Monday, December 10, 2012

Ventanas rotas


"Escribir no es mostrarse, sino ocultarse y mutar" – Antonio Ortuño

¿Por qué es tan similar mi sentimiento al de aquel otro que vivió en otro tiempo, en otro país, en otro idioma, rodeado de otras almas?

Somos ecos de una eternidad que no nos pertenece. Somos sollozos de un Universo que se experimenta así mismo a través de nosotros, seres incompletos.

Más y más pruebas de que somos una colectividad perdida en el infinito. Nos separa el tiempo y nos fragmenta la irrealidad.

Antes temía que me descubrieran otros. Me aterraba la vulnerabilidad. Era como si quisiese compartir mi indiferencia, fomentar la apatía del todo. Tiempo después me di cuenta que mi miedo era encontrarme en otros. En la ironía de la joven estupidez, estaba aterrado de confirmar la revelación que hoy le da sentido a mi perspectiva del funcionar humano: somos espejos, somos colectividad desquebrajada en el abismo del todo y la nada. Uno solo, pero jamás uno mismo.

Ahora prefiero guiar las apariencias y jugar con los prejuicios que harán y hacen de mí. Aprovechar la enferma necesidad de clasificación que tiene la gente y utilizarlos para conocerme. He desarrollado una empatía poderosa y egoísta. Una dualidad que ha vaciado, gracias a “Dios”, de significado al todo. Ahora soy la más dulce de las contradicciones, esa que se llena de júbilo ante el despojo del todo y esa misma que en sus nimiedades produce la única verdadera angustia; esa que está en el núcleo de la inexistente naturaleza humana; la desesperación de la libertad incompleta, compartida e involuntaria del existir sin más.

Nunca me había encontrado tan cerca del abismo y tan cómodo en lo que otros consideran como oscuridad. Juego, de forma prudente, con inicios de un hedonismo inocente, pronunciación de un nihilismo manifiesto y justificado en su misma negación. Soy obra, reflector y reflejo. Soy apariencia de vacío. Soy estética de nuestros tiempos, mensajero de promesas de libertad, luchador inerte de causas perdidas. Realista y escriba del alma. Soy los colores de la música y las ráfagas del más seco de los vientos. Soy la sana arrogancia del sensible. Soy el respeto perdido y la brutal timidez. Soy la Luna, alta, sola y hundida en formal demencia. Soy el que maldice al sol y engaña a las nubes. El que hace amistad hipócrita con la lluvia y solo come para sobrevivir. Soy los dos que las estrellas dictaminan, el que camina hacia atrás mientras ignora los espejos. Soy lo que se lee; pero no lo que mira. Soy la torre y la balanza olvidada, soy la claridad de las letras y la opacidad de las imágenes. Soy lo que soy en otros, soy lo que los otros son en mí. Soy las palabras perdidas y el miedo, aún presente, de que no se comprenda mi juego de realidad. Soy todo en lo que no creo.

Monday, December 3, 2012

Hablando con la Nada


Es divertido empezar a escribir sin tener necesidad de hacerlo. El conversar con una hoja en blanco es una experiencia de esas que reconstruyen el alma. Cuando se vierten palabras sin ninguna finalidad más que el expresar líneas de eterna irrelevancia es posible sentir una libertad que ni siquiera la conversación interna con el “yo” puede emular.

El sacar las palabras de un “adentro” imaginario es como expulsar una carga, aunque los párrafos que se redacten no pretendan decir algo. Inclusive si estas palabras carecieran de sentido, cada que completo una oración es como si todo mi ser diera un respiro.

Con los años he aprendido a compartir esa nada que tanto disfruto. Esa nada que permea todo lo que existe y que se confunde con sentido. Es una nada que se exime de toda responsabilidad; que no expresa significado alguno y que ha renunciado; desde su creación, a justificar su honrosa y sutil existencia.

Es difícil hablar de ella en público ya que algunos temen enfrentarla. Las conversaciones que socavaban la ilusión de una vida “feliz” son mejor dejarlas para las horas de penumbra. Es ahí, cuando la oscuridad de afuera se confunde con la interior, que se abre un canal al corazón del Universo.

Dicen (“digo”) que el mundo pertenece a los sensibles. Que el sentir es existir, que el existir es contemplar, que el contemplar es plantear aforismos en un sueño. Como toda fuerza destructiva,  la creatividad se ejercita de las formas más extrañas y en los momentos más inoportunos. Las barreras que crea no dejan de ser humo y espejos. Restos de intención, notas en papel arrugado.

