y corrupto sistema policiaco, de la terribles ineficiencias de las empresas públicas, de la falta de recaudación, de la evasión de impuestos, de los monstruosos sindicatos corruptos, del sistema como tal. Porque dejar de comprar en una tienda, mexicana al menos, y no ver televisión resolverá todas estas problemáticas.

Me es sorprendente que en vez de manifestarse y cercar el Congreso de la Unión para que todos esos supuestos mecanismos de legalidad y civilidad que tenemos sean ejercidos (incluyendo la eficiente persecución de crímenes electorales) se prefiera cercar y hostigar a dos empresas privadas que en primer lugar, perderán muy poco de todo esto; y en segundo, simplemente son actores y participes de un sistema diseñado para que no se requiera ningún tipo de ética empresarial para redituar.

Esta ceguera colectiva es justificable, tal vez, si consideramos que muchos de esto jóvenes a penas se introdujeron al contradictorio e idiosincrático mundo del activismo social. No es casualidad que el movimiento YoSoy132 se haya gestado en tiempos de elecciones. Un período específicamente diseñado para levantar un interés temporal y mayor intrascendente sobre las cuestiones políticas, sociales y económicas del país. La cereza del pastel en el mecanismo ilusorio de democracia nacional.

Así, con esa impulsividad joven y la euforia de un par de marchas se piensa que coreando la parte más superficial de anacrónicas luchas sociales realmente se está despertando al país. Se idealiza una resistencia “sublime” ante una pequeñez tan mundana como es la ambición de poder de un candidato narcisista. Se blande la libertad de expresión como una licencia para decir estupideces y exigir, no solo que se respeten, sino que se coincida con ellas. El pensamiento crítico se reduce a no coincidir con Televisa y a injuriar a cualquier persona, medio o reportero que difiera en cierta medida de su irracional reclamo.

Si no es por confusión masiva no encuentro otra manera de justificar que se pretenda aliar voces con grupos como la CNTE, un conjunto de maestros que, ahogados por las corruptelas del SNTE, han tratado de exprimir al contribuyente con su propia organización. Una amalgama de ignorancia, conformismo y total desapego a los objetivos educativos del país. Dónde la evaluación de sus aptitudes como tutores de generaciones es vista como una afrenta mientras invocan su derecho a seguir siendo parásitos de nuestro sistema. Un caso similar al del SME, porque cuando por fin alguien decidió apagar el foco de una empresa ineficiente, corrupta e impenetrable; se le tacho (por mero sentimentalismo histórico mal entendido) como un villano. Ahora, aún en estado semi-simbiótico con grupos de poder, estos “trabajadores” (que se rehusaron a recibir su liquidación y se han rehusado aún a trabajar) demandan sus cómodas plazas de vuelta, cuando es claro que no se requieren más.

Y creo que ahí recae la mayor de las ironías y el mayor de los fracasos actuales del movimiento estudiantil. En pensar que se han emancipado de un mundo de manipulación cuando, en su educado ambiente, simplemente han sido presa de otro esquema de control igual de dañino. Ese diseñado específicamente para explotar su sed de cambio y su hambre de lucha. Un sesgo tan deshonesto como el de cualquier reportero de Televisa.

Sunday, August 5, 2012

De los sueños y otros peligros


Basta un sueño para entender la insignificancia del todo. Por eso me levanto desganado y desilusionado con la vida; pero a la vez con un poderoso impulso de expresar todas esas revelaciones bombardeadas por ese místico concepto del subconsciente. Nada es casualidad, más que el Universo mismo, por ello creo que vale la pena buscar ideas en los sueños. No significados, porque estos no existen ni siquiera en la realidad, de manera que buscar entre símbolos creados del mismo vacío de la existencia es querer perderse voluntariamente en falsedades.

Cuando se duerme a media tarde la mente responde de forma diferente. Entre los sonidos que el silencio contrasta se esconden señales y disparos que provocan sensaciones de verdadera iluminación. Un sentimiento verdadero incluso si sus revelaciones son falsas, ignoradas u olvidadas. Al levantarme de una noche de sueños es complicado el recordar los mensajes de mi mente. Batallo incluso con el sobrehumano reto de mantener los ojos abiertos, de forma que no acostumbro rescatar imágenes en forma de fragmentos escritos como muchos atrapa-sueños pretenden hacerlo.

Es, sin embargo, cuando el sueño es verdaderamente poderoso que las imágenes se proyectan en ese estado intermedio entre la conciencia diurna y el trance profundo. Es en ese momento dónde incluso la música suena diferente, como en cualquier estado alterado de realidad. Esa realidad sigue y seguirá siendo la misma, pero es muy diferente asomarse por una ventana, abrir una puerta o volar el techo entero para apreciar las montañas y el cielo limpio después de una lluvia torrencial. En ese estado de semi-pasividad fisiológica, el cerebro no da marcha atrás y comienza a mezclar una solución peligrosa de memorias, ilusiones y sueños. Entre espejismos y parches de vivencias verdaderas, nos mostramos a nosotros mismos tejidos abstractos de nuestra vida de la misma manera en que nuestros ojos tapizan un rango de visión con manchas de fracciones de segundo anteriores.

