Sunday, June 26, 2011

Sobre la “traición” de Sicilia a la “izquierda” mexicana

"Ser de izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas en efecto, son formas de la hemiplejía moral"
José Ortega y Gasset


Los ojos del país se centraron el jueves pasado en el icónico encuentro entre Javier Sicilia y nuestro presidente Felipe Calderón. Durante los últimos meses el poeta ha sido identificado como líder de un movimiento ciudadano como el que no se había visto en mucho tiempo ya. Sin embargo, la misma naturaleza de éste y la creciente atención que ha acaparado por parte de los medios y diversas organizaciones civiles han contribuido ha generar un ambiente de polémica y controversia en torno a la movilización y la misma figura de Sicilia.

La primera iteración del movimiento concluyó en el Zócalo dónde se expusieron seis demandas coherentes, legitimas y, en mi opinión, necesarias. Posteriormente se llevó acabo la marcha del consuelo hacia ciudad Juaréz dónde se dio a conocer un acuerdo con exigencias más “radicales” como la retirada total del ejército de las calles y el juicio político a Calderón y otros funcionarios.

Inmediatamente después, Sicilia, junto con otros líderes de la marcha, se deslindaron públicamente de esta resolución para el descontento de muchos grupos que habían encontrado en el movimiento un vehículo perfecto darle un toque de legitimidad a sus agendas.

Fue entonces cuando Sicilia aceptó reunirse con el representante del ejecutivo para entablar un diálogo público y de frente en relación a toda esta problemática. Como es de esperarse en una mesa donde la idea es llegar a acuerdos y empatizar puntos de vista, tanto Sicilia como Calderón se vieron en la necesidad de encontrar puntos medios y bases comunes para dialogar.

Era de esperarse que Calderón, con su experiencia política y asesoramiento, saliera mejor parado que el poeta; quién si bien es un articulado y lúcido ciudadano; no tiene la técnica requerida para este tipo de encuentros. Aún así, creo que el evento fue bastante benéfico tanto para el Estado como para la ciudadanía.

En el peor de los casos pudimos ver una incidencia directa de las demandas civiles en la agenda del gobierno federal, así como una humanización de dos causas que parecieran (o que así se nos ha querido vender la idea) diametralmente opuestas. Aún así, algunos de los viciados grupos de la “izquierda” mexicana se han visto en la penosa necesidad de recriminar a Sicilia su “traición” al movimiento.

No deja de sorprenderme lo cerrado que es la visión de todos esos grupos “revolucionarios” en torno a cualquier opinión que no sea esencialmente la misma que ellos exponen. El desacreditar un ejercicio cívico como el que presenciamos el pasado jueves para seguir exigiendo demandas irresponsables, incongruentes o, en el mejor de los casos, irrelevantes; me parece detestable.

Por primera vez en mucho tiempo vemos a un grupo de personas con demandas válidas, propuestas centradas y un verdadero ánimo de sacar al país adelante cuando este tipo de grupos cancerígenos para el progreso nacional tratan de desmantelar eso que ellos nunca ayudaron a construir.

Javier Sicilia puede que no sea la idealización perfecta de ese líder que llevará a México a su gran época dorada; pero es, para variar, una persona moderadamente coherente y con ganas de hacer las cosas en el marco de legalidad y diálogo que se exige de nuestros gobernantes e instituciones.

Pero no, para estos grupos esto no es suficiente. Para ellos, que ni siquiera pueden presumir de haber leído los escritos más básicos de Marx, Engels, Lenin o Trostky, la izquierda es un simple estandarte por el cuál apelan a la parte más marginada de la sociedad civil mexicana.

Con nada más que el exhausto y vacío simbolismo de figuras como el martillo, la hoz o el rostro del Che Guevara tratan de capitalizar la desesperación del pueblo mexicano para colocarse ellos mismo en los puestos de poder que tanto se jactan de atacar.

Sin embargo detrás del rojo y amarillo no hay nada más que un abismo terrible de ideas, propuestas o justificación que les de una pizca de legitimidad. Para ellos es lo mismo decir que hacer; de forma que gritar en pro de la retirada del ejército es ser un luchador de paz; pero tratar de encontrar esa misma pacificación mediante el diálogo y el trabajo conjunto con nuestras autoridades es un signo de mezquindad, debilidad y rendición ante el “enemigo”.

Así, les es más fácil gritar consignas que han repetido suficientes veces para dejar de cuestionarlas y prefieren atacar todo lo ajeno antes de plantear argumentos propios. Al fin que nadie se dará cuenta de su vacuidad conceptual mientras sigan gritando fuerte palabras como “espurio”, “justicia social” y “juicio político”.

Reconocer que la responsabilidad de esos 40,000 muertos corresponde no solo a una sola persona sino a todo el mecanismo del Estado (en todos sus niveles), la ciudadanía y, por supuesto, a los criminales que han cometido una gran mayoría de los agravios, no es suficiente. Para ellos hay un solo culpable y debe ser castigado. ¿Con qué propósito o bajo que premisa? Eso no queda muy claro.

La “radicalidad” de estos ejes políticos se ha reflejado más en su fundamentalismo que en lo progresivo que podrían ser sus ideas. Los temas tan necesarios de justicia social, reforma del sistema de impartición de justicia, participación ciudadana, educación, derechos humanos, libertad y democracia; son tomados de la manera más superficial posible con consignas que llevan décadas sin saberse o quererse articular.

La objetividad, neutralidad, apertura al diálogo, actualización conceptual e ideológica, contextualización política, entre otros muchos conceptos; no son más que vagas ilusiones o, incluso, signos de debilidad en el ambiente ortodoxo de la izquierda nacional.

Y así, durante años, se nos ha tratado de vender la idea de que ninguna de sus vagas demandas ha sido atendida porque el Estado se rehúsa a escucharlas. De que ellos han hecho todo lo que se encuentra a su alcance para cambiar el país, pero la opresión de un gobierno represor a frenado todos sus esfuerzos. Puede que tengan razón; sin embargo cuando se da una oportunidad de dialogar y en vez de ello se prefiere seguir enemistando frentes; es difícil creerles.