El riesgo es perderse en laberintos del lenguaje, el querer saciar el impulso de una risa maliciosa con imágenes vacías. Caer en la trampa del poeta, en los engañosos ritmos del pintor en éxtasis, del melancólico encolerizado. Hasta para escribir hay que mantener la calma. La tranquilidad también tiene sus ritmos y en su azul oscuro, pinta la noche de verde.

Por ello me agrada el color morado, que en su arrogancia se sabe dual. Alegre y depresivo; pero no bipolar; siempre es dos y uno al mismo tiempo. Uno solo, pero no uno mismo. Alegoría del Universo.

Es difícil no reír cuando la vida en su irónica faceta inerte te presenta ensayos de expresión con la desgarradora sutileza del viento seco de invierno. Un cigarro innecesario, un té de manzanilla que se ha dejado enfriar, un luz anaranjada en la pista de baile, una libreta que se llena un domingo por la tarde, una ventana que da hacia la mirada de una desconocida. Lo sublime brota cada instante de lo mundano. La nada, más seguido de lo que uno podría pensar, se convierte en el todo.

¿Y si dejara de hablar de todo esto? Me divierte escribir preguntas. Es emocionante porque nunca sé las respuestas. Las preguntas realmente bellas siempre vienen acompañadas de otras aún más hermosas. Es adictivo, podría pasar la noche entera escribiendo preguntas sin ningún ánimo de responderlas.

¿Qué es realmente lo que quiero escribir? ¿Quién lo leerá? ¿Quién quiero que lo lea? ¿Deseo que alguien lo haga? ¿Por qué prefiero que me lea un desconocido? ¿Acaso todos ellos son desconocidos? ¿Por qué ella lo era y ya no le es? ¿Por qué ella ya no lo era, y ahora lo es? ¿Por qué todo es más claro de noche? ¿Quién es la noche? ¿A quién le pertenece? ¿Acaso la luna realmente esta loca? Las letras falsas no tienen sabor.

Por eso me cansé de escribir cuentos.



Monday, November 26, 2012

Hipsteria


Es importante el delimitar los bordes de la angustia. No se puede disfrutar de un sentimiento tan abstracto y tan profundo sin darle el cuidado y atención que requiere. Al final, como el resto del sentir humano, la angustia se confunde y se mezcla con otras ilusiones de la mente, haciendo complicada su vivencia.

Extraño es, por ejemplo, cuando la euforia de un momento mancha la transparente tela de la desesperación. Esa angustia pasiva permanece durmiente mientras se nos olvida que estamos en esta vida para existir; entonces se confunde la mente y el corazón; se produce un momento de estética inigualable pero difícil de contemplar. Fugaz como cualquier instante, saca de posición nuestra alma y la realización que produce se esfuma como una chispa sin combustible para estallar.

Esos momentos valen la pena por si solos; pero lo que se les gana en sentimiento sublime es poco comparado con lo mucho que vacían el ser. Es por eso que es peligroso no conocer los límites de nuestra propia angustia; pues entonces vamos por ahí descuidados goteando desesperanza e ilusiones de amor.

Estar vacío es la burla ideal del Universo ante nuestra pretensión de relevancia. Esa ironía se presenta de forma natural en nuestra generación, dónde la estética se ha drenado de todo fondo y la negación del todo se ha convertido en el contenido más sustancial; partiendo y terminando en un profundo abismo. Ese hueco es estéticamente superfluo y en su superficialidad se pretende así mismo como arte. Son las imágenes la nueva droga. Imágenes que se perpetuán así mismas en movimiento y dinamismos cuasi-musicales. Se alimentan de restos de otras artes, de aforismos de individualidad masificada y de falsas promesas de particularidad.

Es doloroso que la música se le haya hecho cómplice de este juego, que el espíritu de nuestros tiempos la haya enfermado también. Es un pecado condenar a cualquier conjunto de notas musicales, pues hacerlo es maldecir al Universo en su infinito orden disfrazado de caos. Criticar la vacuidad de una pieza musical es como reclamar un cierto patrón en las llamas de una fogata. Sin embargo, a pesar de esa inocencia inherente, la música también se le puede vaciar de trascendencia al utilizarla para guiar ese mismo vórtice de la “nada” estética.