Cuando la actividad de soñar se produce por la tarde el resultado es un tanto más emocionante, pues al realizarse en intervalos más cortos la mente nunca termina de caer en el profundo abismo de la inconciencia total; de forma que es más sencillo mantenerse en ese mágico estado intermedio dónde la recepción de ilusiones de vuelve más propicia.

Así como escuchar una canción aparentemente dominada puede producir toda una nueva experiencia estética, en ese estado cualquier fotografía ignorada de nuestra realidad se carga con un contenido mucho más significativo, al menos en su percepción.

No tendría caso describirles mis sueños, pues si para mi representan únicamente una vivencia emocional profunda, el verterlos en papel, sacarlos de contexto y pretender que sean comprendidos es traicionar lo poco en lo que creo. Para tratar de expresar las poderosas revelaciones de un sueño a otros es necesario hacerlo desde la irracionalidad de la exageración. Implica necesariamente jugar al poeta. Las ambigüedades me parecen un mal necesario, pero no disfruto del todo el tergiversar imágenes para emular la efectividad expresiva de la música. 

Hablar de sueños implica necesariamente hablar de fragmentos, de aforismos de realidad. Pinturas, fotografías y espejismos. Hay veces que sueño gente que no conozco o gente que me he rehusado a conocer. Pocas veces sueño nombres verdaderos. Sueño alegorías casi literarias sobre sentimientos que me cuesta replicar. Imágenes cargadas de sentimientos con un poder estético que devastaría a cualquiera que se diera cuenta de su limitada capacidad para expresar la sensibilidad artística del lenguaje expresivo.

Son fragmentos nebulosos que mantienen cierto encanto en sus mismos trazos borrosos e inconsistentes. Es como una corriente turbulenta de verdadera humanidad, dónde nos separamos –literal y figurativamente- del existir para entrar a un cauce de conciencia colectiva, para compartir con el Universo el flujo siempre expansivo y entrópico que lo caracteriza. Imagino yo es una resaca cósmica de la creación del todo. Una creación que si la describimos objetivamente es la pura y sola fragmentación de todo lo que es. Lo que fue y será no existe en el eterno instante de la realidad ni el ilusorio flujo del tiempo. Ese es otro villano más que aqueja los sueños.

Pero es ahí, en la surreal experiencia del trance onírico que el tiempo muestra su verdadera falsedad. En segundos se pueden revivir vidas enteras. Con procesos recurrentes, los fragmentos de ese “yo” tan elusivo nos engañan al confundirnos con el evidente relativismo del flujo temporal mientras reta el objetivo concepto de todo el orden referenciado en intervalos.

Los sueños son peligrosos en el sentido mismo que el preguntarnos por ese “yo” es peligroso. Ese peligro sería en dado caso un burdo adjetivo para englobar las posibles consecuencias de derrumbar el costumbrista esquema moral que dictamina, sin sustento alguno, que el existir es relevante; y peor aún, ¡Qué solo el existir humano lo es! No sorprende que solo lo humano nos interese; pero es sano reflexionar que, cómo decía Cioran, “un pulgón consciente tendría que desafiar exactamente las mismas dificultades, el mismo género de insolubles que el hombre.”

La insignificancia del todo se presenta tanto en sueños como en la realidad fuera de estos; asumiendo con cierto grado de arrogancia que tenemos bases para distinguir entre ambos casos. Es en ese collage de memorias y espejismos que mediante la estética del sentir –que incluye la nostalgia, melancolía, ira y euforia- nos ubicamos momentáneamente en ese incómodo estado de auto-conciencia. Entonces, al ver la hermosura o el desalentador horror que nuestra mente incompleta puede generar es fácil el darse cuenta que todo lo concebible puede ser destruido o construido por un sueño. Lo aterrador del caso es que esa generación de revelaciones es, en todo caso, un proceso que de nosotros únicamente requiere el existir.

Pero eso no debe desanimarnos en lo absoluto. La total insignificancia de la vida no es un pecado que deba ser perdonado o redimido en algún complejo proceso de absolución cósmica. Esa irrelevancia inherente al existir se nos muestra como parte del camino –un tanto abstracto- de la significación colectiva del todo. Los sueños son una actividad de interacción universal, en la definición más extensa del término. Pues  a pesar de que nos muestra la fragilidad de nuestra conciencia y la posible ilusión del libre albedrío, también nos revela que el todo también coincide en nosotros, y que dentro de ese Universo lleno de espacios vacío, la totalidad –referida como perfección- aún existe, aunque solo veamos las tenues hilachas de esos lazos en la inconciencia total.