Es obvio que el diálogo entre Sicilia y Calderón no resolverá la injusticia hacia las víctimas de este clima de violencia. Es incluso probable que el seguimiento que se le dará a las demandas se vaya desvaneciendo poco a poco en nuestro viciado sistema político. Pero es triste que muchos prefieran seguir atacando desde sus trincheras antes de dar un poco de sí para tratar de reconstruir la estrategia del país bajo los medios legalmente aceptados.

Esto es algo que es increíblemente complicado si consideramos que ese mismo fundamentalismo es más de naturaleza partidista que ideológica; de forma que se encuentra permeado en todos los niveles y orientaciones del espectro político mexicano. Más eso no significa que las únicas dos opciones sean la completa rendición ante la aparente inevitabilidad de nuestro destino o la destrucción de nuestro marco institucional mediante algún tipo de emblemática “revolución”.

Para muchas de estas organizaciones de izquierda el diálogo no es más que un inútil acto mediático. Con lo anterior es difícil ignorar la gran ironía en la que caen cuando ellos se defendían de esas mismas acusaciones por grupos de “derecha” en relación a las marchas. Las similitudes son espeluznantes ya que al final, tanto nuestra derecha como nuestra izquierda no son más que frutos diferentes del mismo árbol, el cuál tiene una raíz profunda y aferrada a un suelo lleno de falacias, vicios, delirios de poder y muy carente de ideas.

Al final, mi problema no es con la supuesta radicalidad; sino con el fundamentalismo y cerrazón que pretende darle fuerza.

Tuesday, May 24, 2011

Recordando (si hubiera muerto)

Es extraño y tal vez inútil el ponerse a pensar en eventos que nunca sucedieron. El recrear memorias y alterarlas con toques de ilusión o, incluso, cubrirlas con el velo de alguna sombría posibilidad. Los acontecimientos que sucedieron el fin de semana pasado en las inmediaciones del Café Iguanas me hicieron recordar como era la escena de la música electrónica del Monterrey de ayer.

Es de todos bien conocido que lugares como el mencionado, así como otros locales del barrio antiguo, movían desde entonces estupefacientes de muchos tipos. Un mercado solapado tanto por la pasividad civil como por la misma autoridad municipal. Consumidores, distribuidores, policías, gobernantes y empresarios coordinaban un polígono de permisividad que se había tornado tan normal como el mismo sonido de la música.

Pero el día de hoy no quiero analizar ese complejo problema. No quiero repartir culpas o deslindar responsabilidades sobre que se debió o se debe de hacer al respecto. Simplemente quiero recordar.

Como entusiasta de todo este espectro musical, asistía a los tan satanizados “raves” cuando tenía oportunidad. Algunos eran en el Café Iguanas, en el Karma o el Skizzo. Otros tantos eran en el impresionante y natural escenario de la Huasteca. Ahí, cobijados con la oscuridad de la noche y escondidos tras el ruido de la música, cientos de jóvenes se dejaban llevar por la euforia de la fiesta consumiendo todo tipo de sustancias psicoactivas.

El día de hoy tampoco quiero debatir sobre la moralidad del acto de consumir drogas. O sobre la diferencia entre el alcohol, las drogas duras o los enteógenos naturales. Nuevamente solo quiero recordar.

Así, alrededor de humo de cannabis, pastillas de MDMA y papeles de LSD; me dejaba llevar por los complejos sonidos de la música. La gente se desvivía bailando toda la noche hasta el amanecer. Muchos energizados por estas sustancias, otros tan solo ahogados en alcohol y muchos más, como era mi caso, únicamente intoxicados por la música y la euforia de la gente.

Hoy tampoco quiero explicar aquí mis razones (o falta de ellas) para no consumir sustancias psictrópicas a pesar de sus conocidos efectos de potencializar la percepción sensorial en torno a los sonidos, luces y colores. Por el momento solo quiero recordar.

Mi pasión y energía por la música llegaba a ser tan intensa que seguido la gente me preguntaba qué “me estaba metiendo”. O más directamente, si tenía algo de “eso” para vender o compartir. Nunca fue el caso.

Ahora, jugando con mi memoria, me pongo a pensar que hubiera sucedido si hechos violentos como los sucedidos en el Barrio Antiguo recientemente me hubieran tocado en aquellos años. ¿Qué hubiera pasado si hubiera caído muerto en un rave, entre consumidores, distribuidores de droga y cientos de personas cuyo su único error hubiera sido el amor por la música?

Es casi como si pudiera escuchar ya a la gente expresándose de mi como un “muchacho perdido”, un “pacheco sin oficio ni beneficio”, un “drogadicto cualquiera”, “escoria de la sociedad”, “malandro”, etc, etc.

Después, cuando gracias a la “creatividad” de los medios mis espacios virtuales hubieran sido explorados por el ojo público, mi pasión por el trance psicodélico y la temática de sus canciones no hubieran más que “confirmado” la sospecha de la gente. Un muchacho que escucha canciones con títulos como “LSD”, “Out here we are stoned”, “Frog machine”, “People can fly” y “Orchid extract” por mencionar algunas TIENE que ser un drogadicto.

Siento como si pudiera leer las duras cítricas a mis padres por permitir que frente a sus narices un joven llevara una disoluta vida de “hippie apestoso” perdido en la falsedad de alucinaciones catalizadas por el hashish. Es como si pudiera estar ahí cuando a mi hermana le dijeran que si me mataron fue por que andaba en malos pasos; porque me juntaba con puras malas influencias, porque estaba moviendo “mugrero” entre otras coas.

Es triste que ahora mis memorias se vean teñidas de esa posibilidad. Esto nunca se trato del miedo a ser clasificado; pues durante años me han encasillado en decenas de categorías. Esta tristeza atiende a que ahora esa clasificación se utiliza como excusa para perderle el respeto a la vida de los demás.


