Friday, April 25, 2014

El tiempo también descansa los jueves por la noche

Releer escritos antiguos es un ejercicio de perspectiva y atemporalidad. Cuando las letras se pierden en los años y los sentimientos en su mismo contexto etéreo es cuando da uno cuenta del poder emotivo de un texto. Una emotividad que no debe ser confundida con una idea simple de confort sentimental, sino más bien como la inevitabilidad de sentir emociones arrancadas de nuestro ser y nuestro estar. Esos sentimientos; volátiles, impredecibles y violentos; son los preciados momentos en los que hacemos justicia a nuestra sombra de eternidad.

Así mismo, cuando esa misma sensibilidad es re-encontrada, es fácil ignorar reglas y tradiciones de lógica y continuidad existencial. ¿Cómo explicar la precisión de una oda al terror escrita dos años atrás cuando ese sentimiento nunca lo había experimentado sino hasta hace algunos meses? Y sin embargo, al leer cada uno de los enunciados y sus adjetivos; pareciera que el texto fue dibujado tras observar la abstracción de mis estados mentales algunas noches atrás.

Cuando se adivina la denominación de una carta oculta o el resultado de tirar un dado hay algo más que simple probabilidad en juego. No pretendo aquí hacer alguna apelación a lo sobrenatural o cualquier excusa de poderes invisibles; pues incluso en mi condición espiritual alternativa esas cosas me parecen ridículas e infantiles. Sin embargo, si es preciso esbozar las posibilidades de una naturaleza diferente del tiempo.

Mi relación con el dominio (o demonio) de Cronos es problemática. En mi juventud el reclamar la temporalidad como ilusión me resultaba atractivo por el sonido dulce y armonioso de dicha afirmación. Una pretensión poética infantil podría decirse. Después, en visiones acomodadas por sentimientos y sensibilidades circunstanciales, atribuía una lista no muy corta de adjetivos despreciables a aquella ilusión del tiempo. Hoy en día, no solo acepto su condición de árbitro y referencia; sino que incuso me resguardo en el poder de su verdad; por más que esta sea simulada o subsidiada por nuestra limitada percepción.

Somos hijos del tiempo en el mismo sentido que el tiempo es nuestra propia construcción. Pero si exploramos una naturaleza que ignore la supuesta linealidad de la existencia entonces esa primera oración es simplemente redundante. Podemos pensar entonces en modelos y geometrías; en parámetros y condiciones matemáticas; en ideales y nociones de inamovilidad científica.  Sin embargo cuando se escribe de madrugada prefiero dejarme  llevar por la emotividad que despiertan los fantasmas de las lunas invisibles y las bebidas oscuras.

¿Qué tan descabellado es pensar la eternidad en un solo instante? La experiencia estética proviene de la lucidez de un momento. Su sentir es tan efímero como despiadado, arrancando risa, dolor y llanto en segundos que parecen no existir. Esa inconsistencia cronológica se pone en evidencia cuando se sueña y cuando se duerme. Bastan algunos minutos para vivir días enteros de onírico suplicio. La angustia del terror, ese que despierta las carencias del alma, también es experta en extender segundos durante noches enteras. ¿Están acaso nuestros sentidos tan mal ajustados? ¿O será que en realidad el tiempo es caprichoso y traicionero?

Los textos escritos en otras noches, en otros ayeres, reviven amores, temores y angustias que; al observarlas con cuidado, das cuenta que nunca dejaron su lugar. Presenciar un devenir nocturno como espectador y no como creador es parte de una emancipación personal que se hace válida a través de la idea de un devenir temporal inexistente. Lo verdaderamente emocionante es que ese fenómeno de circularidad existencial proviene de tantas fuentes como sea posible asimilar sentimientos.

Lo mismo que describo aquí ocurre con aquel aroma que remonta a un melancólico momento en la infancia; o aquella melodía que emociona por los recuerdos que produce y no por las acordes que hace reverberar. Pero si hacemos alegorías musicales, la disonancia de sus sentires no proviene de un mero mecanismo de memoria; sino de una fusión entre recuerdos, sueños y futuros experimentados a lo largo del instante efímero que llamamos eternidad.

Las galaxias experimentan algo similar cuando su único reclamo es la luz de su existencia. Elevar la mirada al cielo es realizar un esfuerzo humano para observar fantasmas. Espectros de luz, de color y de voluntades tan mal entendidas como perpetuas. Su esencia se agota de la misma manera que nuestras ganas de vivir.

La luz es el parámetro, literalmente, universal. Su velocidad es la referencia del tiempo y la distancia. La luz es ser y estar. Es futuro e instante. Y aun así, en su dualidad contradictoria; hay instancias en las que tampoco puede moverse o escapar. ¿Qué nos queda entonces a nosotros? ¿Qué se esconde tras un agujero negro? ¿Es acaso la distorsión de nuestro tiempo y espacio el tema de un texto de viernes en la madrugada?

Es común de la prepotencia del hombre el cernirse como centro y referencia de todo el existir. Imagino entonces es permitido el atribuirse la centralidad de un pensamiento dictaminado por el mismo impulso de voluntad dinámica de un cosmos entrópico y neutral. Se antoja entonces el lenguaje bastante inadecuado para sostener la expresión de millones de años de devenir estelar. Más, si retomamos la tesis de que la atemporalidad proveniente de la ilusión de la memoria podríamos argumentar entonces que esta prosa encuentra su pretensión en un mecanismo de existencialismo universal o ¿hay acaso algo más reconfortante que el pensar que las estrellas también sienten tristeza?