La música que identifica este abismo no se le escucha por lo que es, sino por lo que pretende representar. Se compone, sí, pero primeramente en imágenes, fotografía e ilusiones de relevancia. Se le reduce a ser aparador de pretensión de existencia. Ritmos, letras y colores cuyo orden es tal que permiten seguir perforando las mismas goteras existenciales que pretenden subsanar con sus momentos de joie de vivre trastornados.

Entonces, cuando este “arte” ligero e insustancial se vuelve vida y sus instantes se vuelven eternos; es imposible no transformarse en un ente hueco, perdido y profundamente angustiado. Lamentablemente esa angustia es superficial también, de manera que ya no hay forma de redimirse. No existe ya una salida para volver a recordarnos el fenómeno tan delicioso que es existir en un mundo de irrelevancias.

Los tratados sociológicos no hablaran de esto. No al menos como lo harían las artes y las “ciencias” del espíritu. Ellos hablaran de “cultura” y mediante “métodos científicos” dibujaran tenues correlaciones de comportamientos y un entorno atrapado en la burbuja de un “observador”. Sus conclusiones serán válidas e inciertas; tal y como el juego de las ciencias sociales dictamina que deben ser. Sin embargo, a pesar de la formalidad de sus enfoques, sus investigaciones no dirán nada. Nada humano al menos.

Para cuando la antropología entienda la crisis del existir, la crisis de una posmodernidad saturada; será ya demasiado tarde para las generaciones de una sociedad que se empeña en auto-destruirse de las maneras más aburridas de todos los tiempos. Aún hoy en día es difícil imaginar que no será el calentamiento global o alguna catástrofe hollywoodense la que nos orillará a la destrucción. Pocos son los que han observado (desde décadas atrás) que es nuestra misma racionalidad cruda es la que se esta encargando de contradecir todo lo que nos ha dicho el Universo. Es nuestra voluntad soberbia de conocimiento certero la que nos esta llevando por un proceso en el cual día con día negamos categóricamente nuestra conciencia. Nos rehúsanos a existir.

En otras circunstancias sería posible el comprender este escabroso devenir desde una perspectiva histórica; pero nuestra visión se encuentra tan distorsionada que no hemos podido ni siquiera comprender la inevitabilidad de un pasado que se siente casi inmediato. Un pasado que se veía como adviento evidente del estado actual de la humanidad. Se podrá decir que el caos de las guerras nubló nuestro juicio, que fue ahí dónde perdimos control de nuestra modernidad; sin embargo fue cuando retomamos la calma que comenzamos a socavar nuestra conciencia. Nos acostumbramos a la eficiencia que demandaba el conflicto, a la premura que reclama la inestabilidad, a las decisiones masificadas de un nuevo mundo que no podíamos ni sabíamos como delimitar.

Sometimos a la naturaleza sometiéndonos a nuestro mismo aparato tecnológico. Ese mismo que hoy modela nuestros mapas mentales acorde a discursos morales embebidos, involuntarios e invisibles. No nos queda más que la gestión del mismo monstruo que hemos creado. Una esclavitud aún más espantosa por abstracta y voluntaria. ¿Qué sería de los hombres si conocieran los límites de su angustia? ¿Sería esa leve reflexión suficiente para desquebrajar los espejos de este valle de ilusiones? Probablemente no.

Sigue habiendo un factor fruto de esa misma carencia de perspectiva. Hoy, más que en ningún otro momento, abunda un temor profundo a la libertad. La verdadera emancipación del hombre radica en el conocimiento; pero no en ese que intenta explicar y racionalizar el mundo en la visión de las ciencias naturales y el positivismo lógico; sino en el conocimiento interno de nuestros fantasmas, sombras y ángeles.

Ese temor latente, ese miedo paralizante a ser verdaderamente diferente; a romper con una vida genérica dictaminada por el inefable destino que escribe una sociedad enferma;  a emprender una búsqueda verdadera de la felicidad que no se auto-define en idealizaciones huecas; a ser verdaderamente humano y buscar la compañía de almas humanas; ese miedo esta permeado en lo más profundo de nuestro ser.

También soy culpable de permitir que ese temor frene la verdadera estética de la vida. El hedonismo manifiesto que no alimenta vacíos sino que reconstruye el alma. La sensibilidad al existir que crea y expresa el verdadero arte y no las cortinas de espejo y humo que en su soberbia se plantean como evolución de una mundana interpretación del mundo. Me excuso atendiendo a la misma complejidad que intento destruir. El mismo vacío que me ata me engaña y me hace pensar que confort y tranquilidad son sinónimos de repetición y monotonía.