Sunday, May 22, 2011

En relación a las muerte en el Café Iguanas

Aquí algunas de las joyas que tweeteó nuestra sociedad regiomontana en relación a los hechos sucedidos en el Café Iguanas el día de hoy:

“Yo propongo mandar a la chingada a toda esa basura social (drogadictos, gente pendeja traumada con el narco)”

“las misas x la paz no sirven! como si los narquillos fueran a escucharlas ..¬¬ a esos dios nunca los iluminara, ya estan condena2“

“perdón si ofendo a alguién, pero por gente drogadicta estamos como estamos #mtyfollow //+1OOO ¬¬' che gentee! alivianense”

“Mi awela decia Si son Narkillos dejalos que se los lleve la Chingada”

“en serio que del ultimo lugar que quiero morir es el barrio antiguo o el cafe iguana , pinche lugar vulgar y viciado”

“Por eso no hay que juntarse con los que venden droga... ya ven los andan matando... cc: Café Iguanas/*bien dicho”

“NO MAMEN #MTYFOLLOW NO ERAN ANGELITOS YA DEJENSE DE MAMADASSSSS NO LOS MATAN PORKE SI Y EN ESA ZZZONA !!”

“Claro que merecen morir los que consumen drogas esa escoria es la base de esta piramide de mierda que nos tiene asi”

“si consumes drogas haz aportado dinero para que hayan muerto otras personas los que consumen droga SI MERECEN MORIR por complice”

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No todos los que vamos al Café Iguanas consumimos drogas. Y los que sí no merecen morir a manos del crimen organizado...

Hay un pequeño concepto llamado "justicia" no sé si lo conozcan. Aunque sea traten de entender el de "injusticia", es mucho menos abstracto...

Si crees que los consumidores de droga merecen morir, ¿qué les parce si también matamos a los que conducen ebrios? Por mencionar algunos.. También de una vez podemos matar a los que venden y compran piratería, a los que dan mordida, a los usureros, entre otros.

¿A quién más quieren matar? ¿Porqué no matamos a todos de una vez y empezamos de cero? Digo, considerando que juzgar quién vive o muere parece ser de lo más fácil. Eso sí, matarlos sin juicio, porque eso de apegarse a un marco legal es mucho pedo...y eso de la presunción de inocencia... ¿qué alboroto no?

Y ni empiecen con sus mamadas de "pinche marcha no sirvió de nada". No hacemos putos milagros tampoco. ¿Tu que chingados estas haciendo? Y no, decir que "maten a todos los narkillos" (con k) no es proponer, es estar pendejo.

Yo no consumo droga ¿tu tampoco? ¿Ayudas a tu vecino? ¿No eres mediocre en tu jale? ¿Te involucras con tu sociedad? ¿Tomas responsablemente? ¿Ves más allá de tu realidad inmediata? ¿Haces algo con tu tiempo libre además de apendejarte en la tele y el facebook?

¿Te has detenido un minuto a cuestionar que es lo que está pasando y porqué? ¿O piensas que porque no consumes drogas ya chingaste? ¿Piensas que porque nunca has tenido la oportunidad (o los huevos) de meterte droga ya hiciste tu jale? ¿Piensas que con tu pinche pasividad ya estas ayudando a México? Que por no consumir estupefacientes ya puedes ser juez de la vida de los demás?

Get a grip on reality...

Pero eso sí... sigan chupando hasta vomitar, ese rollo es legal ¿no?

Tuesday, May 17, 2011

Puntos medios

De unos meses para acá lo que no falta es gente cansada y harta de un sinnúmero de cuestiones. Hay gente harta de la violencia, del presidente, de las marchas, del fútbol, de las noticias, de U2... en fin; de un lado a otro no saltan más que gritos de molestia, regaño e inútil discusión.

Es cansado, para cualquier frente, el solamente escuchar críticas, reclamos y denuncias con mínimos niveles de buena voluntad para mejorar ese aspecto o problemática que se pretende evidenciar. Sin embargo no deja de ser un derecho constitucional el hacerlo.

Así como recientemente miles de mexicanos marcharon para expresar su reclamo en torno al clima de violencia que se vive en el país; así muchos otros que prefirieron no hacerlo han criticado fuertemente tanto el método como el fondo y forma de la manifestación.

Un texto que me llamó especialmente la atención es el de Las Mentiras de Ricardo Alemán. Su escrito explora dos vertientes relacionadas con los crecientes ataques al desempeño del presidente Felipe Calderón. La primera atiende al asedio que ha sufrido el Ejecutivo por parte de la población general. Críticas que, argumenta, se desprenden de varias premisas falsas a las que posteriormente procede a desmentir.

Debido a que las premisas que menciona componen (en lo referente al narcotráfico por lo menos) el grueso argumentativo de lo que reclamó la ciudadanía el pasado 8 de mayo; siento que vale la pena enumerar cada una de ellas en el mismo estilo que lo hace Ricardo Alemán. Con la diferencia de que, por miedo a realizar juicios apresurados, yo no les llamaré de inmediato mentiras.

1. ¿Es responsable Calderón de las casi 40 mil muertes de la lucha contra el crimen?

Como comentaba en un texto anterior, sería deshonesto el afirmar que el presidente es el responsable directo del total de caídos en clima actual de violencia en México. Sin embargo, el no ser el autor material de esos cuarenta millares de muertes tampoco lo exonera de toda culpa. Incluso si el 100% de esos muertos fueran criminales confesos abatidos en enfrentamientos entre bandas rivales; es deber del gobierno federal asegurar un mínimo de seguridad pública, lo que incluye evitar que delincuentes se acribillen en magnitud de guerra civil dentro del territorio nacional.

2.- ¿Es culpa de Calderón no investigar esas 40 mil muertes, no localizar a los responsables y no castigarlos?

Nuevamente recalco lo inútil de hacer declaraciones exageradas. Decir que Calderón es totalmente responsable de la incompetencia con la que se han manejado estas investigaciones es tan absurdo como decir que tampoco tiene ninguna culpa en la cuestión. Diciendo que en el 90% de los casos el delito de origen es homicidio y por tanto de fuero común; se menosprecia el hecho de que muchos de los manifestantes y críticos de Calderón son familiares o personas con conocidos que no han sido asesinados; sino desaparecidos.

Es claro que el delito de “desaparición forzada” es aún un tema estrepitoso; pero el hecho de que el total de esos 40,000 muertos sean en relación con delitos de tráfico de drogas ya implica una responsabilidad compartida del gobierno federal. Eso sin considerar cuestiones como el secuestro (que sigue siendo un crimen del fuero federal) y otras agravantes específicas como la creciente (al menos en difusión) ola de crímenes contra migrantes y trata de personas; cuestiones que también competen a instancias federales.

3.- ¿Es cierto que han muerto 40 mil mexicanos inocentes?