Aun así, leyendo descripciones anteriores del amor, aún no puedo encontrar su referencia contextual en las atribuciones de voluntad y conciencia de un Universo vital. La idea de completar huecos y vacíos me parece ahora mayormente inadecuada y; sin embargo, la recurrencia y efectividad del concepto me producen una afinidad poética similar a la infantil declaración de que el tiempo es, en efecto, una ilusión.

Friday, April 4, 2014

Ciencia, religión y otros títulos provocativos

En muchas ocasiones he querido tocar el tema de la relación, generalmente conflictiva, que tiene la ciencia y las cuestiones religiosas en la interpretación cotidiana de las cosas. Ese conflicto siempre me ha parecido problemático y un tanto absurdo. Me gustaría pensar que la gente entra en debates de este estilo por una mera necedad humana de generar discordias inútiles; sin embargo sé que no es así.  

El fanatismo y dogmatismo religioso es sin duda detestable. Incluso si dejamos cuestiones morales de lado, me parece de mala educación y un atentado general del comportamiento el profesar una adhesión absoluta y sin lugar a cuestionamientos de cualquier sistema de creencias. Y aunque no justifico este nivel de deshonestidad intelectual, si puedo llegar a comprenderlo, especialmente en el ámbito espiritual.  

Dicho sea esto, el ateísmo militante me parece igual de estúpido y molesto que cualquier idea misionera de transformación y conversión religiosa presente normalmente en las concepciones teístas del mundo. Lo que me parece aún más irritante de esa epidemia de ateos misioneros es ese disfraz que visten de “escépticos científicos” como justificación de sus dogmas y su actitud de inadmisibilidad a cualquier argumento que pudiera poner en duda su conjunto de “no-creencias”.  

La ironía se dibuja sola; sin embargo no quería dejar pasar otra oportunidad para desarrollar aquí las contradicciones que esta actitud llanamente arrogante implica.  

Primeramente, y aunque todo este párrafo debería obviarse por inconsecuente, debo aclarar que desde hace tiempo no profeso ninguna creencia teísta en el estricto sentido de la palabra. Mi concepción filosófica del mundo podría en mucha mayor medida identificarse con ramas del ateísmo o el agnosticismo; sin embargo, por estas mismas desavenencias prefiero desvincularme de cualquier denominación específica de mi visión panteísta del Universo. En pocas y resumidas cuentas, mi ataque a la prepotencia del ateo renegoso es una cuestión de molestia intelectual más que algún tipo de enfrentamiento religioso. Con eso de lado, entremos en material.  

La primera gran falacia es la necesidad absurda de enfrentar visiones científicas con visiones religiosas (y esto va en ambas direcciones). Al parecer debe existir una completa incompatibilidad de espacios argumentativos entre los dos espectros del actuar humano. Esta fuera de moda el concebir que ambas visiones pretendan elucidar problemáticas diferentes. Tanto ateos como teístas argumentan en muchas ocasiones que el conocimiento de la verdad del mundo puede y tiene que ser obtenido en su totalidad por alguno de los dos enfoques. Jamás en complemento.  

Esta cuestión me gustaría asociarla nuevamente con una mera actitud necia y arrogante de ambos grupos. Es, a mi parecer, simple fruto de la pereza intelectual de reflexionar qué implican, en su fondo, ambas labores; y, por supuesto, una confusión tremenda de conceptos en relación a qué problemáticas, como humanidad, nos orillan a ambas actividades.  

Esta falacia puede también ser asociada con una cuestión histórica. Es verdad que en el inicio de las principales escuelas filosóficas del periodo helenístico parecía haber cierta mezcla entre los alcances de la labor filosófica, científica y religiosa; sin embargo incluso entonces no se pretendía englobar de forma sistémica una visión rígida del cosmos; sino que dichas labores intelectuales pretendían simplemente dibujar de manera más clara la relación del yo con el mundo y el ejercicio de vida acorde a esa visión.  

Fue hasta que el advenimiento de la escolástica en la edad media que la fusión de hizo más evidente, subordinando la razón a las cuestiones teológicas de la época. Irónicamente esta mezcla causó también un fenómeno de separación entre la filosofía, como vida; y el discurso filosófico. Este cuestión dibuja muchos paralelismos entre esa misma brecha que apuntaban los fenomenólogos Husserl y Merleau-Ponty a la visión científica del mundo en relación la percepción sensible que tenemos de este.  

Finalmente hubo un quiebre entre la cuestión de fe y la cuestión científica; al menos en cuanto enfoque. Este antecedente de rechazo a las visiones religiosas en pos de una interpretación más metódica de la realidad puede, sin duda, explicar porque muchos aún se ven atosigados por un ambiguo rencor confrontante entre estos aspectos del reflexionar humano. Esto ya produce cierto nivel de comicidad; pues generalmente el ateo científico se jacta de la rectitud todopoderosa de la objetividad; de forma que albergar rencores históricos es ciertamente infantil y ridículo por su propia incongruencia.