¿Qué hay que hacer entonces para liberarnos de ese estupefaciente terror? Precisamente el reconocimiento de las fronteras de nuestra angustia es y deber ser el móvil para desmitificar ese miedo. La angustia y la desesperación razonada son el motor principal de las verdaderas manifestaciones de genio que  la humanidad puede ofrecer. El descifrar los motores de nuestra desesperación nos permite reconocer que el verdadero temor no es el dejar la inercia de una existencia sin sentido; sino por el contrario, el continuar alimentándonos de un recipiente vacío. Este es un procedimiento que puede tomar años o tan solo un instante de profunda auto-realización. Es también un sendero peligroso y arriesgado, especialmente para el débil de espíritu.

Acercarse al núcleo de la infelicidad es aceptar fracasos, limitantes, oportunidades perdidas y arrepentimientos profundos. Es también una oportunidad de entender nuestros vacíos y movilizar los acontecimientos que nos lleven a subsidiar su presencia. Cuando se le observa a la angustia desde adentro y se le comprende, entonces esta se vuelve como una bomba de inquietud. Un catalizador que servirá para hacer estallar una llamarada de cambio o un torbellino de destrucción. Es con ese mismo momentum que podemos arriesgarlo todo por una oportunidad perdida hacia la verdadera realización estética de la vida o precipitarnos como una roca en llamas al vacío de un nihilismo auto-destructivo.

Aun así, más le valdría al loco destruirse así mismo antes de que alguien más lo haga; pues la traición del tiempo es inevitable y la única certidumbre no deja de ser la muerte, en la naturaleza que sea que se presente.

Sunday, November 25, 2012

Las rocas no están del todo ocupadas


No es que los sueños estén en tu contra. Son advertencias, tal vez, de esas partes de nuestra mente que son más inteligentes que nosotros. Aquellas que en su distanciamiento de nuestra realidad permanecen dolorosamente racionales antes el caos emocional de la profunda insignificancia de la vida. Ahí dónde se encuentran la luz no alcanza a llegar, las señales que analizan son simplemente collages de imágenes despojadas de toda subjetividad. Conciencia fría y pesada como un bloque gigante color esmeralda. Espejo de la obra maestra de auto-engaño que llamamos memoria.

No debe entonces parecer sorpresivo cuando todo el reino onírico propio se vuelca a fomentar la más desesperante de las angustias: la de lo estático. ¡Ah la inercia! Hay pocas cosas más detestables. Es devastadora la destrucción que puede causar aquello que se queda quieto… o incluso peor, aquello que se mueve por causa de una fuerza que ignora o ha olvidado ya.

La pesadez es contradictoria desde el concepto. La pesadez existencial al menos. No puede existir peso en lo que no significa nada, en lo que no importa nada. ¿Por qué nos oprime entonces el yugo de lo invisible, de lo inexistente, de lo etéreo? ¿A caso la mente también puede crear sentido de la nada, del vacío? Más le valiera al viento guardarse sus juegos, esos juegos que hacen a las nubes llorar.

Sentir que un sueño te traiciona es doloroso. Es señal inequívoca de una traición propia, profunda y personal. Los sueños los creamos sin saber, los alimentamos de lo mismo que nos vacía y los mezclamos con ilusiones, espejismos y tontas idealizaciones. Cada que cerramos los ojos se activa una peligrosa batidora que amalgama esperanzas, memorias, engaños y un poco… un poquito de realidad.

Hay ocasiones que sueño con sus nombres verdaderos. Otras, solo con sus rostros. Todos ellos soy yo. Todo ello soy yo. ¿Por qué, entonces, me es tan difícil entenderlos? Entre más cercano es el sueño a la realidad, más profunda es la desesperación que produce.

Pero a los sueños no se les comprende ni se les cuestiona. Se les contempla, como al resto de la vida. Se les observa y, sobre todo, se les siente. Se toman como un vaso de arena o fuego, como una cucharada de viento o rocas. Se guardan en el mismo cajón de dónde salieron, para usarlos después. A los sueños se les entiende como se le entiende a los planetas y a las estrellas: en una estética mística, pero real.