Dicen que la tercera es la vencida. No tiene caso tratar de argumentar que la totalidad de muertos son inocentes o, en su defecto, que el 100% son criminales. Ambas son afirmaciones igual de absurdas, pero no por ello menos utilizadas por críticos y defensores de la estrategia de Calderón. Aquí se muestra un dato al cual le daré el beneficio de la duda. El Sr. Alemán asegura que más del 90% de las personas abatidas son criminales y, a como los describe, son sin duda de la peor clase de escoria que pudo habitar en nuestro país.

La verdad es que nadie es inocente en esta problemática; pero no por ello todos somos merecedores del destino trágico de estos 40 mil seres humanos. Les voy a ahorrar la cantaleta de justicia social y desigualdad de oportunidades, que a pesar de ser totalmente válida, parecer ser un tópico muy abstracto para los que defienden la cuestión esa “milenaria” del ojo por ojo. Es verdad; ser pobre no te hace criminal, pero de que te deja en condiciones ideales para serlo... en fin.

Pasando a cuestiones menos densas (porque hoy por hoy hablar de Derechos Humanos es meternos en líos), 1 de cada 10 muertos (de acuerdo al dato del Sr. Alemán) no tienen nexos con la delincuencia organizada. Aquí estamos hablando de 4000 personas referidas ya tan comúnmente como daños colaterales. Para algunos eso es solo un número, y uno no muy grande al parecer. Pero la cantidad de personas afectadas indirectamente por cada una de esas muertes multiplica la relevancia de la cifra a niveles difíciles de calcular. Eso sin contar el número de inocentes también “desaparecidos” ya sea por el narco o por algún organismo oficial, los cuales muchas veces son doblemente victimados ya que esa novedad de la “presunción de inocencia” también es algo muy progresivo para la sociedad mexicana.

Habrá que esperar a que la cifra de inocentes sea más aparatosa. ¿Con 10,000 bastará para poder reclamar justificadamente? ¿O nos esperamos a 20,000 para no fallarle?

4.-¿Es cierto que es fallida la estrategia del Estado contra el crimen?

Aquí se argumenta que lo fallido de la estrategia es un concepto falso debido a que no atañe tan solo al presidente (cosa que estoy de acuerdo). Sin embargo, nuevamente, eso no lo exime de responsabilidad. La estrategia tal vez no sea fallida; pero es tan ambigua en sus objetivos y tan misteriosa en sus métricas que parece complicado el evaluarla desde afuera. ¿Qué se pretende con dicha estrategia? ¿Erradicar a cada uno de los narcotraficantes? ¿Encarcelarlos? ¿Detener todo tráfico de estupefacientes a nivel nacional? ¿Disminuir los hechos violentos relacionados con el tráfico de drogas? ¿Acabar con la corrupción y el control de instituciones por parte de los capos? ¿Todas las anteriores?

Bien, tal vez no sabemos los objetivos específicos, pero si conocemos la situación actual. ¿Se ha reducido el crimen relacionado con consumo y tráfico de drogas? ¿Las estructuras del crimen organizado se encuentran debilitadas? ¿El Estado ha recuperado su presencia en zonas donde había dejado de existir? ¿Ha disminuido el tránsito de sustancias ilegales a otros países? Pregunto porque realmente desconozco. Y vamos a dejar los crímenes violentos de lado; porque el parecer esos tienen que aumentar porque tienen que aumentar.

La estrategia puede evaluarse como fallida desde el momento en que no se ha sabido definir. Y si esa estrategia pretende ser la gran medalla en el pecho de Calderón, creo que el lleva una gran responsabilidad de su fracaso.

5.-¿ Calderón es culpable de todo?

Obviamente no. Este punto ni siquiera vale la pena discutirlo. Solo déjenme recordarles (por cuarta vez, ¿o quinta ya?) que no tiene sentido hacer afirmaciones o negaciones totales. Pero díganme una cosa, si estoy a cargo de una línea de producción, empresa, equipo, etc. ¿sería una defensa válida el decir que he fracasado en mi trabajo por qué no supe coordinar/manejar/motivar/convencer o hacer trabajar a mis subordinados? Tal vez, pero muy probablemente me corran igual.

6.-¿ Calderón desató al avispero al emprender la persecución contra el crimen organizado y el narcotráfico?

En este punto coincido con el Sr. Alemán. La plaga del crimen organizado no lleva ni uno, ni dos sexenios enfermando nuestro país. Calderón decidió enfrentarlos y el resto es historia (y actualidad). Pero tampoco se vale escudarse de las críticas en el supuesto acto de valentía y temple de declarar una “guerra” contra un enemigo invisible y mayormente coludido en las mismas instituciones

Si Calderón quería hacer gala de su valentía siempre pudo (o puede) haber declarado el estado de excepción en las zonas donde se ha perdido la totalidad del control y así tener una guerra de verdad para no quedarse corto en comparaciones con grandes personajes de la historia mundial.

7.- ¿Es cierto que con el gobierno de Calderón llegaron la violencia y el crimen?

Es verdad, la violencia ha sido el pan de todos los días en varias regiones del país desde mucho antes de que llegará Calderón a la presidencia. También coincido en que varios de los estados que ahora se encuentran rendidos ante el narcotráfico deben su condición a gobiernos del PRI; y eso poca gente parece verlo. Pero tratando de mantener la discusión fuera de los partidos (que al parecer el hecho de no hacerlo es algo de lo que inquieta a muchos de los adversarios de las recientes manifestaciones ciudadanas) es claro que esos mismo niveles de violencia han aumentado de forma estrepitosa en algunos estados.

Coincido que había que enfrentar a esta mafia que poco a poco carcome al país. Que si hacerlo con armas y el ejército era la mejor opción o no, eso ya es otro tema (tratado brevemente en el punto 4).

8.-¿De nada sirve la captura de los grandes capos de la mafia, del crimen y del narcotráfico?

Este es un punto complejo para argumentar. Una vez más es estúpido decir que no sirve de nada la captura de estos maleantes; pero muchas veces es difícil cuantificar su impacto. Ya sea que caigan muertos, sean extraditados o puestos en alguna prisión nacional; la caída de un capo de la droga desestabiliza, aunque sea momentáneamente, al cartel donde opera.