A pesar de lo gracioso de la cuestión anterior, me gustaría pasar a un punto un tanto más complicado. Al parecer hay una confusión brutal sobre que implican las ciencias naturales en la interpretación del mundo; una confusión que como ingeniero y científico en su momento, me parece vergonzosa. La ciencia, a diferencia de la religión, no es un “conjunto de creencias”; es, ante todo, un método de interpretación de la realidad. Es una metodología para derivar modelos, patrones y comportamientos de la realidad sensible. ¿Qué quiere decir esto? La ciencia no tiene un canon sagrado e inmanente de verdades asumidas como inviolables. Por más que la academia pretende jactarse de un manto divino, no hay una convicción general de tal o cual verdad científica. Hay leyes, por supuesto, que nos indican pilares confiables de construcción de conocimiento. La observación de estos postulados ha permitido considerarlas virtualmente como permanentes. Sin embargo, el que cada acción conlleve una reacción no es un acto de fe, sino meramente de congruencia natural.

¿Qué implica lo anterior? Que la ciencia, al ser un método de observación, no deriva concusiones generales de la existencia; sino que describe la realidad. La explica, sí; pero en términos de su comportamiento únicamente. Implica también que es falible, que se construye a sí misma y que se desenvuelve en su mismo cuestionar. Cosas consideradas como magia, misticismo y brujería eran inexplicables hace siglos y ahora son replicables por medio de una congruencia científica y experimental. La ciencia se alimenta de su misma flexibilidad crítica. La palabra escepticismo atiende a esa misma crítica constante de sus métodos, no a una cerrazón necia ante cualquier cuestión que no pertenezca aún al espectro de la ciencia.

Es sano entonces, considerar las limitantes de la ciencia en determinadas problemáticas humanas. La ciencias sociales, por ejemplo, son una muestra de cómo el modelo en sí no es del todo efectivo cuando se persiguen cuestiones de comportamiento humano. A pesar de su construcción aparentemente científica, su cualidad como debeladora de patrones sociales, culturales y políticos es debatible; siendo labor de las artes liberales cubrir algunas de sus limitantes.

Es evidente entonces que la negación de posturas religiosas (e incluso filosóficas) como posible complemento de una visión escéptica del mundo es más un acto de arrogancia que de verdadero compromiso intelectual. Entenderemos pues que al menos en este momento la ciencia no puede responder preguntas tan fundamentales como el planteamiento de Schelling de porqué hay algo en lugar de nada. Eso, por supuesto, no implica en ningún momento que tengamos que subsidiar dudas existenciales con dogmas religiosos. Es perfectamente honesto y comprensible suspender juicio de nociones que nos encontramos imposibilitados a interpretar; sin embargo me parece muy evidente que el divorcio entre este tipo de visiones del mundo es un mero capricho histórico.

Consideremos, por ejemplo, las tesis materialista y naturalista del mundo; las cuales son nociones de predilección científica a pesar de que se ignoren los desarrollos estoicos o epicúreos de ejercicio de vida y ética del que surgieron ¿Qué contradicción hay entre la noción naturalista de la evolución que advocan los ateos con la reconciliación de algunos católicos que simplemente asumen que ese mecanismo de mejoramiento natural es parte del plan de un Dios inmanente? Si nos vemos inmersos en la rigidez de la lógica argumentativa es incluso posible encontrar desarrollos muy contundentes de la irracionalidad que implicaría una evolución naturalista sin guía divina. Aunque esto me presenta muchas objeciones, la argumentación la pueden encontrar en el trabajo de Alvin Plantinga.

O retornando a las nociones del Jardín de Epicuro que Lucrecio describe tan vivamente en De rerurm natura; ¿no cabe también concebir a los dioses como criaturas indiferentes e inconsecuentes al devenir humano? Esa es la primera máxima del tetrafarmakon, el no asumir a los dioses como temibles.

La experiencia estética, también ignorada rotundamente por esos ateos de visión dogmática, puede también representar una interpretación del mundo en complemento con los alcances científicos. Aquí volvemos entonces a la cuestión estética como intuición y experiencia de verdad. Bien apuntaban los fenomenólogos que el discurso científico en toda su expresión no altera la percepción sensible del mundo. A pesar de la realidad de una tierra redonda, nuestro limite perceptivo aun la siente como plana e inmóvil. Entonces viene la interpretación estética de la naturaleza, la cual produce un en ciertos momentos un sentimiento de emancipación existencial del cual es posible desarrollar nociones filosóficas y existenciales en congruencia con un método científico que tiene por inalcanzables este tipo de experiencias.


Podría continuar aquí precisando por qué esta separación forzada, esta enemistad enraizada en debates triviales e inconsecuentes, es absurda e incluso ofensiva. Pero así como esos ateos de agresividad militante pretenden hacer reflexionar con su arrogante indulgencia a los teístas; así me gustaría invitarlos también a que trataran de describir que concepción tienen del mundo más allá de la ciencia; pues para su desgracia, el reflexionar toda la existencia con una actitud puramente científica del mundo es un enfoque muy limitado. ¿O no han pensado acaso que la perfección del lenguaje matemático y la necesidad de este para explicar el mundo natural no son, si acaso, una muestra de entes ideales? En ese entendido ideal y casi divino del mismo platonismo del cual deriva buena parte de la convergencia religiosa de nuestros tiempos.