¿A caso los planetas no sueñan también? Su conciencia es infinita, pero no totalizadora. Cada roca es una fracción de universo, una potencialidad inagotable, una página más del eterno retorno. Es entonces obvio que el navegar los ríos del subconsciente en barcos de humo es transitar por los flujos mentales de lo único divino que existe en el Universo: el todo.

Sunday, November 18, 2012

De viajes, estrellas y almas perdidas


Es una mentira el decir que no hay sobre lo cual escribir. Una mentira absurda y casi patética. Basta tan solo el más fugaz de los recuerdos para redactar cientos de páginas de ambiguas y feroces metáforas. Falta tan solo la opacidad del dejo de humanidad cotidiana para construir laberintos de imágenes e historias. Pero el que se pueda sublimar el instante mundano no significa que este sea trascendental ni que el tiempo le de pauta. 

La exageración es inherente dentro del violento presente, dentro del todo “aquí”, del todo “ahora”. El exceso es la plenitud del momento. Por azares de la construcción histórica actual, es solo mediante la saturación que nos permitimos recordar el existir. La experiencia estética se ha vuelto peligrosamente similar al hedonismo irresponsable y cuando no se le toma con el debido cuidado el riesgo de caer en un vórtice nihilista está siempre presente.

La insignificancia del todo y la cruda e iluminante experiencia de la autoconciencia parecen estar en conflicto conceptual y práctico. La reconciliación de nuestro existencialismo mal enfocado con la infinidad cruel, violenta, explosiva y caótica del Universo pareciera imposible. Pero a pesar de ello, la angustia, ese bello sentimiento, parece más sensato que cualquier oscura y superficial definición de felicidad o amor.

De igual manera la libertad se nos presenta como un espejismo de antítesis y contradicciones. Ser libre y sentirse libre se equiparan en la más detestable de las falacias mientras que la no-existencia ni siquiera figura dentro de los diálogos sobre nuestra realidad. Se habla sobre la muerte con miedo y sobre nacer con alegría, en uno de los ejemplos de “blanco y negro” más detestables de la historia humana.

Y a pesar de ello, a pesar del horror de la saturación sensorial y la vacuidad de un alma sin definición, naturaleza o explicación; a pesar de todo, de vez en cuando me invade un engañoso sentimiento de plenitud. Una inexplicable dosis de euforia leve ante la abrumadora simpleza del todo y su compleja potencialidad. El ser, en toda su expresión, se confunde entonces en una pequeña y etérea burbuja de confort existencial. Sin explicación, sentido, ni temporalidad. Fragmentada del tiempo mismo, ajena a la realidad e impenetrable por el rigor de una lógica construida en un intento fallido por emular la pureza de los números.

Así es la alegría de un instante. El júbilo de esos minutos que nadie recordará jamás. Momentos de los que nadie escribirá, historias que nadie leerá, diálogos internos que nadie jamás compartirá. Palabras que son demasiado frágiles e inexpresables para escribirlas en un libro. Segundos tan cortos… que ni siquiera la hipocresía de un poema puede capturar. Un parpadeo de eternidad.

¿De qué sirve entonces escribir? ¿Es acaso tan solo un banal registro de mi contemplación? Jamás nos entenderemos, ni tu, ni yo, ni el Universo.

Tuesday, October 30, 2012

15


No debería ser tan difícil escribir. Mucho menos cuando realmente se quiere hacerlo. Pero este maldito dolor de cabeza perfora todas mis palabras, todas mis memorias. ¿Será acaso un reflejo de la pesadumbre de mi alma? Cada momento, cada instante que pasa me siento más inmerso en un existir del cual no solo carezco de control; sino que también detesto. 

Odio al tiempo, lo aborrezco. Nos fragmenta, nos separa, nos angustia de la forma más estúpida y mientras se burla de la desgracia de la vida, nos consume. Su soberbia no conoce rival; pues al ser la referencia absoluta del infinito cree también ser autoridad, ley y métrico. Se nos juzga por su cuenta, asociándonos con falsas ideas de madurez, progreso y avance en un juego absurdo de caminos trazados y ríos secos. 

Siempre esta presente, con la ironía terrible de que el eterno instante del todo es la verdad que se oculta en el espejismo del operar de los relojes. Como ese místico demonio que nos persigue cuando apagamos la luz del pasillo, así, esa presencia maligna se apodera de nuestras mentes en un mundo dónde ese eterno hoy es un hervidero de esperanzas vacías prefabricadas en nuestros mismos medios de producción.