Ahora bien, que si se ha aprovechado esos golpes para afianzar el poder del Estado sobre las organizaciones delincuentes o que si las mismas capturas atienden a una excelencia operativa en esta lucha (¿se acuerdan como agarraron a la Barbie?) también son cosas distintas. Sin embargo no se debe menospreciar estos esfuerzos y su impacto (generalmente positivo) en el combate de la delincuencia organizada.

Viendo en retrospectiva estas ocho mentiras me quedan claras un par de cosas: El grueso de la población no se toma un momento para darse cuenta que nada de lo que aquí se está discutiendo es blanco y negro. Decir que todo lo anterior es falso (sin tomar en cuenta la exagerada redacción de las premisas) es tan ridículo como decir que todas ellas son verdaderas.

Con esto me quiero pasar a la segunda vertiente del artículo analizado (porque les dije que había dos). El texto da a entender que todo lo anterior es fácilmente desacreditable desde el momento en que estos reclamos se encuentran motivados por una cuestión electoral (no política, porque esa definición es diferente).

La frase “el verdadero saldo de esta guerra no será en vidas, sino en votos” me parece alarmante por ser moderadamente ofensiva y por insinuar, como lo han hecho otros críticos de la marcha, que el sentir de inconformidad ciudadana que se está viviendo no es resultado de un proceso personal de evaluación de la situación del país y una realización racional de descontento más allá de cualquier cuestión partidista.

Al parecer, para muchos, lo único relevante de todo este conflicto sigue siendo la popularidad de los partidos y sus representantes. La muertes, injusticias, violaciones de derechos y falta de tranquilidad son temas secundarios al de la obsoleta máquina política de México. La gente al parecer no puede concebir que existe el fenómeno de la opinión individual.

Si se está en contra de Calderón automáticamente se esta a favor de AMLO, o peor aún, del narcotráfico. Nadie se ha dado cuenta que la mayoría de los que marchamos el pasado 8 de Mayo estamos tan hartos del PAN, como del PRI, PRD, PT y todo ese conjunto de banderas sin significado ni significación.

Es obvio que los fracasos de Felipe Calderón serán explotados por sus rivales políticos, como en otros tiempos le ha sucedido a muchos otros gobernantes. Pero desacreditar la inconformidad y desasosiego ciudadano por la falaz suposición de que se trata de una cuestión electorera es realmente triste.

Mientras no dejemos de pensar únicamente en términos de partidos y elecciones (que, como nos muestra la “campaña” actual de Peña Nieto, no son más que concursos de popularidad) y no nos enfoquemos en decir, hacer y, sobre todo, escuchar política como ciudadanos; seguiremos dándole importancia a lo irrelevante mientra el país se sigue cayendo a pedazos.

Wednesday, May 11, 2011

Sobre las marchas, reclamos, alternativas y demás...

“Las marchas no sirven para nada” es una expresión que nunca pasará de moda. Gritarle cosas al aire es liberador, pero un tanto infructuoso. Es raro, la verdad, que el viento te responda con algo más que una suave o juguetona brisa; pero aún así es arriesgado el decir que alzar la voz es del todo inútil.

Las marchas, por su misma naturaleza, son actos simbólicos. Representan la materialización de un mensaje, un reclamo o una intención. En sí, es una forma más de expresar algo que muchas veces no permite su transmisión de maneras tradicionales.

Yo puedo venir aquí y redactarles un ensayo sobre porque el país lleva décadas precipitándose hacia el vacío. También puedo tratar de escribir un libro (o varios) sobre como el sistema capitalista de esta época esta destruyendo la conciencia de nuestra generación y las que están por venir. Puedo de forma similar intentar (dada mi poca sensibilidad artística) plasmar en un lienzo el terrible sentimiento de impotencia que siento ante nuestro carente sistema de justicia. Incluso podría tratar de componer una pequeña canción denunciando las limitaciones del sistema político mexicano actual.

Sin embargo, todos esos mensajes (con su validez o falta de ella) serían escuchados por un número muy reducido de personas, de las cuáles tan solo algunas les interesaría tratar de entender el contenido de éste. A diferencia del gobierno, de los partidos políticos, de los grandes empresarios o incluso, de los criminales; cuyos mensajes, acciones y actores reciben una dosis considerable de tiempo en los medios masivos de comunicación; la ciudadanía en general tiene pocos espacios para difundir su sentir de forma colectiva.

Una manifestación permite dar a conocer, no solo a las autoridades sino también a la ciudadanía en general, la opinión de un grupo de personas. Eso, por si solo, ya posee un valor positivo partiendo de la premisa de que se pretende vivir en una sociedad mayormente libre y democrática. Las marchas son ya resultado de una organización ciudadana previa; que sin importar la escala, representa el ejercicio de un derecho constitucional.

Más no es sorprendente que los mexicanos en su mayoría consideren el acto de una marcha inútil y ridículo. Estamos tan desacostumbrados a exigir nuestros derechos como sociedad y como individuos que cuando alguien lo hace no podemos más que sentirnos incómodos y alienados de esa persona. Es de esperarse que sí nos da pena hacer valer la garantía de nuestros electrodomésticos, pedir la devolución de nuestro dinero por un mal servicio o callar al que no para de hablar en el cine; nos desconcierte que alguien exija justicia social, instituciones responsables y un gobierno que trabaje para el pueblo y no solo para su partido.

Otros dirán que lo anterior no cambia el hecho de que una marcha no resuelve ningún problema. Sin embargo el comentario anterior es tan obvio (o incluso más) para los marchantes como para los críticos de esta actividad. Nadie pretende salvar al mundo con una pancarta; o al menos yo nunca fui a la junta dónde se acordó hacerlo. Asumir que una manifestación es concebida como el fin de alguna causa o la panacea de algún tipo de enfermedad social es tan estúpido como pensar que un partido cambiará a México, que una ley de seguridad terminará con el narcotráfico o que unas cuantas becas sacaran a la nación de su bache educativo.

Una marcha permite unir voces similares para que suenen más fuerte. Que las autoridades se rehúsen a escuchar no es un defecto de la actividad sino del sistema en el que se lleva a cabo. Una marcha permite conocer gente de intereses similares; con la misma validez que a otros les significa salir a un bar por la noche o jugar fútbol en las tardes. Una marcha es, ante todo, un espacio para crear un diálogo; tanto de los marchantes como de la población que decida escuchar. Claro, que siempre es más fácil desacreditar antes de tomar un poco de esfuerzo y debatir en el terreno de las ideas antes que en el de las actividades.