Tuesday, March 4, 2014

Contrahistoria

La escritura de los vencedores. Se podría continuar con la lista de nombres ilustres, todos los cuales dan testimonio en el mismo sentido: la escritura de la historia de la filosofía griega es platónica. Ampliemos el marco: la historiografía dominante en el Occidente liberal es platónica. Así como en el imperio soviético del siglo pasado se escribía la historia (de la filosofía) desde el único punto de vista marxista-leninista, así también en nuestra vieja Europa los anales de la disciplina filosófica responden al punto de vista idealista. Consciente o inconscientemente.

Así como un error o una distorsión de la realidad que se repite diez, cien, mil veces, se convierte en verdad (y más aún cuando su enunciación proviene de los grandes, los poderosos, las autoridades oficiales, las instituciones), este tipo de mentiras piadosas se encubre bajo un manto de certeza definitiva. Esta transfiguración del interés político de las civilizaciones judeocristianas –que celebran lo que las legitima y las justifica- constituye la razón de Estado de la institución filosófica.

Así las cosas, Platón reina como maestro, pues el idealismo, al inducir a confusión entre la mitología y la filosofía, da ocasión para justificar el mundo tal como es, para invitar a alejarse de la vida terrenal, de este mundo, de la materia de la realidad, en beneficio de las ficciones con las que se amasan esas historias para niños a lo que en última instancia se reducen todas las religiones: un cielo de ideas puras fuera del tiempo, de la entropía, de los hombres, de la historia, esto es, un trasmundo poblado de sueño a los que se atribuye más realidad que a lo real de la encarnación, una posibilidad para el Homo sapiens que consagra escrupulosamente todo su ciclo vital a morir en vida, a conocer la felicidad angelical de un destino post mortem, y otras necedades que conforman una visión mitológica del mundo en la que todavía hoy mucha gente permanece atrapada.

Las historias de la filosofía se despliegan para mostrar la riqueza de las variaciones sobre el tema del idealismo. Olvidan que el problema no reside en la variación, sino en la eterna repetición del antiguo estribillo musical del tema. Es verdad que Platón no es Descartes, ni éste es Kant, pero los tres, al repetirse veinte siglos de mercado idealista, monopolizan la filosofía, ocupan todo su espacio y no dejan nada al adversario, ni siquiera las migajas. El idealismo, la filosofía de los vencedores desde el triunfo oficial del cristianismo convertido en pensamiento de Estado -¡cuánta razón tenía Nietzsche en presentar el cristianismo como un platonismo para uso de la plebe!-, pasa tradicionalmente por ser la única filosofía digna de este nombre.

Hegel, el furriel de este mundo, dedica una energía desenfrenada a afirmar en sus Lecciones sobre historia de la filosofía, dictadas en la universidad –el lugar más ad hoc-, que filosofía solo hay una (¡la suya, evidentemente!), que todas las anteriores fueron su preparación, pues se desarrollaron orgánicamente según un plan -¡una especie de filodicea!-, y que esta construcción afirma la omnipotencia de la razón en la Historia, ciertamente, per Razón se superpone también a otros términos, como Concepto, Idea o… ¡Dios! La filosofía, confiscada desde el idealismo alemán por la Universidad, el Templo de la Razón hegeliana, pasa la mayor parte del tiempo por ser una “ciencia de la lógica”.


La gente bien situada no tiene nada que temer respecto de la supervivencia de su próspero mundo; después de Pitágoras, el Fedón de Platón le enseña la inmortalidad del alma, el odio al cuerpo, la excelencia de la muerte, la aversión a los deseos, los placeres, las pasiones, la libido, la vida; La ciudad de Dios repite hasta la náusea el mismo odio al mundo real en nombre, por supuesto, de una Dios de amor y de misericordia; y no esperemos que la Suma teológica de (Santo) Tomás de Aquino enseñe otra cosa; los Pensamientos de Pascal nadan en aguas igualmente turbias; lo mismo vale para Descartes o Malebranche; la Crítica de la razón práctica defiende ideas parecidas, aunque reformuladas en la escolástica trascendental de los “postulados de la razón práctica”, etc. La gente bien educada, héroes y heraldos de la historiografía dominante, iconos de los programas oficiales, rompecabezas preferidos de los aspirantes al doctorado en filosofía o de los que anhelan ser catedráticos y gozar de buena reputación oficial, ese ganado, objetivo de caza de la lista de autores de programa, ¡en la práctica no pone en peligro el mundo tal como está!

-Fragmento de "Las sabidurías de la antigüedad, contrahistoria de la filosofía, I" de Michel Onfray

Monday, February 24, 2014

Crisis, críticas, economía y sinsentido

“La lucidez es un don y es un castigo, está todo en la palabra, lúcido viene de Lucifer, el arcángel rebelde, el demonio. Pero también se llama Lucifer el lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. Lúcido viene de Lucifer, y Lucifer viene de Lux y de Fergus que quiere decir el que tiene luz, el que genera luz, el que trae la luz que permite la visión interior, el bien y el mal, todo junto. El placer y el dolor.
La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez, el silencio de la comprensión, el silencio del mero estar, en esto se van los años, en esto se fue la bella alegría animal.” 
Alejandra Pizarnik

En esta época de diálogos tan confusos y conceptos tan agotados pareciera que la única forma de expresar un mensaje sincero es sonando pesimista. Sin embargo esta percepción, que considero errada, viene de la ilusión moderna que nos hizo creer hace décadas que teníamos el futuro controlado. Durante generaciones comenzamos a creernos aquel cuento que dictaba una evolución humana (en todo el término de la palabra) como un proceso lineal y ascendente. La tecnología parecía seguir ese patrón y nosotros, embobados en esa misma potencialidad, nos creímos el cuento de hadas de una utopía moderna, futurista y libertaria. Había triunfado la razón.