Hemos olvidado cómo existir pues la existencia misma nos ha cerrado sus puertas. Acabamos con dioses de antaño, con misticismos y supersticiones para volvernos esclavos de nuestra propia idealización. Pensábamos que recorríamos un camino de liberación, de emancipación total de la violenta e irracional naturaleza; pero en nuestra misma fe ciega en la modernidad nos volvimos fanáticos de religiones aún más peligrosas que aquellas que profesan de una vida más allá de la muerte.

Las ciencias naturales consumieron las ciencias del espíritu y nuestra enajenación de la supuesta “razón” de las cosas nos transformó en cómplices de una falsa racionalidad. Cambiamos la estética por anestesia y jugamos a ser tan espontáneos y utilitarios como el Universo.  Pero el diseño agota y el someter reclama también que encadenemos parte de nosotros. La gestión del grandioso esquema se convirtió en el abrumador espíritu de nuestros tiempos.

La logística de la vida es todo lo queda, la inconsciente mecanización de todo atiende a lo mucho que nos hemos separado del mundo natural. Las cosas cumplen ahora siempre y sin excepción un ¿por qué?, cuando el volver al ¿qué? casi ontológico es ahora un pecado de pretensión. Nos topamos con el problema de nuestra misma conciencia y al no poder resolverla en siglos de pensamiento y abstracciones decidimos renunciar a ella; decidimos reclamar la libertad de la ignorancia eterna; del sentir de roca; del vacío perpetuo.

Seguimos precisamente el camino contrario a la inmersión total de aquel malentendido nirvana budista. El sentir la totalidad del divino universo mediante la renuncia, momentánea, a la individualidad del alma es tabú por incomprensible; sin embargo, el ahogarnos en el mar del “yo” mediante la negación de la colectividad del todo es lo que ahora se simboliza como libertad. Ambas esbozan su fuerza en el no-existir. La primera en esa esperanza de arañar el cielo aquel que antecedía al todo; en sentir fugazmente el equilibrio de la nada en un absoluto. La segunda, en dejar de existir mediante la negación de la existencia misma; en el volvernos objetos inertes de un cosmos que renunciamos a controlar, explicar y sentir.

Cada mañana me estremezco al ver la hermosura de las montañas y saber que no puedo (o quiero) disfrutar de ellas. Tal vez por esa razón me he enamorado de la Luna, pues es solo cuando su rostro se asoma es que me encuentro en esa banal y temporal libertad de decidir mis acciones. Tal vez por ello la noche alberga tantos ángeles y demonios; pues es solo bajo su manto que recordamos nuestra humanidad… al menos aquella que solo nos atrevemos a expresar en la oscuridad o en los libros.

No me queda duda que la angustia de nuestro fracaso moderno se siente a través de una o dos generaciones enteras, pues aunque lo expresen diferente se lee y respira en todo el vivir actual. Me preocupa; sin embargo, que no se hable de ello, que cuando se toca el tema se hace de la misma forma auto-referente a todo el cancerígeno crecimiento de una teoría anacrónica y brutalmente elemental.

Me pesa recalcar lo que a mi parecer es obvio; sin embargo los pocos que aún conservan un poco de cordura van por ahí alucinando auto-descubrimientos elementales a personajes de siglos atrás. ¿Por qué era tan claro entonces? ¿Por qué lo hacemos ver tan complicado ahora? Es simple y llanamente el crecimiento exponencial de una potencialidad perdida. Perdida en la historia de nuestros supuestos progresos. Hemos manchado la única naturaleza del hombre; la de la temporalidad razonada.

Odio aceptar que los poetas muchas veces tienen razón. Solía detestar sus pretensiones de ritmo y la ambigüedad absurda de sus imágenes; pero me he dado cuenta que lo que me molestaba era más bien la exageración falsa de aquellos que no merecen ostentar el bohemio título de tal oficio. Lo humano de un momento se lee en la sinceridad de una descripción, por más mundana que esta sea. Lo poético es lo real y cuando lo real es perceptible más allá de esos barcos de humo metafóricos, entonces su labor es loable. 

Me da risa mi propio descaro. El juzgar a los que abusan de un recurso que frecuentemente utilizo ya. Mi respeto hacia la música me prohíbe el intentar siquiera coordinar un tempo que transforme estos pesimistas textos en verso. Creo aún que lo más cercano a la comprensión del Universo viene de la infinidad del espectro musical; de ese torrente fantasmagórico inmanente al todo, descubierto (jamás creado) por los músicos.