Si nos enfocamos a la marcha del pasado 8 de Mayo y el tema de la violencia en México hay mucho más que decir. Uno de los primeros argumentos en contra de la convocatoria del pasado fin de semana cuestiona por qué se le reclaman 40,000 muertos al gobierno y no a los criminales cuya responsabilidad es aparentemente mayor.

Sería intelectualmente deshonesto negar que lo anterior es verdad. Materialmente hablando no dudo que los asesinos, secuestradores y demás escoria criminal carguen en su espalda el grueso de esas muertes; sin embargo aquí hay dos cuestiones fundamentales. La primera es que aunque todas y cada una de esas muertes hayan sido perpetradas por criminales y contra criminales (lo cuál el creciente número de víctimas y desaparecidos inocentes nos dice que no es el caso), la responsabilidad de mantener un Estado seguro es finalmente del gobierno.

El segundo punto a recalcar es que el hacer un llamado a los mismos criminales a que, por su buena voluntad, dejen de hacer fechorías es tan absurdo como inútil. Lamentablemente parece ser lo mismo con nuestros gobernantes en todos sus niveles; sin embargo la premisa teórica indica que este no debería ser el caso.

Exigir resultados al gobierno no es un lujo o un berrinche. Es nuestra responsabilidad. Así como en nuestros trabajos nosotros tenemos que responder ante nuestros respectivos jefes o sufrir la agridulce experiencia del desempleo; así también nuestros representantes tienen el deber de escuchar, cotejar y alterar el rumbo si la población se los pidiese.

Si todo el párrafo anterior no es más que una guajira esperanza es porque hemos dejado pasar demasiado tiempo para hacer los reclamos pertinentes. Esa indiferencia, confundida con individualidad, tan pronunciada lleva años debilitando nuestras mismas instituciones. Si el gobierno es incompetente es porque nosotros como sus mandatarios también lo hemos sido.

Es claro que hoy no podemos esperar a que nuestro sistema político mágicamente se reforme. Si eso va a suceder es porque la misma sociedad se comprometerá a entrar a esa oxidada máquina para revivirla desde adentro. Este trabajo es de todos y tiene que ser llevado en paralelo. Y eso es lo que esta marcha representó. Una necesidad de seguir exigiendo que se respeten nuestros derechos; desde la vida hasta la libertad de caminar con pancartas contrarias al gobierno, mientras que al mismo tiempo construimos desde el corazón de la sociedad el México en el que queremos vivir.

Finalmente queda el argumento de que en las manifestaciones nunca se propone nada, o nada constructivo al menos. Asumiendo que la sola finalidad de reclamar no fuera suficiente (a pesar de que lo es) la marcha del pasado fin de semana tenía exhortaciones claras al gobierno, a los medios y a la población. Más es comprensible que esto no sea del conocimiento general. Es triste ver como los medios internacionales realizaron una mejor cobertura del evento que las agencias noticiosas mexicanas. Aún más deprimente es darse cuenta que las notas, cortas como el sueño de un estudiante en finales, son vagas, dispersas, simplistas y superficiales.

La gente asume que los marchantes solo pedían paz a secas, una retirada del ejército a los cuartales (que aunque en opinión de un servidor no es la solución, no deja de ser un reclamo válido). En el caso particular de Monterrey los planteamientos eran tan distintos y diversos como los colectivos que atendieron a la manifestación. Para alguien que no asistió y solo recibió la escueta cobertura de algún deficiente medio local es sorpresivo el enterarse que durante casi dos horas, representantes de estas organizaciones dieron su punto de vista sobre la situación actual del país.

Gritos de impotencia de familiares en busca de sus desaparecidos, invitación al respeto de los derechos humanos, planteamientos socialistas, cantos de anarquía, reclamos ante desapariciones políticas, exhortaciones de participación ciudadana, recuperación de espacios públicos, restauración por medio del arte, educación de paz, resolución pacífica de conflictos, crear comunidad a través del deporte, entre muchos otros llamados más.

Calderón continuamente invita a la población a proponer cursos de acción; argumentando que nadie lo hace. Algunos proponen retirar al ejército, otros enfocar no solo recursos (que muchas veces no faltan; pero son terriblemente utilizados) sino acciones y trabajo en cuestiones de pobreza, educación y lucha contra la corrupción institucional. Otros tantos piden que no se ataque al narcotraficante con balas para diezmar sus filas más bajas, la cuales son sustituidas rápidamente con gente cada vez más joven, sino en su economía de escala persiguiendo el lavado de dinero y su flujo irregular. Muchos también exigen que el combate a la delincuencia organizada se centre en los delitos que afectan a la población civil (robo, secuestro, extorsión, etc.) no en intentar frenar el interminable flujo de droga a un país que no ha movido un solo dedo para frenar el interminable flujo de armas al nuestro. También se ha propuesto reformar el sistema de impartición de justicia que tiene a inocentes y criminales menores presos en prisión preventiva mientras que solo un mínimo porcentaje de los presuntos sicarios que arrestan son condenados.

Otro sector clama que la respuesta es una educación orientada a la paz y el respeto de los derechos humanos en todos los niveles; desde pre-escolar hasta en los mismos cuartales del ejército. Algunos también luchan para que los medios masivos de comunicación dejen de idiotizar a las masas y hundirlos en un estupor de apatía e indiferencia. Muchos abogan también por que el gobierno regule las agresivas prácticas empresariales que con imperios casi monopólicos exprimen los recursos de la población y hacen cada vez más pronunciada la brecha de desigualdad.

Los mismos generales de las fuerzas armadas lamentan que la estrategia de guerra la decida el ejecutivo y no los estrategas militares; quiénes aseguran que si se evacuan las zonas dónde el Estado ha dejado de existir y se concentra el poder del ejército en combatir como un ejército esta entrenado para hacerlo, podrían librar una guerra que duraría semanas o meses y no años. Claro que para declarar el Estado de excepción en zonas del país se requieren mucho más que el valor y firmeza simulada que trata de proyectar el ejecutivo desplegando una “guerra” a medias.