El posmodernismo, en toda su confusa conceptualización vacía, intentó despertarnos de aquella hipnosis estructurada hacia el miedo y la estabilidad. Se abrieron los discursos por medio de la absurdidad, tan evidente, de un presente realmente detestable. Las contradicciones latentes de nuestra intención de idealidad rebotan diariamente en esa constante manufactura de consentimiento que hoy hace gala de la misma cultura para permanecer en una superficialidad cómoda, inocua e inconsecuente.

No es coincidencia que las imágenes y la comunicación excesiva sean el opio de nuestras mentes más ilustradas; y que así, hundidos en las múltiples facetas de nuestro engañoso mosaico artístico olvidemos la existencia de la marginalidad, el dogmatismo y el fracaso del espíritu humano que, en congruencia con el discurso económico, puede considerarse como global.

Detesto hablar de izquierdas o derechas; de capitalismos, anarquismos, socialismos y demás fenómenos tan vastos, diversos y diferentes que el clasificarlos tan burdamente en las secuelas de discursos con décadas de exhaustiva monotonía se antoja ridículo, burlón y casi demencial. Más, la actualidad no se cansa de golpearme con burlas que desnudan de forma obvia la verdadera crisis de nuestros tiempos.

Tan solo hace falta remitirse a los noticieros internacionales durante los últimos meses para dar cuenta del terrible engaño de racionalidad al que nos sujeta la esclavitud de un presente absurdo. Es sorprendente, cuando se le observa consciente y fríamente, el que podamos proseguir el día a día guiados por nuestras superfluas necesidades burguesas sin percatarnos que la existencia como tal no solo carece de sentido; sino que se empeña en mostrarse como una sátira de todo lo que consideramos sagrado.

Es imposible que se oculten las violaciones sistemáticas de derechos humanos en Corea del Norte, o los padecimientos de las luchas ideológicas en Venezuela. Es inútil ignorar los disturbios en Ucrania y así mismo pretender que en México no se matan periodistas y desaparecen inconformes. Es realmente irrisorio el observar el final de la fiesta olímpica que se llevó acabo con toda la ironía de una dualidad rusa dolorosa, sorprendente, indignante y llamativa. Y más extraño es el mundo en sí; ese mundo que reacciona con puntos y líneas ante una abrumadora tridimensionalidad de conflictos, antípodas y núcleos de caos. No es patético que todo lo anterior sea tan evidente y el mundo continúe, como si nada, en curso hacia el abismo que lo consume así.

Todo el caos anterior no tiene que ver con un sistema o el otro; con un político o algún grupo particular. No se trata de dictadores, banqueros, revoltosos, estudiantes, narcotraficantes, empresarios, magnates, marginales, refugiados, reaccionaros, terroristas o anarquistas. Se trata de una ilusión violenta de control en un mar de confusión, ignorancia e instintiva agresividad. El mundo detesta ser como es y entonces ¿qué nos queda a nosotros como su reflejo?

Nada de lo anterior detiene al mundo pues el mundo se ha acostumbrado a girar inconsecuentemente. Lo urgente no es comprender esa violencia, ese dolor, esa ira. No nos interesa explicar porque todo se ha vuelto tan inadecuado. Lo que nos mueve y nos despierta en la noche son los pormenores de una logística agraviante de vida. Nos preocupa comer, dormir, disfrutar y embriagarnos. No precisamente en ese orden. No pretendo tratar de elevar aquí alguna prepotente postura que mine la gloriosa calidad natural de las necesidades citadas. Si no hubiese yo pecado de hedonista (asumiendo la tradicional moralidad de religiones serviles) estaría ya vuelto loco; pero es importante el poner en claro que esos móviles son primitivos, básicos y casi instintivos. Excepto claro el emborracharnos, lo cual es más como una voluntad colectiva de adormecer nuestras angustias.

¿Dónde nace entonces la diferencia con aquellos primates que observamos desde arriba? No hay acaso otras necesidades que revindiquen nuestra condición humana. Incluso el lenguaje se va poco a poco perdiendo en simplificaciones, en imágenes y en símbolos de común interpretación. Una carita feliz, un meme popular, un like insulso y otros hábitos híper-modernos nos remiten al sentido tribal del lenguaje salvaje y homogéneo.

No pretendo remitir alguna tesis primalista que satanice las tecnologías y condene nuestra dependencia de herramientas desarrollados por nuestro indomable intelecto; pero si hay que ser muy cuidadosos de suponer que nuestro desarrollo exponencial de necesidades tecnológicas es sinónimo de alguna pretensión de ascendencia social y/o cultural. Por si no habían dado cuenta, vamos cuesta abajo en un pendiente de sinsentidos. Somos como una oscura bola de nieve, rodeada del tono púrpura del nihilismo destructor.