De lo que hablo es de la estética de lo perdido. La reflexión crítica podrá ser una incómoda tarea; pero cuando das cuenta que ni siquiera las imágenes representan ya nada; entonces la tristeza se convierte en esa decepción ante el fracaso cultura de toda una generación. El vacío es tan profundo que no me queda más que buscar la reivindicación de los poetas. Tal vez sea ya demasiado tarde… tal vez ya no nos quede nada más que las letras que jamás se leerán.

Sunday, October 21, 2012

Una imagen de “paz”


Cuando escribo no lo hago para nadie más que para mí. Es el refugio más cómodo de todas mis preocupaciones. Es un compromiso egoísta y emancipador, un ejercicio potencializado por la angustia, la inconformidad, los espejismos y la esperanza de reflexiones perdidas.

Todos los días cierro los ojos. Algunas veces por la sola mecánica de dormir, otras por la añoranza de un sueño. Hay día enteros que parpadeo sin pensar y habrá otros en los que conscientemente decida abstraerme de todo lo que me rodea para emprender un viaje interno a través de paisajes musicales y luminosidades teóricas.

El día de hoy alguien me pidió que lo hiciera para imaginar y visualizar mi definición de paz. Cuando cierro los ojos no me gusta pensar en conceptos, ni en relaciones… mucho menos en realidades. Me gusta suspenderme en el vacío estético del todo. Encontrarme con el sentir absoluto del Universo y su misterioso funcionamiento caótico y desordenado. Cuando cierro los ojos pierdo el control; y lo hago de forma voluntaria.

Así, el espejo de mi mente toma fragmentos, creando un hermoso y confuso conglomerado de sueños, visiones, espejismos, memorias, emociones y añoranzas. Tomando todo lo que afuera existe, dentro se moldean visiones de sinceridad abrumadora.

Paz… no me gusta ese concepto. No creo en el. No por lo que representa, sino por todo lo que pretende representar. Es confuso, es ambiguo, es general y pretende una universalidad soberbia y casi prepotente. Pero a pesar de ello salí a su encuentro en ese corto y etéreo viaje.

Esto fue lo que encontré:

Un vasto y enorme desierto púrpura. Cubierto de tierra estéril y opaca, con un viento cortante pero liberador. El horizonte, con tonos morados, era una alegoría al infinito. Un cielo limpio, claro y melancólico. Hacia un lado, un mar de tierra sin fin; hacia el otro, un cráter verde, frondoso y vibrante. En el centro, un par de torres demacradas, infestadas por el viento desolador. Colores vivos, claros y desgastados. Ruinas en todo el sentido; pero con un aura cálida; como un refugio ante el desolador infinito. Ese aislamiento total, ese refrescante vacío… eso era la paz. Como aquella libertad absoluta del no-existir; así la pérdida de toda referencia significaba la tranquilidad final. Las torres; sin embargo, daban un alivio. Un puente, un escondite, una construcción, un templo contra la infinidad; contra la abrumadora abundancia de la nada. Un ancla con nuestra realidad, esa que siente su fragmentación; pero no la entiende. Así sentí yo la “paz”…

Wednesday, October 3, 2012

Sobre la muerte de desconocidos


La muerte es natural. Que alguien muera antes de tiempo es un más de las irrelevantes contrariedades de la vida. No me pone triste la muerte, mucho menos la de un desconocido. 

Soy sincero ante la indiferencia que me produce la muerte de alguien lejano a mi realidad. Más aún cuando yo sería indiferente ante mi propio fin. Sería hipócrita decir que el deceso de algún personaje con quién jamás he convivido me produce algún sentimiento. La empatía no fluye en una sola dirección.

Las situaciones que causan la muerte son tema a parte. Ahí podemos hablar de cosas que, con mucho mayor justificante, producen algún sentir específico. Se puede hablar de injusticias, de mala suerte, de tragedia e incluso de comedia. Pero ahí no quiero entrar.

Lo verdaderamente ridículo es que estos hechos produzcan placer en alguien. No lo comprendo. Tal vez sea que la gente solo simula ese supuesto gusto por la muerte de algún “enemigo” desconocido. Lo cuál es más patético aún.

Es triste que ya no sepamos reconocer nuestros propios sentimientos. Ni si quiera los más simples.