Pero el presidente dice que nadie le ha dicho como hacer su trabajo. Y por eso saldremos, cada vez más, a gritarle al viento por más inútil que parezca. Porque cuando seamos tantos que nuestra misma voz suene como las ráfagas de un furioso tornado; entonces puede que los de “arriba” escuchen al fin nuestras propuestas y podamos todos comenzar a trabajar por un México mejor.


Wednesday, April 27, 2011

Torres o pilares

Cuando expresas una idea, lo primero que haces es sacarla del resguardo de tu mente, de esa jaula que la aprisiona; pero que al mismo tiempo la guarece, la nutre y le da fuerza. Esa idea a veces no es más que un conjunto de imágenes dinámicas, abstracciones, sonidos y olores que comienzan a hacer sentido cuando cierras tus ojos, te detienes y caes en ese extraño estado entre el sueño profundo y la completa conciencia.

Ese colectivo de colores y sentimientos que solo se proyectan en tu imaginación pierde fuerza al intentar ser descrito y acomodado en el dominio de lo expresable. Sin embargo, también gana sentido, significación e incluso comprensión; no solo propia sino también de parte de aquellos que nos pudieran llegar a conocer (o reconocer).

Lo peligroso es saber cómo y qué expresar. También es tema delicado el elegir a quién expresárselo, aunque de esto último muchas veces no tenemos control (o preferimos no tenerlo). Al final, el describir una idea es vulnerarla y hacerla fuerte a la vez. Volverla realidad y rescatarla del olvido. Brindarle definición, comprensión y un objetivo.

Hay muchas razones, sin embargo, por las que preferimos dejar que esas ideas mueran en el inmenso abismo de nuestra mente. Una, que me parece muy válida, es la simple incapacidad de expresarla en términos correctos. Es verdad que hay que pensar dos veces antes de romper el bello sonido del silencio. Otra, un poco más engañosa, es no tener a nadie con quién compartirla. Miles de ideas son regadas en el estéril suelo de la indiferencia, la incomprensión o incluso la envidia. Otras, susurradas al vacío de la noche.

Pero aunque muchas veces el miedo justifique la inacción, cuando una imagen se postra clara, vívida y de manera casi inspiradora en nuestro interior, el ignorarla no solo es cobardía; sino también una irresponsabilidad ante todos aquellos que podrían escuchar esos mismos sonidos de nuestra mente y coincidir en que son música.

Claro que hay que tener cuidado con ese hermoso pero traicionero fenómeno de la ilusión. Es fácil enamorarnos de una idea... de un concepto, de una imagen, un sueño o una canción. El verte reflejado en los ojos de alguien con quién nunca has hablado o imaginarte realizado tras una conversación que nunca sucederá es divertido; pero insignificante.

Cuando esa idea que embriaga nuestra conciencia se fortalece con la acción descontrolada e irresponsable del deseo, la memoria se empieza a confundir con la imaginación y las experiencias vividas con los sueños. La euforia se mal interpretan como felicidad y a la pasión se le nombra como amor. La nostalgia se vuelve tristeza y la melancolía dolor. La esperanza se transforma en certidumbre, la humildad en debilidad, lo trivial en relevante y el leve desasosiego crece y se transforma en un gigantesco monstruo amorfo que consume las ganas de vivir.

Pero, ¿cómo no ver todos nuestros sueños reflejados en esa persona que aún nos es desconocida? ¿Cómo no llenar ese molde vacío con toda esa carga que nos sobra? ¿Cómo no interpretarlo bajo nuestro limitado esquema de visión?

Es difícil. Entre menos tenemos más queremos compartir. Cuando se nos deja imaginar, el impulsor será siempre nuestro deseo. Entre más lejos de nuestras escasas referencias nos aventuremos, más desviada será nuestra construcción y, más decepcionante nuestra entrada a ese mundo que ya estaba erigido mucho antes de que llegáramos. Pero si algo de verdad hay en ese desierto de espejismos es el hecho de que al menos una parte de esa ilusión, por más mínima que sea, es real. Y esa fracción nos pertenece a ambos.

Por ello a veces es complicado hablar. Decir las cosas que con dificultad logramos pensar y expresar los sentimientos que ni siquiera nosotros podemos comprender. Hoy en día todo viene en paquetes ya muy digeridos, en un lenguaje demasiado estándar. Esa inquietud que te mantiene despierto a ti no es para nada la misma “angustia” que tiene llorando al otro.

Pero aunque se escriba con cuidado y se hable con elocuencia, muchas veces el único punto dónde tu ilusión coincide con su realidad es en el terreno del silencio. Ese silencio que se comprende por sí mismo y encuentra su hogar en las miradas. Un silencio que fuera de oscurecer, abrillanta los momentos y cataliza su verdadera comprensión.

Wednesday, April 13, 2011

Jugando

¿Qué debo hace cuando la niebla se vuelve demasiado densa para ignorarla? Aunque... más que densa, simplemente parece haber tomado color. Si cierro los ojos puedo ver hermosos tonos de verde y morado parpadeando intermitentemente como tímidos, pero jugetones fantasmas.

Fantasma es una palabra linda, pues primero que nada evoca trasparencia y un extraño sentido de tranquilidad. Un sentimiento tan ajeno que ahora solo pertence a ese rango de lo sobrenatural. Los fantasmas son, si acaso, como un hermoso sueño. Una esperanza de trascendencia, un sonido en el abismo del silencio.

El silencio es maravilloso, al menos ahora por ser tan infrecuente. Ya no es posible escuchar tus propias lágrimas sin contaminarte del bullicio de eso que llamamos presente. Apagar la luz a veces ayuda; pero cuando por fin logras concentrarte, hasta la luna comienza a silbar.

La luna brilla porque la noche es oscura y ella prefiere el contraste a la verdad. Aún así, ella juega con las sombras y se esconde para parecer más delgada, más risueña o, más bien, menos triste. Pero aunque las torres intentan alcanzarla para aliviar su soledad, ella prefiere mostrarse loca antes que lastimosa.

Donde la locura ha perdido definición. Ahora es sinónimo de originalidad y esperanza de los incomprendidos. Justifiación de los desorientados y ventaja de aquellos que son juzgados como genios por su éxito más que por su hacer.