Hemos tomado la peor parte de la racionalidad; esa que se asume como verdadera y se ignora ante una consciente negación de la lucidez. Huimos de aquellos momentos de verdadera consciencia, de aquella estética que hace vibrar a las almas. Buscamos entonces más bien la anestesia ante la enfermedad de nuestra eternidad. Hay veces que ni siquiera el arte logra redimirnos; y nuestro juicio es tan dispar que ya solo la violencia y la sexualidad despiertan tintes de nuestra esencia sublime. La historia se remite solo como un mito en las películas y documentales; esos que basan su valor en su factor de entretenimiento y el rendimiento monetario que puede obtenerse de él.

La nostalgia, el amor y la melancolía se han vuelto bienes de consumo. Añorar, extrañar y llorar son el aderezo de las imágenes de vida que se venden como productos. El patetismo de nuestra híper-comunicación se hace evidente cuando preferimos la segura y reconfortante distancia del texto cortado en una pantalla de celular al momento extraño e incómodo de encontrar a esos extraños que llamamos amigos en un supermercado.

El amor es hipérbole de sexualidad y auto-indulgencia. Un pasatiempo moderno. Cuando el tiempo nos alcanza y las tradiciones no cuestionadas comienzan a pesar sobre nosotros entonces nos precipitamos a instituciones caducas e infértiles para hundir en el tiempo el sentir colectivo de desilusión que produce el arrejuntamiento de individuos huecos con voluntades muertas.

La premonición de un futuro gris, frío y con reflejos de cromo se ha vuelto un sueño oscuro de realidad. La memoria es la historia de nuestro apego a discursos exhaustos y promesas incumplidas de un presente con potencial infinito. Podíamos ser todo y día con día elegimos ser nada. Pero, qué sucedería si todos renunciáramos a estos espejismos; si el letargo se transformara en delirio de divinidad. Si nos transformáramos, cada uno, a través de ese divino absurdo, en Lucifer. ¿Qué pasaría si todos renunciáramos a la certeza de un futuro encasillado en caminos de intrascendencia? ¿Qué sería del mundo si volviéramos a la ira, a la iluminación, al arder de las almas que pretenden re-significar su existencia desde el vacío? ¿Cuándo fue que caímos tan profundamente en este abismo de sueños y oscuridad?

Es imposible pedirle el Santo Grial a un niño y esperar que lo encuentre dónde todos aquellos valientes caballeros fallaron al buscarlo. Sea por fuego, por sombras o por el brillo de la luna, las revelaciones que dan cabida a la realización de insignificancia son cada vez más efímeras y fortuitas en esta generación. ¿A quién culpar, entonces, de nuestro precipitar a la nada? ¿A quién cobraremos la factura de nuestra embriagante y oscura noche en el bar de los reflejos huecos? ¿Acaso nuestra naturaleza histórica dicta este árido destino? Puede que todo lo anterior sean solo señales saludables del ocaso de una consciencia que solamente se ha asumido como colectiva en el curso hacia la objetivación de la  voluntad de vivir.

Esa voluntad, ese manifiesto de existencia; es la esperanza de un móvil redentor de nuestra vanidosa humanidad. No podemos todos renunciar al mismo tiempo, pues él también se nos presenta como un demonio con rostro de mujer; pero si vale la pena ir repensando la vida como totalidad y no como antecedente a una grandielocuente eternidad fundida en nuestros deseos más superficiales. El cielo es aún más irreal que nuestra racionalidad.

Hace falta recuperar el sentido de urgencia. No aquel que nos tiene atados a las manecillas de un artefacto impreciso; sino esa urgencia de librarnos de la desesperación del vacío de una existencia insignificante. Y no porque lo anterior sea posible; sino porque es solo mediante el desesperar profundo que pueden surgir cosas interesantes en el campo de nuestra interpretación existencial.


Es ahí donde roza lo lógico, lo místico y lo divino. Es la interpolación entre el cuestionar congruente y la epifanía del sentir individual que retomamos la conexión con aquel abismo de absurdidad que muchos antes que yo han descrito con mayor claridad. Precisamente ahí, en las profundidades de nuestro ser, en los sofocantes bosques de nuestro interior, en aquellas cavernas oscuras, húmedas y peligrosas de nuestro limitado pensar consciente; ahí donde habitan los monstruos de nuestra irracionalidad, de nuestros miedos y nuestras pasiones animales; ahí dónde se escuchan con claridad el eco de lo fantasmas y la voz seductora de la muerte; ahí en esos escondrijos a los que se tiene que ir solo por miedo a despertar a los esqueletos de memorias aterradoras y vergonzosas; ahí, en la más densa oscuridad, es dónde se encuentra el sentir colectivo y la inmanencia propia; aquella que no niega la falta de sentido en el Universo; pero que entiende la vida como un manifiesto de intención, una voluntad fuertísima, vólatil y bella de hacer vida, hacer existencia y ejercer la lucidez que ya solo se observa en los cometas que se auto-destruyen en su desfilar por la galaxia. 

Monday, February 17, 2014

El eterno retorno al absurdo (y otras ironías)

La absurdidad es algo irremediablemente mío y nuestro; pues en su constante ironía, lo absurdo es  la percepción que proviene del despertar, del cuestionar y del dar cuenta de lo elusivo del sentido y de la obviedad de los vacíos en su cotidiana profundidad.