¿Y cómo debemos obrar sino es bajo la premisa del silencio? Ese silencio que evoca la locura de nuestros mismos fantasmas

Wednesday, April 6, 2011

¿Y ahora qué?

La gente, cuando temporalmente despierta de su estupor de indiferencia, reclama revoluciones. Se critica, se dice, se opina. Se grita que hay que cambiar al gobierno, a las instituciones, a la iniciativa privada. Se habla de todo esto como si el Estado fuera un ente externo, como si las corporaciones fueran objetos con vida propia y como si la sociedad civil fuera una abstracción casi incomprensible del pueblo.

Se ve a todos estos actores de la sociedad como una gran máquina; estática y obsoleta. Una enorme caja negra cuyos mecanismos, palancas y engranes son tan intrincados y especializados que el operarla es casi imposible; más aún el intentar repararla.

Así, al no saber como ajustar la operación de esa gigantesca mole que dictamina nuestro día a día, nos perdemos en la esperanza infantil de que la máquina comenzará a funcionar con tan solo gritarle un poco, arrojarle un par de piedras y darle unos cuantos golpes. Entre más ruido se haga, mejor; así podemos ignorar los sonidos internos que nos dicen que cualquier brujería que haya dentro está por averiarse aún más.

Por eso es curioso ver todavía personas sorprendidas con la falta de cambio real en nuestra sociedad. Si acaso, es interesante observar como hemos mantenido “funcionando” ese conglomerado de ideas absurdas, modas ajenas e ilusiones nacionalistas durante tanto tiempo y trás tantos golpes. Con parches por aquí y por acá etiquetados como “educación”, “revolución” o “progreso” hemos controlado las fugas que, sí se han detenido completamente, es porque la máquina se quedo sin aceite hace muchos años ya.

Entonces, sin importar a quién se culpe (porque alguien debe de tener la culpa), al final todo ese vigoroso ánimo y enjundía se agota en arrojar monedas a una fuente vacía. Donde ya ni siquiera pedimos deseos; pues sabemos que igual no se van a cumplir. Lo más triste es toda esa gente que se abalanza por recoger esas míseras monedas. Haciéndose pasar por uno más de nosotros, gritan a viva voz nuestras consignas mientras recogen a manos llenas los pocos pesos que estamos dispuestos a tirar.

Pocos se dan cuenta que, en el sentido menos pesimista de las cosas, todo eso que aborrecemos de esa enorme maquinaria que llamamos sociedad es todo aquello que nosotros mismos somos. Si echamos un vistazo dentro de esa caja negra veremos que dentro no hay más que una pequeña esfera que refleja todo lo que se encuentra fuera de ella.

El Estado, las corporaciones, las instituciones y la sociedad civil no son más que nosotros mismos colectivizados y vistos desde lejos. Si la máquina ha fallado es porque no hemos sabido manejarla. O en algunos casos, porque ni siquiera nos hemos preguntado como hacerlo. La costumbre, bien dice un proverbio, es como una segunda naturaleza. Pero bien decía Mill también, a veces es usurpadora de la primera.

Estamos tan acostumbrados a la fantástica idea de la república democrática que parece absurdo el cuestionar porque nos ha fallado tantas veces. Y los que lo hacen, a veces prefieren perderse en los “heroicos” ideales de revolución y lucha proletaria que ya se antojaban problemáticos e inertes desde antes de la revolución rusa. Al final, eso también es un gran producto de consumo.

Los gritos de la gente también son combustible de esta sociedad “liberal” en la que vivimos. Un poco de caos, protesta y problemas en medidas controladas le sigue dando legitimidad a un sistema dónde la libertad es la ilusión más poderosa. La opresión política en base al miedo y la intimidación es un mecanismo inservible ahora más que nunca; pero la opresión social, con su translucidez casi fantasmagórica, es mucho más poderosa que las policías secretas de antaño.

Que no se te encuentre cuestionado la divina moralidad del trabajo, porque incluso los más cercanos a tí te tacharan de flojo y vividor. Más aquí en la gloriosa sultana del norte dónde estamos tan embriagados de nuestro orgullo “chambeador” que se nos ha olvidado incluso el trabajar para disfrutar de todos estos placeres que sentimos merecernos.

Y volvemos a la gran problemática. Esa sociedad tan distante a la que culpamos de todo esta “repentina” ola de violencia no es más que nuestro sentimiento colectivo, nuestras actitudes y nuestras acciones reflejadas en este confuso presente.

Lamentablemente, hay veces que se llega a un punto en el que un pegajoso “hay que mejorar empezando por nosotros” deja de ser suficiente (si acaso alguna vez lo fue). Por desgracia esto dejo de ser cuestión de actitud desde hace ya mucho tiempo. Y no dejen que la ilusión de ese “querer es poder” siga nublando sus mentes con aspiraciones irreales y esperanza de lograr todo eso que planean empezar hasta el día de mañana.

El tejido social se encuentra enfermo y destruido. Estamos décadas detrás de lograr una participación ciudadana que pueda rivalizar el sofocamiento y pesadumbre que provoca nuestra viciada política. No por ello hay que dejar de trabajar; pero la situación demanda acciones mucho más concretas.

Acciones que, a pesar de su urgencia, no deben de ser confundidas con arranques revolucionarios o intempestivos sueños de destrucción. El borrón y cuenta nueva es también el olvidar los grandes errores que como pueblo hemos sufrido. Hay muy poco espacio para construir, pero aún es posible colocar algunos bloques por aquí y por allá.

El enojarse no basta. El indignarse es parte del proceso, pero no es suficiente. Al primer lugar que debemos llegar para no ahogarnos es al de esa boya con el letrero de “cuestionar”. Que si bien podríamos cuestionar todo, el tiempo no nos alcanza para hacerlo. Habrá que ser un tanto selectivos, pero lo primero que tenemos que preguntarnos es: ¿Cómo hago para que tú, él y todos comencemos a preguntarnos qué es lo que hay que hacer?

Entre más personas pregunten, es más probable que alguien que sepa la respuesta nos pueda contestar. Y cuando eso empiece a suceder, no será suficiente preguntar cualquier cosa. Hay que cuestionar, uno por uno, todo esto que la tradición nos ha dicho es incuestionable. Porque no todo es culpa del gobierno, hay veces que el mismo sistema no te deja pensar.