Dicha absurdidad puede desencadenar, como lo comenta Camus, en suicidio o res-establecimiento; pero se encuentra lejos de ser una condición meramente dual. Es producto y productora de una angustia, de una inquietud que puede progresar en desesperación y desasosiego. Es, como bien decía Kierkegaard, el reclamo que la eternidad tiene sobre el hombre; en el sentido de la conciencia que tenemos de nuestra propia existencia. Y entre más profundo y despierto sea ese caminar a través de ese mundano día a día; más prominente se volverá ese manifiesto de ansiedad el cual puede o no traducirse en un pánico, aversión o simple renuncia al tedio de la vida.

Sin embargo, considero que esa misma angustia puede ser potencial y móvil creativo. El aceptar el absurdo y la inquietud existencial que viene de él es combustible, también, para una labor de conciliación entre el todo y la nada; entre la insignificancia y la virtud del re-significar la existencia sin desafiar la absurdidad; pero siendo partícipe consciente de ella. Pues al fin, lo absurdo es el todo, pero nosotros, como fragmentos, podemos escapar a esa totalidad y re-significar nuestra angustia en potencial creativo, reflexivo o de acción; pues por más ilusorio que resulte, la decisión la ejercemos en un espejismo insoluble de aparente libertad.

Como enfatiza Camus, el absurdo es evidente; sin embargo sus consecuencias, entendidas como la potencialidad individual que cada quién obtiene de esta realización, no lo son. Entiéndase entonces esta contradicción, en el cual el sinsentido se nutre le la incógnita y curiosidad que el hombre tiene por el hombre; incertidumbre misma que normalmente guía poco a poco al abismo de la realización de insignificancia; pero que en esa misma oscuridad motiva la exploración y la esperanza de observar lo que hay en el fondo, no del abismo, sino del individuo consciente.

¿Cómo es entonces, que mediante la precipitación de una caída personal podremos comprender generalidades de una naturaleza inexistente? ¿O es acaso la comprensión propia suficiente redención de la obviedad del absurdo de este mundo? Si esa realización es tan general, tan obvia y elocuente; en dónde radica la multiplicidad de respuestas, teóricas e instrumentales, a la carencia de sentido en la existencia razonada, consciente y transitoria. Es verdad que muchos responderán bajo el mismo suplicio del estupor ignorante; mientras que otros (como yo lo hago a veces) justificarán la afrenta como el reclamo de una eternidad real en la cual nuestro efímero caminar es si acaso un mero escape, una pausa dentro de nuestra pertenencia al todo.


A manera de un torbellino curioso y silencioso damos cuenta entonces de una cascada de contradicciones e incoherencias que se responden así mismas en una satírica congruencia, muchas veces devastadora. Devenimos entonces en lo absurdo nuevamente, como el caminar en una montaña rusa sin fin; o en una referencia más apropiada y alegórica, nos encontramos bajo el mismo castigo de Sísifo al que Camus hace referencia cuando nos describe los muros de esta absurdidad. 

Saturday, February 15, 2014

Espejos rosas

Luz y sombras en un ocaso cualquiera. La luna sigue en su faceta risueña mientras que el cielo, partido en tres colores, intenta mantener la seriedad que se le atribuye al horizonte.

Espejismos y falacias, de eso está hecho el presente; de eso se alimentan los cultos y con ello se olvidan del día a día los inconsecuentes.

El exceso se respeta siempre y cuando justifique su utilidad. El freno es un pecado mayor, así como la reflexión y el estar estático y dinámico de una mente sin recuerdos. La memoria sigue siendo el jardín confuso de lo sensibles. Sus fuentes, olvidadas por el tiempo, fluyen sin agua, ni alma, ni luz.

Apostamos a la sensatez mientras que recompensamos la exageración; al menos aquella que parece genuina. Reconocemos la sinceridad siempre y cuando no perturbe la seriedad de nuestros significados simulados.

Círculos que giran, que existen, que miden y que mueven los terrenos de una naturaleza incierta.

Corazón: Una palabra tierna

Corazón: Una palabra roja

Corazón: Una palabra incierta

Sangre es el color de los ríos en febrero. Sangre es por dónde imaginamos llega el amor. Sangre es retórica del romance y el consumo de esta confluye en el desapego de una generación que ha olvidado el significado de la soledad.

Los fantasmas, sin embargo, nunca andamos solos.

Wednesday, February 5, 2014

Estamos donde están los sueños

Se ha vuelto tan banal el hablar de buenos sentimientos y cuestiones positivas que la sola idea del concepto “felicidad” me parece repugnante. Sin embargo también es cansado hablar de vacíos, angustias y ansiedades existenciales por más divertido y trascendental que estas puedan sonar.

El pasatiempo de un escrito entonces se transforma en un capricho personal de jugar con palabras sin color para cargarlas de imágenes y geometrías emocionalmente divertidas. Hay días (más bien noches) que prefiero olvidar como escribir y simplemente teclear cualquier sensación que la música emule a través del semi-estático aire de mi habitación.

La imagen del romanticismo ambiguo es una de esas ideas entretenidas con las cuales todos podemos jugar. Tanto yo como escritor como ustedes como lector. ¿Acaso todos sus amores son explícitos? Ni siquiera la palabra tiene significado tangible, ¿quién me podría culpar entonces de ser poco claro cuando invento anécdotas y alegorías de emociones incomprendidas? La imaginación, cuando se confunde con memoria, es una delicia existencial.

También podría hablar de la diferencia entre los colores y su contraparte imaginario de destellos en la oscuridad de nuestra mente. ¿Hay lugar más aterrador que el interior del psique humano? Ni un millón de geometrías iluminadas serían suficientes para alumbrar los árboles de los abismos que habitan en nuestro interior.

Otras veces se antoja hablar de virtudes que ya solo se asumen como fantásticas. Héroes y villanos guiados por moralidades incomprendidas e incomprensibles. El idealismo llevado en acción irresponsable siempre emociona; especialmente cuando olvidamos implicaciones más allá de la estética de una muerte gloriosa.

Hablar de emociones como si fueran fantasmas tiene también su toque de elegancia. Generalmente esos párrafos fluyen como la música; pues su composición es tan orgánica como las estelas que dibujan las estrellas fugaces. De inmediato nos acercamos peligrosamente a la desdicha de los poetas. ¿Acaso existen ritmos alegres en los versos exagerados?


¿Será simplemente que estoy aburrido y de momento confundo inspiración con la sola inquietud de llenar el tiempo con algo que asumo como valioso? También podría hablar de la ilusión del tiempo y destruir este texto sobre el peso de su sola ironía…

Sunday, January 5, 2014

“Palabras” y otras maneras de pasar un desvelo leve

De lo catastrófico a lo trivial, todo oscila en colores.

Hay palabras que me causan más conflictos que otras; no tanto por los conceptos que refieren; sino por la misma pretensión de lo que quieren englobar. La palabra “libertad” encabezaba esa lista. El definirla es tan fácil o tan difícil dependiendo del grado de generalización, simplicidad o corriente política que desees asumir como aceptable; sin embargo el intentar cerrar ese concepto siempre resulta abrumador, ignorante, inconsecuente o simplemente fútil.

Pero esa palabra ya no me preocupa. Se encuentra tan prostituida que incluso el descubrir su verdadera cualidad como definición me produciría algo de asco. Así, en otra de esas leves inconsistencias, otra palabra que llama mi atención en un sentido similarmente extraño es la de “amor”.

La palabra y el concepto ideal de nube fatua son cosas diferentes, muy diferentes; y aun así no se les puede separar. ¿Es acaso tan limitante nuestro lenguaje? Puede que no; tal vez simplemente estoy ignorando principios lingüísticos, lógicos y matemáticos básicos. Pero hoy no quiero intentar definir corolarios referentes a declaraciones y su interpretación; simplemente quiero jugar un poco con la palabra “amor”, su concepción y alguna paleta de colores imaginarios expresados en palabras incoloras; pero no por ello insípidas.

El amor se le imagina en colores vivos; pues normalmente se le relaciona con una gama de emociones que oscilan entre la pasión y la locura. Poco lugar se le da a los momentos melancólicos del amor y el romance, a esas bocanadas de aire gélido que erizan la piel y cristalizan el actuar. Son momentos bastos, significativos y tan profundos como el océano de ese color azul que suelen evocar (e igual de traicioneros). Un momento de locura puede ser tan oscuro y asfixiante como la profundidad de un abismo submarino. Aunque el fuego que arde en columnas y torbellinos naranjas también suele consumir oxígeno demás. Los sentimientos intoxican en ambos casos y si acaso la única variante es la temporalidad del suplicio.

Hay ocasiones que me gusta pensar en el color blanco como referente del amor. No, obviamente, en referencia a alguna ingenua idealización relacionada con la pureza que proviene de anacrónicos imperativos morales; sino en un color blanco translúcido similar al de una película de azúcar. Tan frágil, efímero y vulnerable que una sola gota de lluvia basta para desaparecerlo. Ese es el amor moderno que disfraza su fugacidad y arrogante superficialidad en estética.

Sin embargo, el hablar de colores tiende a remitirme invariablemente al púrpura y al verde; dos de mis reflejos luminosos favoritos. Podría hablar del amarillo también, pues es complemento natural de esos tonos morados tan adorables; sin embargo su presencia me irrita y altera de vez en cuando. Por otro lado, el púrpura y todo lo que se encuentra entre él y los verdes brillantes me dan una visión más afín de lo que puedo conceptualizar como amor, en referencia a la condición popular del concepto.

El tono morado tiene una calidez poco valorada; pues la combinación de la serenidad y melancolía de un azul profundo se mezclan con la rebeldía de un color que oscila entre juventud y sabiduría. Algo así como un eco de alguna manifestación de divinidad cuestionable. Por su parte el verde es juguetón y solitario a la vez. Caos y calma, dinamismo y quietud; esperanza en su misma contradicción. Es, por decirlo de manera mundana, una pareja ideal de la profundidad inocua del color púrpura. Detesto el color rojo. El relacionarlo con la palabra “amor” se une a otra decena de razones por las que cuestiono la existencia del concepto mismo del romance. Sin embargo, cuando pienso en términos de colores para intentar visualizar el relativismo de una idea tan ambigua y demeritada como esta; un confort inusitado me invade sin ningún tipo de explicación.


El mundo sigue siendo un lugar mayormente detestable y la naturaleza; en su divina neutralidad, no le queda más que ser testigo (y a veces juez) de nuestro declive espiritual. El viento llevaba estos colores de un lado para otro; pero ahora… solo con problemas podemos distinguir los tonos fuera de las luces blancas y oxidadas de nuestros absurdos espejismos.